LO QUE PUDO SER Y NO FUE… O LA OPORTUNIDAD PERDIDA PARA LA IZQUIERDA

De infinidad de formas se puede llegar a la conclusión que los problemas de Colombia se resuelven con buenos gobiernos, no necesariamente con la patente de “derecha”, tampoco con la patente de “izquierda”, solo con la condición que sean buenos, bien dirigidos, bien orientados, pulcros en el más amplio de los sentidos, inteligentes, bien intencionados, plenos de logros y mucho mejor si leales con las expectativas y necesidades que expresa el país en todo momento. Basta con estudiar cuidadosamente lo que el país requiere para que todo aspirante a la Presidencia se tome la molestia de ensamblar propuestas coherentes de gobierno, seriamente estudiadas, sólidamente discutidas y fuertemente soportadas en las capacidades reales que tiene el Estado.  Sería ésta, idealmente, la matriz general sobre la cual el país habría de concentrarse para decidir por quién ha de votar, pero no funcionó así en primera vuelta y tampoco hay perspectiva de que suceda en segunda.

A esta altura de la campaña las personas deberían ser capaces de identificar diferencias evidentes en la forma cómo los candidatos   enfrentarían hoy el desafío del desarrollo del país, si es que llegan a ser presidentes, que es, al final de cuentas, el asunto que más importa para que las gentes comiencen a sentir que las cosas marchan realmente bien. Entonces sí, con esa claridad adquirida, puede ser que a todos les quede más sencillo establecer quién sería mejor opción para todos porque entiende mejor el desafío de sacar adelante el país. Pero no parece ser el caso porque ninguno de ellos habla de eso, y tampoco ha sido esa una materia del debate público que ofrezca evidencia sobre los conocimientos e idoneidad que posee cada uno para gobernar bien el país, así es que no se puede despejar con suficiente claridad lo que significa para Colombia, en este momento político, el que un candidato de “derecha” o uno de “izquierda” lleguen a la Casa de Nariño. Ese vacío de contenido del que adolecen las campañas presentes ilustra cómo es grande la pobreza de conocimiento con la que el pueblo saldrá a sufragar.  Quizá sea por eso mismo que el país termina eligiendo a cualquiera, al que hace más ruido, al que hace más show, pero no necesariamente al más indicado.

En cambio, sí lucen acuciosos en hablar de sí mismos y de cómo se ocuparán de resolver los problemas más inmediatos, como si fuera esa exclusivamente la tarea de gobierno: fortalecer el sistema de salud – enfrentar la crisis fiscal y el déficit – acometer acciones para recuperar la seguridad en los territorios- etc.  A eso se lo puede entender como la tarea administrativa normal que tiene que hacer un presidente y que no admite discusiones dogmáticas, que estará siempre muy distante de ser el todo en la tarea de gobierno.  Perdería relevancia el que el Presidente fuese de “derecha” o de “izquierda”, porque son asuntos que deben estar libres de tendencia política y han de ser resueltos en beneficio de las gentes, todas ellas, con total profundidad. Lo que importa en realidad es que el resultado sea el mejor para todos sin mirar la patente política, aunque sí juega en el contexto la capacidad de gestión del Presidente. ¿Pero cómo tener claridad de ese aspecto si ninguno de los dos tiene experiencia administrativa ni antecedentes en la tarea de gobierno? Sin embargo, este requisito puede llegar a ser irrelevante, y acaso podrá olvidarse, el que el hombre en la Casa de Nariño sea de una u otra tendencia política si es que logra colocarse por encima de toda razón distractora y se concentra en los resultados que necesita el país con urgencia.  De eso se trata un buen gobierno; a ello se refiere ser un buen Presidente.  

No resulta fácil separar del proceso democrático aquellos que llegan movidos por una megalomanía evidente e intoxicados en su propia vanidad y su deseo de poder, porque casi siempre se presentan muy atractivos y convincentes. Son aquellos personajes que logran respaldo masivo con solo mostrarse seguros y decididos, impulsados mediante mensajes disruptivos y provocadores, sin preocuparse demasiado por proponer nada concreto.  Mientras tanto, a su lado, pueden estar aquellos que llegan promovidos por un verdadero ideal social y motivados en un genuino interés de servicio y de cambio. Entre esas dos posiciones de extremos está planteada la contienda electoral de hoy y solo una recibirá licencia popular para ocupar el cargo más alto de la Nación.

