Las víctimas tras la ventana

Hay un bello cuento del gran Franz Kafka. Se titula ‘Un mensaje imperial’ y habla de un emperador que desde su lecho de muerte le ordena a uno de sus mensajeros arrodillarse para susurrarle un mensaje que enviaría al más solitario y miserable de sus súbditos. El emperador, dejó partir al mensajero cuando se aseguró de que efectivamente había captado el mensaje que debía entregar. Incluso, para corroborar que lo había entendido, hizo que se lo repitiera al oído. Entonces lo dejó partir a fin de que saliera del palacio central y emprendiera el viaje que lo llevaría a cumplir la tarea encomendada.

Durante el desarrollo del cuento, es inevitable no angustiarse con la travesía del mensajero, quien dispuesto a salir del palacio, debió abrirse paso a través de la multitud de los grandes. Pero no era fácil; pues, para empezar, el palacio central era infinito. Y aunque el robusto mensajero contaba con las credenciales que le permitían avanzar, su travesía resultaba interminable. Innumerables espacios que —de llegar atravesar— terminarían en escaleras, que —de llegar a descender— lo llevarían a los patios, que —de llegar cruzar— lo conducirían a otro palacio con la misma multitud, los mismos espacios, las mismas escaleras y el mismo patio que lo conduciría hacia un tercer palacio. Y así continuaría un trayecto que duraría miles de años hasta llegar, en caso de conseguirlo, a la última puerta, que —en caso de atravesarla— tendría que cruzar la capital y el centro del mundo para finalmente intentar entregar el mensaje de alguien que a ese punto ya habría muerto. En fin, el autor describe de modo preclaro la imposibilidad del mensajero para avanzar en cada una de las etapas. Y lo más triste del cuento no es precisamente el esfuerzo del mensajero para realizar su tarea, sino el solitario y miserable destinatario, quien, cuando cae la noche, permanece junto a su ventana, esperanzado, imaginando el arribo del mensaje.

Al leer el cuento de Kafka, no puedo más que pensar en las víctimas de la violencia en Colombia. Particularmente, las de las farc, el grupo terrorista que se convirtió en partido político por obra y gracia de un acuerdo de paz elaborado por una multitud de poderosos, en exclusivos palacios con espacios de oro, escaleras de intrigas y extensos cementerios con forma de patios. Palacios que a cualquier mensajero —por robusto, hábil y decidido que fuera— le resultaría imposible recorrer. Pero ahí está el mensajero, que pretendiendo avanzar para llegar a su destino, se topa con intereses, arribismo, ambiciones, burocracia, perversiones y canibalismo. Y ahí está el mensaje, blanco como el valor que en apariencia lo origina. Ambos, sin avanzar, se enredan en las cámaras, en las escaleras y en los patios de un palacio central que luce como aquel sol imperial que mira a las solitarias víctimas como pequeñas y distantes sombras que están ahí, tras la ventana, al caer la noche, imaginándose en sueños que algún día ese mensaje llegará.

 

Miller Soto

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