PRODUCTIVIDAD PRIMERO: LA GUAJIRA SE MIDE EN HECHOS, NO EN POTENCIAL

En La Guajira se nos ha vuelto costumbre hablar de potencial: potencial turístico, potencial minero-energético, potencial agroindustrial entre muchos otros. Al final para nosotros tenemos madera para todo lo que se nos ocurra.  Pero el potencial no es un activo; es apenas una hipótesis.

El activo real es la productividad: la capacidad de convertir ese potencial en recursos, talento, inversión en valor agregado, empleo formal y mejores ingresos para la gente. Cuando la productividad no se gerencia, el desarrollo se vuelve un relato que cambia de tono y de vocero, pero no de resultados.

La urgencia de diversificar no es discursiva. La economía departamental sigue altamente expuesta a un solo motor: el sector minero-energético concentra cerca del 98% del valor exportado. Cuando un territorio depende de un único sector, cualquier choque se vuelve sistémico, y el costo termina pagándose en el empleo, en la inversión y en la vida cotidiana.

Esa fragilidad se refleja en un indicador social que no admite tibiezas: la pobreza monetaria en 2024 fue 65,7%. Con esa realidad, el debate público no puede seguir orbitando alrededor de anuncios y promesas. La prioridad debe ser una: elevar productividad para que el crecimiento, cuando ocurra, se traduzca en oportunidades reales para los guajiros.

Por eso, diversificar no es “pasar la página” del carbón ni negar la importancia histórica del sector. Diversificar es construir capacidades que el territorio hoy no tiene con la escala requerida: logística, formación técnica pertinente, servicios públicos, infraestructura, seguridad física, jurídica y encadenamientos empresariales.

Pero, sobre todo, diversificar exige un cambio cultural de gestión: pasar del discurso a los hechos. Un territorio se transforma cuando deja de medir el avance por inauguraciones y empieza a medirlo por productividad: mayor valor agregado local, más formalidad e incremento de empresas que crecen y sobreviven.

Aquí entra el debate que solemos evitar o tratar con superficialidad: el uso de las regalías. Las regalías no pueden seguir repartidas como si fueran una lista de mercado para satisfacer urgencias dispersas en los municipios.

Deben ser una palanca para aumentar productividad. Eso implica priorizar, con criterios técnicos y verificables, proyectos que reduzcan costos y habiliten inversión privada y emprendimiento local: vías terciarias que conecten producción con mercados, sistemas de riego que permitan producir y procesar, infraestructura de seguridad y justicia territorial que proteja la operación económica y reduzca la economía de los bloqueos y la extorsión, y formación técnica alineada con la demanda real de agro, turismo y servicios asociados a energía y minería.

El turismo es el ejemplo más didáctico de esta lógica. La demanda está creciendo y eso es una buena noticia, pero es insuficiente si no se convierte en economía local robusta. El informe socio económico de la Camara de Comercio de La Guajira de 2025 muestra que las llegadas internacionales a La Guajira en el primer semestre de 2025 crecieron 96% frente al mismo periodo del año anterior.

Ese flujo ya empieza a reflejar gasto: el consumo con tarjetas asociado a turistas internacionales sumó cerca de USD 2,2 millones en ese mismo periodo. Son señales alentadoras, pero también una advertencia: si el destino crece en visitantes, pero no en productividad, el crecimiento se queda en anécdota.

La conversación turística debe madurar. No basta con promover atractivos; hay que garantizar condiciones habilitantes: seguridad en vías y corredores, servicios públicos confiables, ordenamiento territorial, movilidad, información turística seria y servicio al cliente con estándares.

Sin ese paquete mínimo, el visitante llega, pero el valor se fuga: la estadía se acorta, el gasto se concentra, la reputación se deteriora con facilidad y la actividad termina atrapada en informalidad y baja calidad.

Lo mismo ocurre con el tejido empresarial, que es el verdadero termómetro de la diversificación. La Guajira tiene empresas, pero su composición revela un reto de escala: más del 96,8% del tejido está conformado por microempresas.

 Esto significa baja capacidad de inversión, alta vulnerabilidad ante choques y dificultades para integrarse como proveedores estables de cadenas mayores. En términos simples: la diversificación no ocurrirá solo con “nuevos sectores”; ocurrirá cuando crezcan empresas medianas, cuando se fortalezcan proveedores locales y cuando el ecosistema empresarial pueda capturar valor agregado, no solo circular mercancía.

La Guajira no necesita más discursos sobre su potencial. Necesita una decisión de método: productividad primero. Y productividad primero significa una cosa: que el desarrollo no se declara; se ejecuta.

 

Luis Guillermo Baquero

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