LA TEMPESTAD

“¿Y qué hace cualquier candidato?

Empieza por prometer a sus buenos electores

todo lo que quieren oír” – Zweig.

 

Desde cuando el viento de la política se metió de nuevo en la mente de los ciudadanos, con una fuerza inusitada, el mundo occidental dejó atrás la pasividad ciudadana y cayó el Muro de Berlín. La nueva era presagiaba grandes logros en favor de la gente común. La reconstrucción de los estados empobrecidos por los regímenes comunistas en la Europa del este se llevó a cabo bajo presupuestos institucionales totalmente opuestos a los que los oprimieron por décadas. Libertad de conciencia, de política, de movilidad y de empresarismo, estaban en la base de la nueva vida republicana. Triunfó una revolución, la de la fuerza del pensamiento ciudadano contra la fuerza de las armas del estado. La misma que derrocó temporal y sangrientamente a los Borbón en 1789 y a los Romanov de la Rusia zarista en 1917, pero esta vez sin derramar más sangre que la que brotó de las manos que golpearon el muro sin parar, con la misma maza opresora del símbolo comunista, hasta unificar familias y sistemas políticos de gobierno. Las décadas siguientes abrazaron en paz los cambios ansiados.

En Latinoamérica, mientras tanto, el siglo XX terminaba con la ola neoliberal que inundó los ministerios de economía de casi todos los países y el libre comercio era la insignia que guiaba el entendimiento con un mundo globalizado. Dedícate a aquello para lo que eres bueno y véndelo, o cámbialo por los productos para los que no tienes ventajas competitivas, decía el zar del momento, Michael Porter.

Como una tempestad, apareció la Ola Rosa. Volteó la barca que se dirigía a la integración comercial mundial y aparecieron Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, los Kirchner en Argentina, Evo en Bolivia, Lagos y Bachelet en Chile, Correa en Ecuador, Tabaré Vásquez y Mujica en Uruguay, entre otros. Populismo y socialismo ideológico, cuestionaban las aperturas comerciales y ampliaron la intervención del estado en la economía, muy en vía contraria a lo que pasaba en otros escenarios mundiales. México, involucrado en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por siglas en inglés), montó rancho aparte, hasta el 2018, cuando USA empezó a jalar la cuerda hacia su lado y la integración trinacional no tenía un horizonte despejado.

Colombia no sucumbió a la Ola Rosa en esa misma época. Nuestras particularidades no nos llevaron a esos escenarios. Si había que ampliar la intervención estatal era para combatir la guerrilla, fortalecida por sus actividades de narcotráfico. Y así lo hicieron los primeros gobiernos de este siglo. Tampoco nos dejamos permear por el populismo imperante y nos volvimos los “raros” del barrio, pues hubo mucha consistencia en las políticas económicas que desde mediados de los noventa se implantaron (con la excepción del gobierno Samper).

La tempestad, como cualquiera otra, amaina. Pasa. Ocurren sus estragos y hay que ocuparse de los daños causados, que nunca son pocos. En eso andan Milei, Noboa y Kast. Paradójicamente, a Colombia le llegó la Ola Rosa cuando había causado ya sus perjuicios en el vecindario. Y tendremos que corregir el rumbo en mayo de este año. Y digo mayo porque una vez sucedida la primera vuelta en la que esperamos ganar, la contención de desmanes petristas será el quehacer institucional diario. El apetito estatizador, el desbordamiento del gasto público inútil y la maraña de ineptitudes que se enquistan cada día en el gobierno requerirán una cirugía de corazón abierto, no una laparoscópica como la que “extrajo” a Maduro.

Habíamos empezado con la Europa occidental de finales de siglo y principios del actual, para contrastarla con los mismos tiempos en Latinoamérica. Ellos, hacia la libertad, nosotros hacia la izquierda estatizadora. Ahora, ellos sufren las consecuencias de una apertura, no económica sino fronteriza, con fuerte tinte religioso, que les ocasiona desestabilizaciones sociales gigantescas y que demandan mucho carácter para corregirlas. Y por acá, dispersos, entretenidos en las nuevas viejas realidades, que no han logrado mejorar la vida de nuestros compatriotas.

El momento de prometer acude al escenario de enero.

Como bien decía Stefan Zweig, el candidato que no compite con promesas para ganar no gana. Y las voces que repiten fórmulas de mejoramiento y equilibrio social en Colombia dejan dos lados de la moneda del Dios del mes: Jano. La cara de la continuidad y la cara del cambio. Por primera vez en nuestra historia republicana le toca a la izquierda representar el papel del continuismo, mostrar que hicieron méritos para seguir en el poder y convencer a los buenos electores que merecen su respaldo. Difícil rol el de su candidato. Las medallas en su pecho están inspiradas en el fracasado comunismo y acude a los países más desprestigiados para giras internacionales. La España de Sánchez es el horno crematorio de cualquier aspirante a gobernar hoy día. Su próximo discurso lo supongo en La Habana o en Managua. Su temblorosa voz repite consistentemente los libretos de la Universidad Nacional de los sesenta, incubadora de guerrilleros financiados por la URSS a través de Cuba. Para remate, suda copiosamente al ver que el reporte al Consejo Nacional Electoral del origen de los fondos de su aspiración a una consulta incluye a un cuchitril maloliente, la empresa Samat Publicidad S.A.S. con sede en Barranquilla, que le donó la módica suma de 609 millones de pesos, mientras que su representante legal en 2024, Javier Antonio Pérez, realizó una donación individual por 116 millones de pesos adicionales. Pero al menos, para ellos, la cara izquierda de la moneda colombiana muestra un solo rostro. El revés, el lado derecho, de rostro aún indefinido, parece más bien un collage con estructura de ring de boxeo. La sensatez no es una cualidad de ese sector de la política hoy en día.

Mucho menos la humildad. Pueda ser que cuando se esclarezca el rostro del lado derecho la gente acuda a enfrentar esta nueva tempestad, con la claridad de los fracasos observados y la fe puesta en un mejor porvenir. Ojalá.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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