PERIODISMO EN COLOMBIA

Sin tantos cuentos: el periodismo existe para vigilar el poder, pero también para entender cómo desde posiciones dominantes se construyen narrativas capaces de persuadir sociedades enteras. Los periodistas más reconocidos del país no son necesariamente los que más hablan, son los que hablan lo necesario, los que han dedicado su vida a dejar que las historias sean contadas por sus protagonistas mientras ellos permiten la ruta y conducen al invitado.

Mi mayor admiración dentro del periodismo está en quienes eligen los caminos más difíciles del oficio: vigilar el destino del dinero público cuando desaparece, descifrar entramados complejos de poder, revelar acontecimientos profundamente sensibles y narrar aquello que muchos preferirían mantener enterrado. Ese es el periodismo que incomoda, ese que desarma estructuras y que obliga a la sociedad a mirar de frente a las realidades que suelen esconderse tras discursos oficiales o silencios estratégicos. No importa el tema ni el personaje; cuando el periodismo cumple su función, la verdad siempre encuentra la forma de abrirse paso. Y en ese momento ocurre algo que pocas profesiones logran: se equilibra la energía oculta del secretismo, de los delitos y de los entramados construidos, casi siempre, desde las esferas del poder o del silencio. Allí el periodismo deja de ser solo información y se convierte en justicia social narrada. Una mezcla entre esa necesidad de buscar justicia que me invade, como también de ser social.

Sin embargo, el ejercicio del periodismo moderno enfrenta un desafío adicional. La ética informativa hoy convive con un ecosistema digital dominado por la velocidad, las redes sociales y la competencia feroz por ser el primero en publicar. En este nuevo escenario, el riesgo no solo es equivocarse, sino caer en dinámicas donde la inmediatez termina debilitando la rigurosidad ambas validas en estos tiempos de menos rigor investigativo. Las narrativas digitales muchas veces construyen relatos diseñados para confundir, posicionar agendas o dominar la conversación pública. Ser el primero en contar una historia otorga un privilegio silencioso: apoderarse de la intención del discurso y moldear la percepción colectiva antes de que aparezcan otras versiones.

La corrupción, por ejemplo, rara vez se queda en cifras técnicas o en informes que duermen en escritorios públicos. La corrupción se traduce en hospitales que nunca se construyen, en carreteras que no se terminan, en programas sociales que se evaporan y en ciudadanos que terminan pagando con enfermedades y hambre su futuro. Pero lo que más duele son las historias que involucran directamente niños que crecen sin oportunidades, sin acceso a educación digna o sin atención médica adecuada porque los recursos públicos terminaron alimentando intereses privados. “Allí el periodismo deja de ser solo narrar hechos y se convierte en una herramienta de denuncia social, donde la mirada jurídica permite cuestionar el poder, para evidenciar abusos y defender el interés público, pero también para ser una plataforma al reconocimiento”.

Ejercer esta profesión y oficio es entender que la verdad incómoda. Toda la vida soñé con escribir, investigar y opinar sin miedo en una sociedad que muchas veces exige prudencia, silencio o neutralidad frente a temas que afectan la dignidad colectiva, esa memoria que nos involucra. “Crecí en entornos donde hablar de más podía traer consecuencias, pero el periodismo me enseñó que callar también las tiene. El silencio protege estructuras de poder, perpetúa abusos y debilita la democracia. La palabra, en cambio, desagrada, cuestiona y abre caminos para la transformación social. Porque cuando el periodismo se ejerce con valentía, deja de ser solo información y se convierte en un acto de resistencia.”

Hoy el periodismo enfrenta un reto aún mayor y profundamente geopolítico. La comunicación se convirtió en el cuarto dominio de los Estados, pero la comunicación digital abarca nuevos dominios en nuevos campos de batalla menos comprensibles, junto al territorio, la economía y la defensa. La información dejó de ser solo contenido; se transformó en herramienta estratégica de poder global. Los conflictos contemporáneos no solo se disputan en campos militares o en escenarios económicos, también se libran en redes sociales, medios digitales, plataformas tecnológicas y narrativas diseñadas para influir en la opinión pública.

Una palabra puede turbar mercados. Un titular puede afectar elecciones. Una imagen puede legitimar gobiernos o provocar crisis diplomáticas. El control de la narrativa se convirtió en un recurso tan determinante como el control del territorio. En un mundo hiperconectado, la información no solo describe la realidad: la construye, la interpreta y muchas veces la manipula y es ahí donde los periodistas deben resistir con fortaleza.

Este fenómeno ha generado debates sobre el papel del periodismo frente a la constante persuasión mediática. Las audiencias ya no consumen información de manera pasiva; hoy están expuestas a estrategias de comunicación política, marketing digital, propaganda ideológica y manipulación algorítmica. En ese escenario, el periodismo debe defender su esencia: investigar, contrastar, contextualizar y narrar con responsabilidad. La velocidad no puede reemplazar la verificación. La viralidad no puede sustituir la verdad.

Por eso el periodismo no puede ser complaciente. Debe ser crítico, incómodo y profundamente ético. Debe cuestionar incluso cuando eso implique enfrentarse a estructuras de poder político, económico o social. Porque cuando la información se manipula, la verdad se convierte en resistencia. Y cuando la verdad resiste, la democracia encuentra su principal mecanismo de defensa.

El periodismo colombiano ha sobrevivido gracias a profesionales que trabajan en condiciones adversas, con salarios limitados, riesgos personales y escaso reconocimiento institucional. A pesar de ello, continúan investigando, denunciando y narrando realidades complejas porque entienden que esta profesión no es solo un oficio, sino un compromiso con la sociedad. Informar es una forma de proteger derechos ciudadanos y de fortalecer la participación democrática.

Hoy más que nunca, comunicar implica comprender la diversidad, la complejidad y la naturaleza difusa del mundo contemporáneo. La globalización, la transformación digital y los conflictos geopolíticos han convertido la información en un escenario de disputa constante. El periodismo tiene la responsabilidad de traducir esa complejidad en relatos comprensibles para la ciudadanía, sin caer en simplificaciones ni en manipulaciones emocionales. El periodista es por naturaleza hábil y crítico.

Cierro con gratitud. A OJO PELAO, espacio que me permite explorar diversos temas, comunicar, opinar y salir de la academia para entrar en la realidad. Un mundo diverso, amorfo, difuso y profundamente desafiante que confirma que el arte de comunicar no solo informa: también transforma sociedades, cuestiona estructuras y construye país.

Porque sin tantos cuentos, el periodismo no solo narra la historia: también influye en el destino de las naciones. Por eso, el interés nacional no puede ser una consigna vacía dentro del gremio, sino una responsabilidad ética. Informar es despertar el amor por la patria, alertar cuando el país enfrenta riesgos y sostener la esperanza cuando la sociedad necesita recordar que también es capaz de construir bienestar colectivo.

 

Abel Enrique Sinning Castañeda

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