¿FUERA DE LUGAR?

Imposible sustraerse al momento que vivimos estas semanas, cuando todo el mundo, incluso los no aficionados como yo, está en función del fútbol, el deporte de mayor alcance universal. Además, su relevancia ha sido tal, que prácticamente es la única distracción, el único espectáculo que sienta a la gente alrededor de un equipo en vivo o de una pantalla, y pagan lo que sea por unas boletas, beben lo que sea arengando a sus oncenos, sufren enormemente cuando no logran los resultados ansiados y hacen de lo que anteriormente era un simple juego una canasta enorme de dinero para una federación que pasó a ser más importante que un organismo internacional estilo ONU, OEA, FMI, etc. Ya nadie ambiciona la secretaría de la OTAN. Preferirían ser sucesores de Infantino que de la von der Leyen.

La necesidad del ser humano de distraerse es enorme. Y de ella surge la competencia deportiva variada que captura la atención de media humanidad por unos señores corriendo detrás de una pelota, otros dándose trompadas y patadas como si se quisieran matar, unos más persiguiendo carros como si los fuera a agarrar la policía. Hoy los ojos están en el balón.

Para el fútbol, como para toda competencia, existen reglas que se van renovando en la medida en que urge darle movilidad, brindar mejor show al aficionado hasta convertirlo en fanático y que no pueda nunca apartarse de una gradería o de un televisor alrededor de los cuales se mueve el mundo de la publicidad y las promociones de cuanto banco, celular o aerolínea poderosa existe.

Muy especial regla es la referida al fuera de lugar, uno de los momentos más dramáticos de un juego, pues como consecuencia de él se puede producir una definición de un partido.

Es aquella ubicación de un jugador cuya cercanía al arco del equipo contrario le puede brindar una ventaja para anotar un gol. Se trata de que medien al menos dos jugadores del otro onceno entre él y la portería. Se ha logrado toda una sofisticación con la tecnología aplicada a esta norma. Las cámaras y filmaciones pueden dar la distancia en centímetros del pie, de la rodilla o de la pierna (los brazos y manos no cuentan) de los participantes en la jugada y el juez, cuando no es evidente, incluso ahora en cualquier instante puede optar por “consultar” el VAR, ese mago que muestra las ubicaciones y ayuda a determinar si el movimiento fue o no ilegal y las consecuencias que tiene la decisión para anular o validar un gol.

Soy poco aficionado a ver partidos distintos a aquellos en los que juega mi paisano Lucho Díaz, pero cada vez me sorprendo más al observar semejante ridiculez del fuera de lugar. ¿Cuál puede ser la ventaja que tiene un jugador para marcar un gol si su rodilla sobrepasaba a la del defensa en dos centímetros? ¿Eso lo hace tener una posición privilegiada? ¿Puede catalogarse como un infractor a tal contendiente? ¿Un abusador? Me queda difícil darle la razón a semejante grito de la irracionalidad. Bastaría, para mi profano sentido del equilibrio del juego, el que tuviera siquiera dos cuerpos por delante del defensa y que no fuera consecuencia de un descuido en atender el bloqueo en la habilidad del delantero. O, más liberal aún, que desapareciera esa norma para que la marcación fuera más directa, persona a persona. Si alguien quiere quedarse ubicado estratégicamente buscando la oportunidad, jalona necesariamente a un marcador que lo cuide. Desde cuando los Países Bajos inventaron el fútbol total, ese en el que todos suben y todos bajan, ya no hay solo delanteros y solo defensas sino un cuerpo con mayor desplazamiento por toda la cancha. Y eso no va con los oportunistas, pues le resta un jugador para defender, para acompañar a su equipo en momentos de avance del contrario.

Quedar en fuera de lugar tiene también otras versiones, además de la discutida anteriormente. La política, una de ellas, importante dado que en Colombia tenemos simultaneidad de los dos espectáculos cada cuatro años. No con tanto apoyo tecnológico como con un VAR, sí pone a jugadores en el lugar equivocado, recordando una buena vieja publicidad. Sucede cuando se participa en la contienda y por razones de resultados adversos quedamos fuera de juego.

EL fuera de lugar aplica tanto para los aspirantes como para los electores. Abelardo y Cepeda quedaron en el cuadrilátero, matándose a golpes publicitarios, a punta de amenazas, unas bastante más agresivas y pugnaces que las otras, y tratando de que los árbitros – las autoridades de control – dejen dar puños presupuestales que terminen de facilitar el mal uso del poder. Esto tampoco es nuevo, ni exclusivo del petrismo, pues muchas veces, tanto nacional como territorialmente, se abusa del control del poder para influir en resultados electorales.

De los perdedores, la mayoría persistirá en la política, pues la han tenido como vocación. Unos apoyan a algunos de los finalistas por razones de estrategia. Otros por convicciones profundas, lo cual es muy escaso en la política.

De los electores, varios millones quedamos fuera de lugar, ya que votamos por candidatos derrotados. Y hay varios argumentos para tomar decisión de apoyo a alguno de los dos escogidos, que surgen de la capacidad de dirigir bien el país, de cambiar lo actual para mejorar o empeorar, tema ya tratado.

Estar fuera de lugar en política no es eterno, como en el fútbol. Es solo un momento. El juego sigue, la vida da vueltas y Colombia ha aguantado lo indecible, ha mejorado, ha retrocedido, ha avanzado y seguirá luego de estas elecciones del domingo en un nuevo mar, con vientos en popa y tempestades, con brisas y calafates, con escoradas y agua hasta los imbornales. Es nuestro país y lo queremos mucho.

 

Nelson Rodolfo Amaya

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