¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON LA HUMANIDAD PARA QUE UNA PARTE DE NUESTROS JÓVENES YA NO QUIERA SENTIRSE HUMANA?

Confieso algo: cuando escuché por primera vez sobre los therians, pensé que era otra moda pasajera de internet. Pero no. El tema merece algo más que una risa o un meme. No hablo desde el prejuicio, sino desde la responsabilidad que me dio haber sido secretaria de Educación de La Guajira, abogada y mujer que ha recorrido colegios urbanos y rurales escuchando a estudiantes, docentes y padres.

Los therians son personas que afirman identificarse espiritual o psicológicamente como animales no humanos: lobos, zorros, felinos. El fenómeno se mueve principalmente en plataformas digitales donde los adolescentes comparten videos usando máscaras, colas y comportamientos asociados a especies animales. Algunos lo presentan como una forma de autoconocimiento; otros, como una identidad profunda.

La pregunta incómoda es otra: ¿Qué está pasando con la humanidad para que una parte de nuestros jóvenes ya no quiera sentirse humana?

No podemos abordar el tema con burla ni tampoco celebrarlo acríticamente como “expresión libre”, porque sería irresponsable en ambos extremos, pero lo cierto es que cuando un adolescente afirma que no se siente humano, estamos ante un síntoma social. Y los síntomas no se cancelan con aplausos ni con memes.

Vivimos un momento histórico de profunda desorientación identitaria. La tecnología avanzó más rápido que la ética, las redes sociales construyen realidades paralelas donde la validación depende de “likes”, la soledad se volvió epidémica, las familias están fragmentadas, las instituciones, bien sea; escuela, iglesia, Estado, perdieron autoridad moral, y en ese vacío, cualquier narrativa que prometa pertenencia encuentra terreno fértil.

El fenómeno therian no es un simple juego, es una señal. Jóvenes que encuentran más coherencia en la identidad animal, instintiva, libre de juicio, sin exigencias sociales, que en la compleja experiencia de ser humanos en un mundo competitivo y emocionalmente hostil.

Pero aquí es donde debemos ser claros: la humanidad no puede renunciar a sí misma. La identidad humana implica responsabilidad, conciencia moral, construcción colectiva, Cuando perdemos de vista esos pilares, abrimos la puerta a un relativismo donde todo vale y nada se cuestiona. Y una sociedad donde nada se cuestiona está destinada a perder su norte.

Desde la educación pública sabemos que la adolescencia es una etapa de exploración. Lo fue en mi generación y lo será en las que vienen. La diferencia es que antes esa exploración ocurría en el barrio o en el colegio; hoy ocurre frente a millones de espectadores digitales, lo que antes era una etapa privada, ahora se convierte en identidad pública y permanente.

Como guajira, además, me pregunto qué tan desconectados estamos de nuestras raíces culturales. En La Guajira convivimos con cosmovisiones indígenas profundas que reconocen la relación espiritual con la naturaleza sin perder la centralidad de lo humano. Aquí el vínculo con el animal es simbólico y ancestral, no una negación de la condición humana. Hay una diferencia enorme entre honrar la naturaleza y disolver la identidad personal.

¿Estamos escuchando lo suficiente a nuestros jóvenes? ¿O solo reaccionamos cuando la tendencia se vuelve viral? El error sería convertir esto en una cacería moral, pero el error aún mayor sería normalizar sin debate cualquier fenómeno que impacta la construcción de identidad. La salud mental juvenil en Colombia ya enfrenta cifras alarmantes de ansiedad y depresión. Si un adolescente siente que escapar de lo humano es más soportable que habitar su propia realidad, la pregunta debe interpelarnos a todos: padres, educadores, líderes políticos.

No se trata de prohibir máscaras de zorro en los colegios, se trata de reconstruir sentido, de devolverle a la juventud algo que hoy escasea: propósito, pertenencia real, conversación cara a cara, límites claros y afecto firme.

La humanidad atraviesa una crisis de significado. Y cuando el significado se erosiona, la identidad se fragmenta. Los therians no son el problema de fondo; son el espejo.

Podemos reírnos, indignarnos o ignorarlos. Pero si no abordamos la raíz, la soledad, la hiperexposición digital, la pérdida de referentes sólidos, mañana aparecerá otra tendencia más radical.

Como ex secretaria de Educación, creo en la libertad de pensamiento. Como abogada, creo en el marco constitucional que protege la dignidad humana. Y como líder, creo que debemos atrevernos a decir lo que incomoda: la innovación cultural no puede convertirse en abandono de la responsabilidad adulta, la juventud no necesita aplausos automáticos ni condenas furiosas. Necesita guía.

Y la pregunta final no es qué son los therians.

La pregunta es: ¿Qué clase de humanidad estamos construyendo para que algunos ya no quieran habitarla?

Ladys Diana Ochoa Oliveros

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *