LA IMPRONTA DEL PROFESOR PELONGO

El Profesor CARLOS ARTURO ARIZA MOLINA nació en San Juan del Cesar el 17 de septiembre de 1933. Acaba de cumplir 88 anos y yo espero que alguno de sus hijos le haga lectura en voz alta de esta nota preñada de orgullo y agradecimiento. Él es uno de los mejores referentes de su pueblo, pues el apostolado de la enseñanza que cultivo en el Colegio de Enrique David Brito, mejor conocido como “El Mister” Brito, tallo su personalidad de educador insigne. Aunque todo el pueblo lo conoce cariñosamente como “PELONGO”, yo le sigo diciendo “Profe”, con toda la fuerza de mi cariño y admiración.  Fue seminarista por convicción religiosa, pero su corazón claudico en las redes que le tendió Mercy Carrascal. De ese amor germinaron Carlos Julio, María Rosa, María Isabel, Armando Jose, María Mercedes y Manuel Antonio.

El Profesor PELONGO es un genuino constructor de sociedad. Un innato sembrador de talento que tuvo el arrojo y la valentía de darle vida a un Colegio que es orgullo de muchas generaciones. En 1966 funda el Colegio San Juan Bautista, como una escisión del Colegio Parroquial “Pio XII”. Inicia labores en 1967 en la casa de su madre, Doña Rosa Molina, en la Calle Cayon de San Juan del Cesar. En 1968 nos trasladamos (yo hacía parte de ese colectivo) a la nueva sede, ubicada en los límites de la zona rural del pueblo. A punta de perseverancia y sacrificios, estrenamos nueva locación. Aunque era rustica, estábamos “cumbos” estrenando nueva sede. Muchos anos después escribí un paralelo cuando me cambié de colegio, en 1971:

“Ahora soy un estudiante del Liceo de Cervantes, uno de los más prestigiosos de Barranquilla. Ya dejé de ser un estudiante del Colegio San Juan Bautista, donde las ventanas desnudas no conocían las persianas y el llamado colectivo a los estudiantes se hacía con el sonido seco, repetido y fuerte que se producía con varios impactos sobre un disco de arado que, a manera de campana, colgaba de una de las vigas de madera del techo del corredor”.

El Profesor PELONGO, además de sus funciones como Rector del Colegio, se desempeñaba como profesor de español y religión. Con su ejemplo y su enseñanza nos transmitía siempre un comportamiento ético y digno, pues la vehemencia de su método tenía la capacidad de sembrar en nuestra memoria una abundante cosecha de conocimiento. Recuerdo que la primera vez que saque provecho de esos conocimientos de gramática, fue en el propio Liceo de Cervantes de Barranquilla.  El Profesor Altamar hizo una pregunta colectiva, sin destinatario específico:

  • La preposición AUN, ¿lleva tilde…? ¿O no lleva tilde…?

Y señalando con el dedo a varios estudiantes al azar, aguardaba la inmediata respuesta. Si. Contesto el primero. Si. Volvió a contestar el siguiente. No. Respondió el que seguía, tratando de acertar por descarte. El Profesor seguía preguntando lo mismo y las respuestas se dividieron en SI y en NO. Muy pronto el interrogatorio se volvió un acertijo, donde el SI no lograba acertar y el NO tampoco era una respuesta correcta. Cuando el Profesor Altamar me conmino a responder su pregunta, yo le respondí:

  • Depende Profesor. Lleva tilde si se puede remplazar por todavía. Pero no lleva tilde si se puede remplazar por inclusive.

Recuerdo que el pupitre vecino era ocupado por mi condiscípulo Eduardo Guzmán, quien me pregunto extrañado porque yo sabía eso, si yo venía de un Colegio de pueblo.

  • Eso me lo enseno el Profesor PELONGO, respondí.

Creo que ese momento fue muy importante para afianzar mi autoestima en mi nuevo entorno estudiantil, pues era una constante que los estudiantes pueblerinos teníamos fama de no tener una sólida formación académica.

Además de la ortografía, el Profesor PELONGO nos exigía tener una caligrafía impecable. Y allí también pude sacar pecho, pues fui de los pocos alumnos cervantinos a quien el Padre Santamaría le otorgaba invariablemente un 5 como calificación. Y la mayor utilidad de esa destreza fue cuando mi hija Victoria Eugenia me pidió que le marcara con mi letra las tarjetas de su matrimonio.

La impronta sembrada por el Profesor PELONGO, de ponerle mucho cariño a las buenas maneras de escribir con sindéresis, en mi caso se ha vuelto una constante de buenas costumbres a lo largo de la vida. Las tempranas enseñanzas recibidas, lograron que el amor por el buen decir y escribir se tornara en una característica que le otorga un brillo diferencial a una personalidad de cualquier estilo. Es lo que hoy llaman “un factor de ventaja competitiva”.

Ese cariño por las letras, por los horizontes del estilo narrativo y por la elegancia de transmitir los pensamientos de forma hilvanada, elocuente y distinguida, hizo que se fuera cultivando de manera inveterada el culto del buen hablar y el ejercicio de escribir con deleite. Casi sin proponérmelo, fui encontrando terreno fértil para que esas buenas costumbres de fina expresión se afianzaran con fortaleza en mi personalidad.  Me volví un escudriñador de la palabra, un ávido lector de diccionario y un consumidor de cultura general, gracias a esa semilla que el Profesor PELONGO me sembró muy temprano en la vida.

Cuando creía que aquella enseñanza ortográfica del Profesor PELONGO no tendría otra repetición, esta volvió a ocurrir en 1995. Para entonces trabajaba en La Contraloría Dptal del Atlántico como Director de Interventoría Fiscal. El Contralor Ricardo Varela Consuegra (Mi Jefe) quiso obtener mi opinión sobre una carta importante que debía enviar. Después de leer la carta, dije en el Comité:

  • Salvo un pequeño error de ortografía, en general la carta me parece que está bien estructurada.
  • Imposible que haya un error de ortografía. La carta fue sometida al corrector ortográfico del computador, dijo Roberto Solano, el Jefe de Control Interno.
  • Pues el computador al ser una máquina, asigna de manera automática las tildes. Pero hay algunas palabras que a veces llevan tilde y a veces no. Y en este caso la preposición AUN no lleva tilde, porque es susceptible de ser remplazada por inclusive.

Ricardo Varela le lanzo a Roberto Solano una mirada inquisidora, al igual que los demás miembros del Comité. Mientras esto sucedía, yo en mi mente dibujaba aquel momento de mi niñez, cuando el Profesor PELONGO me enseno aquella regla ortográfica inolvidable.

Orlando Cuello Gámez

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