La microeconomía tiene una virtud incómoda: explica con frialdad científica lo que en la política local se intenta justificar con discursos épicos. Una de sus leyes más simples —y más ignoradas en La Guajira— es la de los rendimientos marginales decrecientes: señala que, cuando se incrementa de manera sostenida un insumo variable mientras los demás factores permanecen constantes, la producción adicional generada por cada nueva unidad tiende a disminuir (Samuelson & Nordhaus, 2010), para llegar posteriormente a un punto en que no solo rinde poco, sino que estorba. Eso mismo ocurre, sin metáforas forzadas, en la política guajira. Las campañas electorales funcionan como un taller saturado. El insumo que más se incrementa es siempre el mismo: dinero. Dinero para vallas, plata para tarimas, marmaja para líderes y “nequifavores” para activar los grupos de WhatsApp 24 horas. Sin embargo, los factores estructurales permanecen intactos: el mismo electorado empobrecido, la misma desconfianza institucional, las mismas promesas recicladas y el mismo déficit de ideas.
El resultado es predecible: cada millón adicional invertido genera menos votos que el anterior. La productividad marginal del gasto electoral cae, pero el sistema no corrige; insiste, persevera en función de la perversidad y la ignominia. Y, por lo tanto, apuesta más dinero para compensar la falta de legitimidad y más despliegue para ocultar la ausencia de proyecto político. Es la ley de los rendimientos decrecientes aplicada con terquedad caribe… y con los recursos públicos de un futuro cada más abrigado por la cobija de la incertidumbre.
El verdadero problema no es el despilfarro en campaña, sino el sistema de financiación que lo sostiene. En La Guajira, la campaña no se concibe como un esfuerzo político, sino como una inversión financiera. Quien pone el capital espera retornos, no en dividendos legales, sino en contratos, influencia y control del gasto público. El candidato no gana solo una elección: adquiere una deuda. Y ahí comienza la segunda fase del modelo: el Estado como mecanismo de pago, en función del mejor de los garantes.
Ya en el gobierno o en el legislativo, el gasto público se expande de forma artificial. Se contratan más personas de las necesarias, se crean programas sin capacidad operativa, se multiplican proyectos sin impacto real. Y por supuesto, la productividad marginal del gasto público se desploma. Cada peso adicional ejecutado produce menos bienestar, menos resultados y más frustración social. Pero el sistema insiste: si no funciona, se aumenta el presupuesto. Si el problema persiste, se nombra otro contratista.
La política guajira parece desconocer que cuando la productividad marginal cae, el costo marginal sube, y por ende la función de gobernar se vuelve cada vez más onerosa y menos efectiva. El Estado termina entonces funcionando como una estructura inflada, pesada y lenta, diseñada no para resolver problemas, sino para sostener el sistema de financiación que la originó. Y así, la ley de los rendimientos decrecientes deja de ser un concepto académico y se convierte en un diagnóstico político. Más gasto no equivale a mejor gobierno. Más contratos no significan más desarrollo. Más dinero en política no produce más democracia. En La Guajira, el problema no es que falten recursos. Es que sobran campañas costosas, gobiernos endeudados políticamente por la puerta de atrás y una obstinada incapacidad para entender que, cuando un sistema ya está saturado, seguir metiéndole plata no es solución: es parte del problema.
En este modelo, el ciudadano es tratado como una variable pasiva, un dato estadístico al que se le mide el comportamiento electoral, pero no el bienestar real. Porque los candidatos invierten más en movilizar votantes que en convencerlos; más en logística que en pedagogía; más en clientela que en ciudadanía, y por supuesto, más en demostrar sus virtudes histriónicas artísticas que a levantar la voz con los discursos rimados con propuestas y no aupados con el ay ombe del jolgorio. El resultado es una democracia de bajo rendimiento, donde el costo por voto efectivo es cada vez más alto y la confianza pública, ese capital invisible pero fundamental, se consume sin reposición.
Tal vez por eso la política guajira se parece tanto a una empresa que se niega a innovar: insiste en aumentar el mismo insumo esperando resultados distintos. Pero la microeconomía es implacable y la realidad aún más. Pues, al no transformar los factores fijos —institucionalidad, transparencia, planeación y ética pública—, cualquier aumento de gasto solo acelera el colapso del sistema. En ese punto, los rendimientos ya no son decrecientes: son negativos.
