Nos arropamos con una misma cobija llamada DEMOCRACIA.
Le damos reglas, la ponemos a regir nuestra vida en sociedad, con unas fronteras para cada uno de los grandes detentadores del poder, ese arbitrio que requiere tanta acción como control, tanta propuesta como respuesta para mejorar las condiciones de vida del momento que vivimos.
Somos hijos de la democracia o del totalitarismo. Y como hijos, somos todos distintos, así como lo son los dedos de la mano. Eso decían los abuelos para enseñar a los padres a criar diferente a cada muchacho.
Las elecciones miden la temperatura de las naciones cada tanto. Cuando sube, se precipitan los cambios y se rotan las élites que gobiernan. Lo acabamos de ver en nuestro país y, más recientemente, en los Estados Unidos de América. Ni en uno ni en otro es la primera vez que sucede. Tampoco será la última. Por ello, no hay lugar a alarmarse ni a presagiar desastres ni catástrofes. Para eso se inventó este sistema. Para poner a prueba la tolerancia de la gente con una forma de gobernar, que conlleva resultados y estilo, tareas y discursos, que enorgullecen o fatigan a los electores, siempre atentos a las consecuencias de sus decisiones políticas.
Los análisis que pululan sobre la derrota del presidente Trump esta semana dejan ver enormes diferencias con nuestro sistema. Las estructuras difieren. La lista es vasta. Empezando por la autonomía de los estados que conforman la unión, a diferencia de nuestra república unitaria.
Pero es más interesante concentrarse en aquellos aspectos en los que se asemejan, que están asociados a las consecuencias del carácter del gobernante, de los logros que obtiene en favor de la gente, de la percepción que refleja su imagen y de la capacidad de adaptación que tenga a los cambios en su entorno nacional e internacional.
Cada triunfador está incubando su próxima derrota. Por las decisiones que toma, por cada una de las veces que quiere darle a su propio criterio un peso mayor a aquel que los trámites y pausas de la democracia imponen, por usar como mala consejera a la soberbia, por abrir demasiado el compás de las consultas sobre sus determinaciones. Por cuidar más la imagen que las realizaciones. Por enfatizar lo que su sociedad no quiere. Por ser incapaz de adaptarse razonablemente a los muchos cambios que la vida diaria exige de un mandatario. Y muchas veces, por la fatiga de la gente, que cada día pretende soluciones más rápidas, veloces como las redes sociales, fáciles como con inteligencia artificial, sencillas como se le plantearon durante las campañas políticas. De lo bueno no dan tanto, decía el bobo.
En las más importantes, las más críticas, rutas por las que abordar el paso del gobierno del discurso a la realización, se muestra el carácter del hombre, más que su estilo. Habrá temas sobre los cuales la popularidad debe dejarse a un lado para conseguir cambios reales, modificaciones palpables, para revisar los cimientos afectados que desvían a las comunidades. Hablo de popularidad, no de populismo, por supuesto, ya que cuando éste llega al poder no tiene límites en los argumentos ni en las estrategias para mantenerse en él. Como una epidemia, los hemos visto enfermar varios países de Latinoamérica. Desarticular la cohesión social y acomodarse tan muellemente en los sofás republicanos que sacudirse de ellos toma mucho más tiempo del imaginado y sensato.
De ahí que la derrota de Trump en las intermedias no solo sea algo para comentar desde lejos, sino para que nos ayude a entender mejor cómo los apoyos populares pueden variar en nuestro patio, en cualquier momento.
Las tareas del gobierno entrante dan rápida cuenta de sus urgencias. Al mismo tiempo que la salud y la energía reclaman recursos para ayer, la seguridad se vuelve el emblema del mandatario. Su énfasis. Su día a día. Es, al fin y al cabo, el tema sobre el cual quiere darle a entender al país que la voluntad del gobernante puede lograr resultados con los mismos recursos disponibles en el pasado, pero sin una política equivocada respecto de los actores violentos que giran alrededor de la vida colombiana. El legislativo ha estado presto a apoyar sus adecuaciones normativas para frenar el crecimiento y actividad de los ilegales, disfrazados de ángeles como para la noche de brujitas por el gobierno Petro. Y aún hay embrujados pensando que ese era el camino.
Pero los huecos fiscales marcan el derrotero de todo. La bendita plata. No hay para mucho, y cada derroche ha salido el doble de caro. Por lo que malgastaron y por lo que dejaron de pagar. Así que, si no hay un apretón más grande del inicialmente propuesto, las vacas, que ya están todas flacas, no permitirán darle paso a muchas iniciativas que siguen apareciendo por todos lados. Cada gobernador y cada alcalde quiere que el gobierno nacional le arregle la vida. Y por plata no se preocupen, que plata no hay.
El Plan Nacional de Desarrollo será un termómetro tempranero para el presidente Abelardo De La Espriella, por cuanto las caras felices que queremos todos para sacudir este marasmo tendrán que pasar por el filtro amargo de la crisis financiera en la que nos metió Petro.
De los amantes jactanciosos, líbranos señor.
Nelson Rodolfo Amaya

