La Guajira enfrenta una combinación crítica de factores de riesgo emocional y social: en 2025 el departamento registró 259 homicidios, 124 extorsiones, 10 secuestros y más de 1.467 casos de violencia de género; mientras que Riohacha concentró una proporción alarmante de estas violencias, incluyendo el 66% de los feminicidios del departamento, el 50% de los casos de trata de personas y el 38% de los homicidios intencionales. Estas cifras no solo hablan de criminalidad; hablan de miedo cotidiano, de estrés permanente y de una población viviendo bajo presión emocional constante. Por esa razón, y como referente nacional en políticas de salud mental, manifestó mi profunda preocupación por el deterioro sostenido del tejido social en Riohacha y el departamento de La Guajira, una hermosa tierra donde lamentablemente, la violencia, la inseguridad, el desempleo y las fallas estructurales en servicios básicos están impactando de manera directa la salud mental de la población, especialmente de mujeres, niños, jóvenes y comunidades indígenas. Porque cuando un país convierte la rabia en forma de convivencia, lo que se genera no solo es violencia, es una crisis de salud mental invisibilidad.
Desde mi experiencia como concejala de Bogotá en dos ocasiones, donde fui autora de la Política Pública de Salud Mental de Bogotá, puedo comprender que la situación de La Guajira en materia de salud mental es igualmente preocupante. Y las cifras así lo demuestran: durante 2025, La Guajira registró 18 suicidios consumados y 361 intentos, mientras que Riohacha concentró la mitad de los suicidios del departamento. A esto se suman factores estructurales como pobreza persistente, informalidad laboral cercana al 62%, crisis de agua potable, desnutrición infantil, barreras extremas de acceso a salud materna y pobreza energética, que profundizan el desgaste emocional y la sensación de abandono estatal. Pues, como lo manifesté en mi vista a la ciudad, cuando la vida diaria se convierte en sobrevivir (sin agua, sin empleo estable, con miedo y sin atención oportuna) la salud mental se deteriora, aunque no siempre salga en titulares.
En ese contexto, me comprometo con Riohacha y toda la península de La Guajira a desarrollar como congresista una agenda de trabajo en Riohacha y La Guajira orientada a fortalecer estrategias de prevención del suicidio, atención psicosocial comunitaria y acompañamiento territorial, articulando salud, educación y protección social. Porque, apreciados amigos, con el apoyo de ustedes, llegaré al senado con un propósito claro: trabajar para que Colombia sane sus heridas, se libere del abandono, la inseguridad, la corrupción y la ausencia de oportunidades que han frenado el avance del país.
Y para lograr ese objetivo crucial para el país, reiteró que desde el Congreso impulsaré el control político riguroso para que la Ley de Salud Mental se implemente de manera real en territorios históricamente excluidos, con presupuesto, talento humano y resultados verificables. Y lo haré desde mi convencimiento pleno de que: “La salud mental no puede seguir siendo un tema secundario ni urbano. Proteger la vida, prevenir la violencia y reconstruir la confianza social también empieza por cuidar la mente y el bienestar emocional de la gente”.
Colombia debe salir de un estado emocional crítico, SANAR PARA AVANZAR, a través de la mejor terapia de choque: desplegar una política de escucha y salud mental que pongan en centro a la niñez y la familia, y que castigue sin contemplaciones a quienes abusan de los más vulnerables. Por eso, quiero compartirles un mensaje final: “Un país que permite que el hogar sea un campo de batalla está formando ciudadanos que solo saben resolver los conflictos por la fuerza, ¿qué clase de sociedad somos si permitimos que los más frágiles sean violentados por en el lugar que se supone debe ser su entorno seguro?”
Gloria Díaz

