El río Guatapurí no pregunta por el apellido de quien se acerca a sus orillas. No revisa la ropa, no exige documentos, no distingue entre el poderoso y el desamparado. Su agua toca por igual los pies del turista, del vendedor ambulante, del niño que juega, de la familia que busca un poco de sombra y de aquel ser humano a quien la vida dejó caminando entre la pobreza, la dependencia o el abandono.
Esa ha sido siempre una de las virtudes del río: su profunda vocación democrática.
Por eso resultan dolorosas las palabras pronunciadas por un concejal durante la socialización del proyecto de intervención del Guatapurí. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la iniciativa. Es legítimo discutir si la intervención protege el balneario, recupera el espacio público, afecta a determinadas comunidades o responde verdaderamente a las necesidades ambientales de Valledupar. Ese debate debe darse con argumentos, estudios, cifras y respeto.
Lo que no puede aceptarse es que una discusión sobre el futuro del río termine convertida en una forma de desprecio hacia quienes lo frecuentan.
Decir que al Guatapurí “solamente van los chirretes” no es una observación urbana ni una descripción sociológica. Es una expresión cargada de repugnancia, de resonancia escatológica, exclusión y superioridad. La palabra misma suena a suciedad, a desecho, a algo que debe apartarse para que no incomode. Sea cual sea su origen, en el habla cotidiana se utiliza para despojar a una persona de su dignidad y reducirla a su apariencia, a su pobreza o a sus dificultades.
Las palabras nunca son inocentes, mucho menos cuando provienen de alguien elegido para representar a la ciudadanía. Desde una curul no se habla únicamente a título personal. Allí también habla la institución, el poder público y una ciudad que debe reconocerse incluso en sus habitantes más vulnerables.
Detrás de cada persona despectivamente llamada “chirrete” hay una historia que desconocemos. Puede haber una familia rota, una enfermedad sin tratamiento, una adicción, una infancia marcada por la violencia, una noche sin techo o una sucesión de puertas cerradas. Nada de eso disminuye su condición humana. La pobreza no convierte a nadie en basura. El abandono no borra la dignidad. La apariencia no cancela los derechos.
Quien ejerce una función pública debería comprender que gobernar no consiste en limpiar la ciudad de quienes resultan incómodos a la mirada, sino en construir respuestas para que nadie tenga que vivir sometido a la exclusión. La tarea del Estado no es esconder al vulnerable detrás de un muro, desplazarlo hacia otra calle o expulsarlo de la orilla del río. Su deber es reconocerlo, atenderlo y devolverle oportunidades.
También convendría recordar que el Guatapurí no es propiedad exclusiva de un sector social. No pertenece únicamente a quienes llegan en vehículos, consumen en los establecimientos cercanos o pueden exhibir una vida ordenada ante los demás. El río forma parte de la memoria colectiva de Valledupar. Sus piedras, sus árboles y sus aguas han recibido durante décadas a personas de todas las condiciones.
Naturalmente, el espacio público debe protegerse. Las autoridades tienen la obligación de garantizar seguridad, salubridad, convivencia y conservación ambiental. Pero ninguna de esas responsabilidades exige humillar a nadie. El orden no necesita insultos. La autoridad no debe alimentarse del desprecio. Y la recuperación de un lugar jamás puede comenzar por degradar a los seres humanos que lo habitan o lo visitan.
Quizás lo más preocupante de aquella frase no sea únicamente lo que dice sobre unas personas, sino lo que revela de la mirada de quien la pronuncia. Cuando comenzamos a nombrar al otro como una cosa desagradable, estamos a un paso de considerar que sus derechos también valen menos. Y una sociedad que clasifica la dignidad de sus habitantes termina perdiendo la suya.
El Guatapurí necesita protección, cuidado e inversiones responsables. Pero Valledupar también necesita cuidar su lenguaje, porque las palabras pueden contaminar tanto como las basuras arrojadas al agua.
El río no pregunta quién eres antes de ofrecerte su frescura. Tal vez quienes hablan en nombre de la ciudad deberían aprender de él.
José Jorge Molina Morales