Arcesio Romero Pérez
Escritor afrocaribeño
Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI


Un axioma economico y sobre todo la analogia c0n el tema político y de elecciones excelentemente tratado. Gran articulo.
Solo me queda decir que el daño a la Democracia se puede ver reflejado en que dan cabida a falacias que prometan la redención de esas formas de hacer política y terminen llevándose todo, hasta lo más preciado…
El análisis de los rendimientos marginales decrecientes en la política guajira puede extenderse, con igual crudeza, al terreno ambiental. Porque así como cada peso adicional invertido en campañas produce menos votos, cada tonelada adicional de energía fósil consumida produce menos bienestar y más daño. El sistema político y el sistema productivo comparten la misma lógica: insistir en aumentar insumos sin transformar los factores estructurales.
En economía ambiental esto se traduce en un círculo vicioso: más gasto energético a costa de más contaminación atmosférica, más emisiones de gases de efecto invernadero y, por ende, más aceleración del calentamiento global. El costo marginal de cada unidad de energía fósil ya no es solo monetario: es climático. Y cuando la productividad marginal del gasto público se desploma, también lo hace la productividad marginal del gasto energético, porque cada kilovatio adicional basado en carbón o petróleo genera menos desarrollo sostenible y más externalidades negativas.
La economía circular ofrece una salida distinta: no se trata de seguir metiéndole dinero o energía al sistema, sino de rediseñar los factores fijos. En lugar de multiplicar campañas y contratos, se trata de cerrar ciclos de materiales, reducir el desperdicio y aprovechar los recursos de manera regenerativa. El agua, por ejemplo, es el insumo invisible de la exportación. Cada kilo de carne, cada tonelada de carbón o cada saco de café lleva consigo miles de litros de agua virtual. Cuando un país exporta sin medir ese flujo oculto, está literalmente drenando su recurso más estratégico. Y en regiones como La Guajira, donde la escasez hídrica es estructural, ese gasto de agua escondido es tan grave como el despilfarro electoral.
La paradoja es clara: más gasto no equivale a más bienestar, ni en política ni en ambiente. Más contratos no significan más desarrollo, y más exportaciones intensivas en agua no significan más prosperidad. Lo que se multiplica es el déficit ecológico y la vulnerabilidad social.
Una ironía geopolítica: Groenlandia
Para quienes creen que el cambio climático es un invento, basta mirar hacia Groenlandia. Allí, el deshielo avanza a un ritmo que ya contribuye de manera significativa al aumento del nivel del mar. Según estudios recientes, la capa de hielo de Groenlandia pierde alrededor de 250 gigatoneladas de hielo por año, lo que equivale a que cada año se derrame al océano más agua que toda la que consume España en una década. Esa masa de agua no es “virtual”: es real, y está cambiando la geografía del planeta.
El sarcasmo inevitable es que, mientras algunos líderes políticos de Estados Unidos han mostrado posturas antiambientalistas, el mismo país ha manifestado interés estratégico en Groenlandia. ¿Por qué? Porque ese territorio es la base de la geopolítica ambiental del futuro: reservas de agua dulce, minerales críticos para la transición energética y una posición clave en el Ártico. En otras palabras, el espacio que se desprecia en el discurso es el mismo que se codicia en la práctica.
Hablar de rendimientos marginales decrecientes en la política guajira no es un ejercicio abstracto: la ganadería expansiva en Colombia es el ejemplo más evidente. Cada hectárea adicional destinada al ganado produce menos beneficios económicos, mientras multiplica los costos ambientales y sociales.Esa expansión desmedida está reemplazando tierras cultivables por pastizales, mientras el ganado libera enormes cantidades de gases de efecto invernadero. No es solo un problema ambiental: la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha clasificado la carne roja como “probablemente cancerígena para los humanos” (grupo 2A) y la carne procesada como “cancerígena” (grupo 1). Estudios internacionales muestran que consumir 50 gramos diarios de carne procesada aumenta en un 18% el riesgo de cáncer colorrectal. Además, la ganadería es responsable de cerca del 14% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Lo siento por quienes defienden este modelo ganadero capitalista, pero ya no es rentable para la vida del planeta ni para nuestra salud. No es ideología, son datos científicos.
Datos extra para el que crea: En promedio, producir una sola hamburguesa de carne requiere alrededor de 2.400 litros de agua, considerando todo el proceso desde la cría del ganado hasta los ingredientes adicionales como pan y condimentos.