Más de uno se atreverá a pensar que Dios se equivocó cuando, en el proceso de la Creación, designó al hombre por encima de todos los animales y le otorgó el poder de dominar sobre todo lo creado. Tan blasfema acusación toma cuerpo cuando se toma nota que nunca fue advertido que debía tener, eso sí, mucha cautela con lo que podía hacer, no fuera que llegase a provocar serios daños que pudieran significar su propia destrucción. Las cosas planteadas de ese modo darían para pensar que el Señor, al no darle instrucción apropiada a su propio “ser creado”, le tendió una trampa que podía significar su destrucción, en tanto conocía de antemano su debilidad e incapacidad para llevar las cosas con la prudencia y sensatez necesarias para no generar desastres que pudieran poner en peligro su especie… y se arrastrar de paso otras cuantas. Grave situación para “el ser creado”, desde el momento en que quedaba enfrentado a tremendo desafío ante “su propio Dios”.
Bueno, habrá que asumir que dicha advertencia hizo falta, al menos en lo que consta en los libros que narran la historia, siendo ésta una razón poderosa que ayuda a comprender cómo es que hemos llegado al estado de cosas que agobian la humanidad en la actualidad.
Pero vamos a hablar de otra advertencia que tampoco fue hecha con respecto “al cuidado que debía tener “el hombre” al momento de escoger sus líderes”. En efecto, en la generalidad de las especies animales es evidente su capacidad para escoger su líder. Nunca se equivocan. Siempre eligen el mejor. Nunca será el más imprudente sino el más sabio; nunca el más atrevido sino el más astuto; nunca un farsante ni un cobarde sino el más inteligente; nunca el más pendenciero, hablador y fantoche sino el más sereno – que no quiere decir débil -; nunca el más bello y de pronto más musculoso sino el más saludable, y entonces el más fuerte y confiable. De dicha manera quedó en los hombres, como único caso en toda la naturaleza, esa “cuestionable capacidad” de escoger como líder al farsante, al más falso, al más aparente, y casi siempre el más atractivo, aunque al final resulte ser el más estúpido, o ignorante, o inepto. Se atribuye a Winston Churchill la afirmación de que “es el hombre el único animal que comete la estupidez de elegir al líder equivocado”.
¿Por qué crearía el Señor al hombre con tan nefasta debilidad? No lo hizo, en realidad, porque le dio suficiente juicio y racionalidad para que fuese capaz de encontrar lo que le conviene. Con dicha instrucción debía aprender a gobernarse en sociedad, cosa que le tomó siglos. En uno de nuestros ensayos en Sociología Política nos centramos en tan crucial asunto de cómo los “hombres asumieron progresivamente ese rol de gobernar que originalmente cumplieron los dioses.”[1]
Lo que está en juego, a propósito de las elecciones del 31 de mayo, es eso: el destino de la manada. Para ello se tiene la renovada oportunidad de designar el líder más indicado, porque se juega en ello la ruta hacia la supervivencia. No podrá ser, entonces, aquel que, por falta de experiencia, pueda conducir su pueble hacia el primer barranco que encuentre en el camino; tampoco aquel que acuda a “cantos de sirena” para embaucar la manada con la promesa de jugosas cacerías para que “todos se llenen la tripa” sin tomarse el cuidado de saber qué sucederá al día siguiente; no deberá ser aquel que hable solo de confrontación y violencia, quizás para satisfacer su orgullo y soberbia personal, porque su liderazgo implicará enormes sacrificios de vidas para la manada. Deberá ser, en contrario, aquel que sea capaz de equilibrar todas las oportunidades y plantear a la manada un camino serio y seguro para su viaje hacia el futuro. Los animales lo hacen y le llamarían supervivencia. Las sociedades humanas deben hacerlo y deben llamarle cambio, desarrollo, prosperidad, convivencia pacífica, bienestar general.