El curso de la historia en Colombia ha mostrado una persistente tendencia hacia permitir gobiernos de “derecha” y cerrar la puerta para opciones de “izquierda”. Es más, las opciones de izquierda han sido “satanizadas” sin que exista en realidad una razón de fondo distinta del estigma del comunismo. Se recordará el episodio de 1974, cuando el ex general Rojas Pinilla pretendió aspirar a la Presidencia de la República por el Partido de la ANAPO, con la posibilidad de interrumpir la secuencia sucesional de Conservadores y Liberales establecida en el Frente Nacional, que la acogida del candidato de “izquierda” fue multitudinaria y aparentemente ganadora, pero el resultado final se dio en favor de Misael Pastrana – Conservador-, hecho que no quedó nunca satisfactoriamente aclarado. 

Décadas antes de ese momento, desde el siglo XIX, el Partido Liberal – los liberales, diría mejor – habían venido soportando sobre su espalda el estigma de la exclusión, expresado en los impedimentos y barreras para permitir su acceso legítimo al poder. Apenas comenzando el siglo XX, superada por fin la dolorosa etapa de las guerras civiles, liberales insignes como el General Rafael Uribe Uribe llegaron al Congreso para hacer parte efectiva de la vida política y democrática del país.  Se puede leer sobre este proceso en su libro <<De cómo el liberalismo político colombiano no es pecado>> (1912). Rafael Uribe Uribe (1859-1914), defensor de la educación pública gratuita, la supresión del Concordato con la Iglesia Católica y la reforma agraria, es el primer candidato presidencial asesinado en Colombia.

El debate político colombiano no debería estar entre quién es de “izquierda” o de “derecha”, que no conduce a nada, sino sobre quien hace bien la tarea de establecer un orden equilibrado en lo social, pensando en el desarrollo integral del país y fundado en una aplicación racional de la Ley, para que las personas gocen de condiciones  de vida más equilibradas y justas, con acceso a una educación integral para el trabajo y el buen desempeño en la vida, con acceso a oportunidades laborales para su desarrollo económico, con acceso a la  justicia y los servicios básicos, pero sobre todo con participación política como principal factor de equilibrio social. No tiene mucho sentido establecer esa diferencia polarizante si al final la tarea que está pendiente es una sola y los resultados en favor de las gentes son únicos.  

Si el que termina el próximo mes de agosto hubiera sido un buen gobierno, seguramente que las gentes estarían pensando diferente con relación a un posible gobierno de “izquierda”, quizás de modo más optimista, o acaso con menos aprehensión. Porque lo que vivió el país durante cuatro años fue una burda confusión entre un “progresismo de lo más barato” y un “fracasado socialismo populista”, todo por culpa de la conducción incompetente del Presidente y su ejército de ministros y funcionarios. Nunca hubo claridad de hacia dónde se quería dirigir el gobierno, salvo para satisfacer sus  caprichos y ocurrencias salidas de tono y de época, de donde cabe entender los repetidos fracasos en su gestión frente al Congreso y la falta de resultados en sus “proyectos de reforma” en la salud, las pensiones y la educación; el fracaso en la transición energética y el trabajo de Ecopetrol;  el fracaso de la reforma tributaria y la situación fiscal, apenas para recordar lo importante; y  el fracaso en el terreno de la seguridad en los territorios y el combate contra la delincuencia organizada, acuñado bajo el pomposo  y nada preciso nombre de la “paz total”.  De modo contrario, estableció una exitosa red de “saqueo” de los recursos públicos que tiene hoy bajo llave a dos exministros y varios funcionarios de alto rango. El despilfarro y la corrupción se hicieron marca propia y ello determinó un lancetazo mortal para todo lo bueno que pudo haberse construido bajo la égida del Pacto Histórico. La megalomanía y soberbia del líder dio al traste con su propia creación política.

Una lástima, porque de haber logrado que las cosas marcharan bien, entendiendo de modo correcto la tarea que hubiera podido leer en Aristóteles, o en muchos de los grandes pensadores de la ciencia política, que son de verdad muchísimos, la “izquierda” moderada, aquella que piensa y construye, que generosamente le ha tendido la mano a Gustavo Petro por años, tendría hoy una oportunidad cierta de hacerse cargo de un país que sufre y necesita a gritos de un buen gobierno”.

 

Arturo Moncaleano Archila

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