NAVARRO Y PETRO, DOS CAMINOS DE LA IZQUIERDA COLOMBIANA

La muerte de Antonio Navarro Wolff deja abierta una reflexión sobre el rumbo de la izquierda colombiana y, particularmente, sobre la oportunidad histórica que representó la llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022. Después de décadas de exclusión política, de un conflicto armado que cerró caminos de participación y de un estallido social que hizo visible el descontento de amplios sectores de la población, Colombia eligió por primera vez un presidente de izquierda.

No era solamente un cambio de gobierno. Era la posibilidad de demostrar que el progresismo podía transformar las instituciones, reducir las desigualdades y construir una nueva relación entre el Estado y la ciudadanía. En esa perspectiva, la trayectoria de Navarro y la de Petro permiten comparar dos maneras de entender la política y de asumir la responsabilidad histórica de ejercer el poder.

Navarro Wolff comprendió que la transición del M-19 a la vida democrática exigía algo más que abandonar las armas y participar en elecciones. Había que ganarse la confianza de una sociedad que conoció la confrontación y aceptó que el futuro del país no podía construirse excluyendo a quienes pensaban diferente. Su papel como copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, junto a Horacio Serpa y Álvaro Gómez Hurtado, expresó esa convicción.

Antiguos adversarios se sentaron a construir una Constitución que reconoció la diversidad étnica y cultural, amplió los derechos ciudadanos y abrió nuevos espacios de participación. Navarro contribuyó así a fundar una nueva ciudadanía, no desde la imposición de una ideología, sino desde la construcción de reglas compartidas. Su posterior experiencia como alcalde de Pasto y gobernador de Nariño mantuvo esa orientación, con apuestas por los cabildos abiertos, el presupuesto participativo y la incorporación de las comunidades a las decisiones públicas.

Petro llegó a la Presidencia con una oportunidad política excepcional. Tenía el respaldo de una movilización social que reclamaba cambios, una coalición parlamentaria inicialmente amplia y una legitimidad electoral que le permitía convocar a sectores que durante mucho tiempo habían permanecido al margen del poder. Podía haber convertido ese capital político en un gran acuerdo nacional para desarrollar las propuestas pendientes de la Constitución de 1991.

La reforma agraria, la descentralización, la transición energética, la superación de la pobreza y la garantía de derechos en los territorios necesitaban precisamente esa capacidad de convocatoria. Sin embargo, su liderazgo fue quedando atrapado en una confrontación frecuente con el Congreso, los partidos, los medios de comunicación y sectores económicos. El desacuerdo, que es propio de cualquier democracia, terminó ocupando demasiado tiempo y espacio en la conducción del Gobierno, reduciendo las posibilidades de construir respaldos duraderos para sus reformas.

La diferencia entre Navarro y Petro no está en que uno fuera de izquierda y el otro no, sino en la manera de relacionarse con quienes no compartían sus ideas. Navarro hizo de la concertación un instrumento de transformación política. Entendió que negociar no significaba abandonar los principios, sino encontrar la forma de convertirlos en decisiones posibles y sostenibles.

Petro, en cambio, con frecuencia pareció interpretar la discrepancia como una resistencia que debía enfrentar antes que como una realidad política con la cual debía construir acuerdos. Esto tuvo consecuencias en la gobernabilidad. No se trata de desconocer las resistencias que encontró su programa ni los resultados legislativos que consiguió, sino de reconocer que la Presidencia exigía una capacidad de articulación mayor que la demostrada. La rotación de ministros, el debilitamiento de la coalición inicial, su indisciplina frente al trabajo y las dificultades para convertir los anuncios en realizaciones consistentes, hicieron más evidente esa limitación.

La oportunidad perdida del progresismo no consistió en haber intentado modificar el modelo económico y social del país, sino en no haber conseguido convertir ese propósito en una transformación respaldada por una mayoría política y social suficientemente amplia. Petro tenía el poder que Navarro nunca tuvo, pero no logró aprovecharlo para consolidar un proyecto de Estado que trascendiera su administración.

La izquierda no pudo demostrar suficientemente que gobernar significaba administrar mejor, fortalecer las instituciones, ejecutar los recursos con transparencia, recuperar la confianza ciudadana y garantizar derechos concretos en los territorios. En lugar de ello, una parte importante de su capital político se consumió en la disputa permanente por el sentido de su gobierno. La transformación social requiere convicciones, pero también capacidad administrativa, reconocimiento del adversario y disposición para construir compromisos que sobrevivan a las diferencias ideológicas.

Navarro deja una herencia política que merece ser recuperada, no como una hoja de vida sin errores ni contradicciones, sino como una experiencia de aprendizaje democrático. Su vida estuvo marcada por el tránsito de la confrontación armada a la construcción de consensos, por la convicción de que el país necesitaba encontrarse alrededor de unas reglas comunes y por la idea de que la ciudadanía debía tener un lugar efectivo en las decisiones públicas.

Petro tuvo la posibilidad de llevar esa visión a la Presidencia y convertirla en una nueva etapa de la historia nacional, pero no consiguió hacer del consenso el fundamento de su gobierno. Allí está la diferencia y también la lección para la izquierda que vendrá.

Navarro dedicó buena parte de su vida a demostrar que era posible construir con los adversarios; Petro terminó haciendo del disenso una característica de su liderazgo. Uno ayudó a abrir las puertas de una nueva ciudadanía; el otro no logró aprovechar plenamente el poder para consolidarla. La historia no recordará solamente las reformas que quedaron pendientes, sino también la oportunidad que tuvo el progresismo de demostrar que podía unir al país alrededor de sus transformaciones y no supo hacerlo.

   

Cesar Arismendi Morales

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