Si la manada quisiera consultar a sus miembros sobre la designación de su líder, bastaría hacer uso de un recurso bien simple: la obediencia, la sumisión. No necesitan de ningún otro recurso, solo se ocupan de que el nuevo líder sea reconocido por todos y cada uno de los miembros con el simple gesto de la sumisión. Siendo así, la manada consigue establecer una estructura, una jerarquía, y adopta roles y funciones que cumple bajo un esquema de cooperación colectiva que garantiza la estabilidad y la supervivencia. Si una Sociedad dada requiere designar un nuevo líder, simplemente acude al concepto de los miembros adultos del colectivo, quedando allí establecida la diferencia radical con respecto a cualquier manada animal. Es un proceso totalmente racional que implica la decisión libre y voluntaria de cada miembro de la sociedad calificado para decidir. A ello se le llama votar. Cada persona un voto, con igual y equivalente valor al de cualquier otro. A ello se le conoce como elecciones libres.
Debería ser éste un mecanismo excepcionalmente seguro para elegir “el mejor”, pero no lo es, y no es así en tanto intervienen factores que privilegian la “voluntad libre” de las personas, algo en lo que no tiene obligación la manada animal, al extremo que el que no está con el líder se tiene que ir, e introduce por otro lado la “regla de Mayorías”, que allana la posibilidad de establecer como “mandato general”, no el consenso único de todos los miembros del colectivo sino la “voluntad de la mayoría”. No es que se trate de una “imperfección”, en el sentido más negativo, sino más bien de una flexibilidad que es propia de la Democracia que le hace aplicable en toda circunstancia de la vida política de cualquier pueblo. No sería otra cosa que el reconocimiento de la “la diferencia de pensamiento” que ha de ser perfectamente tolerada en todo contexto. Pero queda aún en el fondo de la taza la posibilidad de que esa “mayoría” esté equivocada, o actúe de manera obnubilada.
Por consiguiente, no está necesariamente en la “Democracia” propia de las sociedades maduras, como sí en la “Autocracia” propia de la manada, la posibilidad cierta de elegir siempre “el mejor”, el más conveniente, el más indicado. Para ello es necesario hacer acopio de otro criterio que está ligado a la “racionalidad”, aquella que se recibió a manos llenas del Creador, aunque no siempre se use: las personas que se reúnen a escoger su líder “tienen que hacer uso de su capacidad de pensar”. No pueden comportarse como una masa de idiotas que se mueven tras un silbido. No pueden comportarse como una masa informe que se hace víctima de la histeria colectiva.
De dicho modo, mientras que una manada, llegado el momento de elegir, hará uso de “sus sentidos” para determinar a cuál de sus pares acepta como líder, una sociedad madura que se enfrenta a la necesidad de elegir a su líder debe hacerlo por la vía de la concertación inteligente haciendo uso de sus recursos intelectuales para determinar con quién, entre posibles opciones, depositará su voto. A esto le llamamos “votar a consciencia”.
La situación más peligrosa se vivirá cuando los miembros de una sociedad se presentan a “elegir sin pensar”, es decir, movidos apenas por una simple “dinámica de la emocionalidad”. Emocionalidad en favor de determinada idea, de determinado capricho, de determinada utopía, o al menos siguiendo determinada fantasía de algún candidato que puede traducirse en la práctica como “Fanatismo”. Son situaciones en las que se ve con claridad cómo actúa la acción “corruptora” de la propaganda y la responsabilidad que tienen en ella los medios de comunicación, tan proclives a manipular datos y generar tendencias en favor de determinados favoritos en la contienda. Como si se tratara de caballos de carreras que reciben el rótulo de “ganadores” incluso antes de correr. En mejores palabras, son responsables de la “propaganda” en favor de determinadas tendencias “bien vistas” por el sistema, y en contra de otras que se consideran inconvenientes para el establecimiento. Entonces, ¿quién es el que elige en realidad?
Con tales elementos, no queda extraño que esta sociedad, supuestamente madura y racional, se presente un día histérica y enardecida a elegir su líder totalmente desorientada, y acaso desinformada, con respecto al candidato que le conviene, y termine eligiendo al que recibió más propaganda, sin importar si es incompetente, o si farsante, o si inepto, o acaso una verdadera estafa.
A 13 días del momento de la verdad.
[1]“Y los hombres gobernaron los pueblos…” Ensayos en Sociología Política de Arturo Moncaleano Archila MSc. Bogotá D.C. mayo de 2025.

