LOS EXTREMOS UN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA COLOMBIANA

La historia política de Colombia demuestra que los momentos de mayor estabilidad democrática han surgido cuando el país ha optado por salidas institucionales, graduales y de consenso. Los extremos ideológicos, tanto de izquierda como de derecha, tienden a romper ese equilibrio necesario para gobernar una nación diversa, compleja y profundamente desigual como la colombiana.

La extrema izquierda suele partir de una visión rígida de la lucha política, donde el adversario no es un contradictor sino un enemigo. Esta lógica debilita el pluralismo, reduce los espacios de diálogo y convierte la política en una confrontación permanente, lo cual es especialmente peligroso en una sociedad que aún intenta cerrar heridas del conflicto armado.

En el caso de la extrema izquierda, el riesgo principal es la tendencia a justificar la concentración de poder en nombre de “causas superiores”, como la justicia social o la reivindicación histórica. Cuando el fin justifica los medios, la institucionalidad democrática queda en segundo plano y se abre la puerta al autoritarismo.

Colombia necesita reformas sociales profundas, pero estas deben hacerse dentro del marco constitucional y con respeto por la separación de poderes. Los proyectos políticos radicales suelen ver a las cortes, al Congreso o a la prensa como obstáculos, y no como contrapesos legítimos del poder.

Por su parte, la extrema derecha también representa un peligro significativo para la democracia. Su discurso suele apelar al miedo, al orden impuesto y a la mano dura, lo que puede derivar en la restricción de libertades civiles y en la criminalización de la protesta social y del pensamiento crítico.

La extrema derecha tiende a idealizar soluciones simples para problemas complejos, promoviendo respuestas punitivas en lugar de políticas públicas integrales. En un país con profundas brechas sociales, este enfoque puede agravar la exclusión y la conflictividad.

Otro riesgo de los extremos es su tendencia al personalismo. Los liderazgos radicales suelen girar en torno a figuras fuertes, carismáticas y confrontacionales, debilitando los partidos, las instituciones y la cultura democrática, que debe basarse en normas y no en voluntades individuales.

La democracia colombiana se sostiene sobre la diversidad regional, cultural y política. Los extremos, al imponer una visión única del país, desconocen esa pluralidad y generan fracturas sociales que pueden tardar décadas en sanar.

En términos económicos, los proyectos extremos suelen generar incertidumbre. La falta de reglas claras, el discurso de confrontación con el sector privado o la amenaza de decisiones unilaterales afectan la inversión, el empleo y la estabilidad fiscal, perjudicando especialmente a los más vulnerables.

La política exterior también se resiente cuando gobiernan los extremos. Colombia necesita relaciones equilibradas y pragmáticas con el mundo, no alineamientos ideológicos que aíslen al país o lo conviertan en un actor impredecible en la región.

Un elemento clave de la democracia es la tolerancia. Los extremos, tanto de izquierda como de derecha, suelen fomentar una narrativa de “buenos contra malos”, erosionando el respeto por la diferencia y normalizando el lenguaje de odio y la deslegitimación del opositor.

La experiencia latinoamericana muestra que los gobiernos extremos, una vez en el poder, rara vez fortalecen la democracia. Por el contrario, suelen debilitar las instituciones, polarizar a la sociedad y dejar crisis políticas y económicas difíciles de revertir.

Por estas razones, no es conveniente para la democracia colombiana que uno de los extremos llegue al poder. El país necesita liderazgos sensatos, capaces de construir consensos, respetar las reglas del juego democrático y gobernar para todos, no para una ideología. La moderación, lejos de ser debilidad, es una virtud esencial para preservar la democracia y garantizar un futuro estable para Colombia.

 

Hernán Baquero Bracho 

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