LA DELGADA LÍNEA ENTRE JUSTICIA Y DESQUITE

“En esta segunda ocasión, mientras bebían vino, el rey volvió a decir a Ester: —Dime lo que desees, reina Ester. ¿Cuál es tu petición? ¡Yo te la daré, aun si fuera la mitad del reino! La reina Ester contestó: —Si he logrado el favor del rey, y si al rey le agrada conceder mi petición, pido que mi vida y la vida de mi pueblo sean libradas de la muerte.” Ester 7:2-3 NTV

Es impactante que, aun estando bajo amenaza de muerte la reina Ester no deseara venganza contra su opresor. Ella pudo haberle pedido al rey la cabeza de Amán si lo hubiera querido, pero no exigió castigo ni habló desde el resentimiento; únicamente pidió que su vida y la de su pueblo fueran preservadas.

Eso revela el estado de su corazón de Ester, evidentemente tenía un corazón sano, libre de amargura, un corazón que no se movía por la revancha ni por el deseo de destruir a quien planeaba hacerle daño. Su prioridad no era desquitarse, sino sobrevivir y salvar a otros.

Esto realmente me confronta, porque en la vida naturalmente todos enfrentamos injusticias. En algún momento nos encontramos con personas que se levantan contra nosotros, que maltratan, maquinan, manipulan o simplemente desean nuestro mal. Y aunque actuemos con compostura, muchas veces el corazón guarda cierto dejo de rabia, impotencia o rencor.

Sin embargo, Ester nos muestra algo diferente, ella entendía que había una diferencia entre buscar justicia y alimentar un deseo de venganza. Aunque en este tipo de situaciones alguien inevitablemente tiene que enfrentar las consecuencias de sus actos, no vemos a Ester planificando la caída de Amán; vemos a una mujer buscando refugio, dirección y salvación.

Es ahí donde surge una línea muy delgada entre el desquite y la supervivencia, entre la justicia y la venganza.

Esto nos debería hacer preguntarnos: ¿Cómo está hoy nuestro corazón? ¿Está lleno de enojo por no haber podido “poner en su lugar” a quienes nos hicieron daño? ¿O estamos confiando en que Dios es justo y que Él sabrá defender nuestra causa?

Lo cierto es que, quienes obran mal terminan cosechando lo que sembraron, la vida misma se encarga de eso. Pero la verdadera prueba del corazón aparece cuando vemos caer en desgracia a quien nos hirió. ¿Qué sentimos en ese momento? ¿Nos produce satisfacción? ¿Sentimos ese “fresquito” interior del que muchos hablan? ¿Nos alegramos en secreto de que les vaya mal?

Vivimos en una sociedad dominada por la ley del desquite, donde aprendemos que devolver mal por mal es válido, e incluso justificable. Escuchamos frases como “ojo por ojo”, “el que la hace la paga” o “en juego largo hay desquite” que reflejan la naturaleza del ser humano.

Y esto no es algo nuevo, porque el principio del “ojo por ojo” se asoma desde el Antiguo Testamento, específicamente en Libro del Éxodo 21:23-25 y Libro de Levítico 24:17-20. Sin embargo, su propósito original no era promover la venganza, sino limitarla; dado que, buscaba que el castigo fuera proporcional a la falta y evitar el uso excesivo de la violencia.

Pero luego vino Jesús y presentó una perspectiva completamente revolucionaria. En el evangelio de Mateo 5:38-42, nos enseña a romper el ciclo de resentimiento y a superar el deseo de devolver mal por mal, más bien nos invita a responder desde el amor, el perdón y la misericordia.

Cuando habla de “poner la otra mejilla”, no está promoviendo debilidad ni pasividad frente al abuso, sino a desarrollar una actitud que se niega a reproducir el odio y que propenda a restaurar relaciones en lugar de perpetuar el daño.

Siendo honestos, este es un nivel difícil de alcanzar, porque nuestra naturaleza nos lleva a querer defendernos, justificarnos y muchas veces, hasta a hacer sentir al otro el mismo dolor que nos causó.

Por eso necesitamos exponernos constantemente a la presencia de Dios, solo allí el corazón puede ser limpiado del resentimiento, del orgullo herido y del deseo de venganza. Si no permitimos que Dios trate nuestras heridas, poco a poco el corazón se llena de oscuridad y terminamos reaccionando desde el dolor y no desde la sabiduría.

Jesús no ignoró la existencia de la ley del “ojo por ojo”; la reconoció, pero vino a elevarnos por encima de ella, nos mostró un camino mejor, el de la gracia, el perdón y el amor que rompe ciclos. Entendiendo que devolver odio por odio solo multiplica la oscuridad, pero responder desde la misericordia tiene el poder de detenerla.

En conclusión, esta historia nos recuerda que la verdadera madurez espiritual no se evidencia únicamente en nuestra capacidad de resistir la injusticia, sino en la manera como respondemos frente a ella. Ester pudo haber usado su posición para buscar revancha, pero eligió actuar desde la prudencia, la humildad y el deseo de preservar la vida.

Del mismo modo, Jesús nos invita a ir más allá de la reacción natural del ser humano, a renunciar al ciclo interminable del resentimiento y a confiar en que Dios sigue siendo justo, aun cuando no tengamos el control de las circunstancias.

Entender que perdonar, soltar y no devolver mal por mal no significa justificar el daño recibido o ignorar el dolor; sino decidir que el odio no tendrá la última palabra en nuestro corazón y permitir que Dios sane nuestras heridas. Porque, al final, la mayor victoria no siempre es ver caer al enemigo, sino conservar un corazón limpio en medio de la batalla.

 

 Vicky Pinedo 

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