EL EFECTO BUKELE

Hace unos días tomé un servicio corto en un vehículo afiliado a InDrive, una aplicación que, aunque ha sido cuestionada por las autoridades, suele prestar un buen servicio. En medio del trayecto, el conductor me dijo algo que todavía resuena en mi cabeza: “Doctor, a mí no me importa si el hombre es bravo… lo que quiero es poder llegar vivo a mi casa”, entre el asombro y desconcierto lógicamente intuí que el hombre no estaba citando teorías políticas ni tratados internacionales, ni de ideologías, mucho menos de modelos comparados, sino que hablaba de miedo, de ese que se volvió paisaje en demasiadas ciudades de América Latina.

Esa frase sencilla explica mejor que cualquier ensayo académico el fenómeno político más influyente de los últimos años en el continente, el llamado “Efecto Bukele” y es que el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, decidió hacer lo que durante décadas parecía retórica de campaña, enfrentar sin rodeos a las pandillas que habían tomado control territorial del país; en concreto, desmanteló a estructuras como la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, empresas criminales que durante años convirtieron barrios enteros en repúblicas paralelas donde el Estado era apenas una visita ocasional.

Las cifras oficiales hablan de una reducción histórica de homicidios, las calles según muchos salvadoreños volvieron a ser transitables y el comercio nocturno reapareció; el miedo, al menos en la percepción colectiva, dejó de gobernar cada esquina y en política, cuando cambia la sensación de seguridad, cambia todo, porque no se cuenta como un indicador más en una tabla estadística: sino como la base emocional sobre la que se sostiene la confianza en el Estado.

Durante años, en América Latina escuchamos el mismo discurso: que la violencia es estructural, que el problema es multicausal, que se requieren tiempo, inversión social y reformas profundas, todo eso es cierto pero mientras el debate se afinaba en los escritorios, las familias seguían enterrando hijos y los comerciantes continuaban pagando extorsiones; el miedo influyó hasta en la arquitectura pues en las fachadas crecieron rejas, la clase media se refugió en conjuntos cerrados y las madres comenzaron a enseñar rutas de escape antes que rutas de progreso.

El “Efecto Bukele” irrumpe en ese cansancio colectivo con una idea peligrosa por lo simple, ¡si se quiere, se puede! el gobierno salvadoreño implementó un régimen de excepción que suspendió ciertas garantías constitucionales para facilitar capturas masivas de presuntos miembros de pandillas, las cárceles se llenaron y las imágenes recorrieron el mundo; mientras organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional advertían sobre posibles detenciones arbitrarias y restricciones al debido proceso una buena parte del pueblo salvadoreño expresaba alivio y ese contraste es el corazón del debate continental porque el ciudadano que vuelve a caminar sin mirar sobre el hombro no está pensando en doctrina constitucional, está pensando en su hija regresando del colegio sin pagar peaje criminal o en abrir su negocio sin que le cobren impuesto paralelo o en el mejor de los casos solo en dormir.

Ahí es donde el fenómeno deja de ser una política pública y se convierte en una corriente psicológica regional, ya que, por todas partes en conversaciones informales, en taxis, en esquinas, en reuniones familiares se repite la pregunta que incomoda a muchos gobiernos: “¿Por qué allá sí pudieron y aquí no?”, esa comparación se ha convertido en presión política real, ha redefinido el estándar con el que se mide a los líderes latinoamericanos.

El votante ya no se conforma con la explicación técnica del problema, lo que quiere son resultados visibles y una autoridad efectiva, además de sentir que el Estado manda y no negocia su presencia con el crimen, en conclusión, esa exigencia ha transformado campañas electorales, discursos y promesas, el centro del debate se desplazó de la comprensión académica del delito hacia la demostración práctica de poder.

Sin embargo, sería ingenuo reducir todo a aplauso como focas,  a pesar de estar de acuerdo con casi todo, como especialista en asuntos constitucionales considero que la suspensión prolongada de garantías fundamentales abre interrogantes serios; pienso en el debido proceso, la presunción de inocencia y los límites al poder punitivo del Estado los que  no son adornos liberales y en manos de qué funcionarios corruptos, menos; esas son barreras construidas tras siglos de abusos históricos, es que el Estado de Derecho existe precisamente para evitar que el remedio se convierta en enfermedad.

Lo que sí es innegable es que el fenómeno elevó el estándar de exigencia, entendiendo que antes el ciudadano comparaba con el gobierno anterior; hoy compara con un caso concreto en la región y ya no basta administrar el problema, se exige resolverlo, haciendo del miedo colectivo en mandato político y ahí emerge la lección más profunda. El ciudadano común no está pidiendo autoritarismo por convicción ideológica; está pidiendo tranquilidad. No le interesa erosionar la Constitución; lo que reclama es la eficacia del Estado, pero cuando esa eficacia se posterga indefinidamente, la paciencia se transforma en impaciencia la cual en política suele abrirles espacio a soluciones contundentes, incluso arriesgadas.

Desde mi sillón en algún lugar del caribe colombiano, donde el debate político se mezcla con el calor, el café fuerte y la franqueza sin protocolo, la sensación es clara, la gente se cansó de la impotencia institucional pues El “Efecto Bukele” demostró que la voluntad política puede alterar realidades que parecían inamovibles, además de dejar claro que el liderazgo decidido genera respaldo cuando conecta con el dolor colectivo, aunque, también encendió una alerta inevitable sobre la concentración del poder y la fragilidad de los contrapesos.

Al final, el ciudadano no quiere un hombre fuerte, al contrario, quiere un Estado fuerte; instituciones que funcionen, policías que protejan, jueces que actúen y gobiernos que no titubeen frente al crimen eso nos llevará a vivir sin miedo, pero también quiere garantías cuando el poder toque su puerta.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

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