SENDEROS QUE SE BIFURCAN

Tal como en el cuento de Borges, El jardín de senderos que se bifurcan (1941), es bueno reflexionar sobre todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. En una época donde pasan siglos de siglos con la velocidad huraña de apremio que nos arropa la difusión de cada noche, sin ruido, en la inútil perfección del silencio del presente ocurren los hechos innumerables que nos hacen creer el “tempo” del ahora es infinito como el laberinto de la modernidad. Similar al relato del escritor argentino, la actualidad nos enseña que el intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden se encarga de abolir nuestras divagaciones e incertidumbres.

Por esa duda y aniquilación de la ausencia como fin de todo propósito el hombre batalla para alcanzar la gloria de una felicidad, considerada casi abyecta. Y por eso, se empeña en un duelo frente a su destino que asegura de antemano ganar en el primer asalto, creyendo que con la confianza de pugilista bien entrenado puede burlar los favores del azar y derrotar a su adversario. Un adversario que es nadie más la felicidad cobarde que amerita ser probaba en cada estadio de la vida y llevada al buen término llamado éxito. De esa debilidad, disfrazada de motivación, el hombre saca fuerzas para no resignarse y afrontar resignará cada día a empresas más atroces e imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado.

Ese porvenir transita con la dulzura en la cual han sido edificados ciertos en los cuales se pierden los hombres. Surcos de heterogéneas fatigas, invioladas y perfectas en la cumbre secreta de la montaña de los propósitos sinuosos y crecientes que abarcan el pasado y el futuro. En ese “socoy” donde el tiempo es indeterminado y el espacio suele fingir su precisión, se percibe el abstracto mundo de la existencia, acechada por la bifurcación de las confusas praderas y sus dicotomías propias. El húmedo sendero zigzagueaba como los de las etapas primas de la vida que se reflejan en el espejo de adultez frías y encuadernadas encuadernados en seda amarilla como algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta, como si el deseo irrevocable de la espera fuera el peor de los pruritos de la edad de la marchitez.

La misma florescencia con la que un anciano marcha hacia una batalla a través del desierto de su soledad senil, ambientada por las sombras dejadas por una juventud amante del menosprecio por la vida y las victorias fáciles. Esa es la etapa final donde se recrea la mente con la veneración de viejas ficciones, menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura del ahora. Un instante done los recuerdos luchan contra el olvido y sus palabras son repetidas como mandamiento secreto y divagante ante la resignación de la sentencia. Una sentencia que, de seguro, tornará de oscuridad el cuerpo y hará invisible e intangible toda pululación de los divergentes paralelos y finalmente nos colmarán con la agitación más inaccesible e íntima, que yace prefigurada en la imprenta de la existencia.

No olvidemos, como bien lo fijó el narrador borgiano, que El jardín de senderos que se bifurcan es una “enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre”. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más tortuoso de navegar los meandros de la infatigable novela del hombre. No debemos olvidad entonces, para descifrar el enigma de la misión vital de cada ser en el intervalo de su respirar, debemos zambullirnos en una “innumerable contrición y cansancio”.

 

Arcesio Romero Pérez

Escritor afrocaribeño

Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI

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