El nombre es una de las marcas que nos acompañan para siempre, no solo en la vida sino incluso en la lápida. La escogencia es toda una tarea familiar. La abuela insiste en que sea María, porque eso implica la vinculación con la castidad y la pureza, mientras que el abuelo busca convencer que sea su nombre, la mejor manera de decirle al mundo que ha sido tan importante su legado que incluso trasciende su existencia. Cuál es su santo, preguntaban antaño, dado que una fuente normal para escoger era la coincidencia del día de nacimiento con la insigne historia de las almas encumbradas del catolicismo. Más de una noche ha pasado el cónyuge en el sofá, luego de proponer algún nombre que no haya sido del agrado de la pareja, sobre todo cuando quiere con ello recordar a alguno de sus amores pasados.
Llega finalmente la definición y la balanza se inclina por lo que simboliza el apelativo, lo que pretenden sus padres que sea el heredero del apellido. Alejandro y Julio César implican las aspiraciones de que dirija el mundo. Jesús, Pedro o alguno de los profetas, si la inclinación del entorno familiar está hacia lo religioso. Claro que si nos mudamos de religión al Islam, alguno de los 99 nombres del profeta genera la apelación del muchacho y pocos, pero hermosos, para las muchachas. Basta con pararse en una esquina en El Cairo y gritar: ¡Muhamad! para que casi toda la concurrencia voltee a mirar. Y si vamos un poco más allá, gracias al buen sentido del sabio Buda, la mayoría de los nombres giran alrededor de conceptos filosóficos, más que de personas.
En El Carmen de Bolívar fue bautizado un niño con el nombre de la estrella del equipo noruego de fútbol en el pasado mundial, Erlin Haaland. Su apellido, Estrada Arrieta. Sobra decir que su padre se descamisa en cada partido y guarda en su corazón un fanatismo gigantesco. Ya había sido bautizado en Santa Marta un grande de ese deporte con la simpática combinación de la ópera y el balompié, don Radamel Falcao García, glorioso goleador. Y está en camino hacia la pila bautismal Odiseo Ulises Rodríguez, para adaptarnos a la última versión del hermoso poema de Homero, hecho trizas por Christopher Nolan.
Felicito al padre de este muchacho de Los Montes de María. Su decisión se aparta de lo común y tiene el mismo nivel aspiracional de aquellos que bautizan a los suyos con el de consabidas leyendas de la historia. Y me alegra que no haya sido el de ningún patán argentino.
Algunos nombres implican un reto a la historia, por cuanto terminan por recordar a personajes nefastos y que han ido en contravía de la buena leyenda. Nadie se llama Bruto, asesino de Julio César, y, salvo en Hungría y Turquía, el nombre Atila no tiene recibo ninguno en este lado del mundo, aun cuando conozco a Hitler Rousseau Chaverra, simpático abogado, dueño de una sorprendente y dicotómica conjunción de nombres.
Me queda la inquietud de si surgirán Gustavo Francisco y Abelardo Gabriel como parte del listado registrado en adelante frente al notario respectivo o el párroco de la población.
Así como el hábito no hace al monje, tampoco el nombre determina la conducta de su dueño. Lo mismo sucede con la política, inevitable manera de aterrizar toda esta charla. Sin embargo, debe guardarse una sindéresis para que no se preste a confusión del ciudadano la vinculación de la ideología con la denominación del Partido.
Partido, referido a la política, se refiere a una división de entre los miembros de un Estado a partir de las convicciones que se tienen de cómo conducirlo para el mejor estar de todos los que se agrupan bajo el régimen. En el pasado, eran una amenaza para la solidez unificada en una sola cabeza, por lo que cada surgimiento de un grupo como el descrito se trataba como secta, como signo de rebeldía y atentatorio de la estabilidad del poder.
Sólo a partir del derecho al voto, esencial para que haya democracia, se deriva la existencia de un partido político, dado que es la manera como se contabilizan las preferencias y se define la voluntad popular. El bipartidismo fue, y aún es en algunas democracias históricas, la norma, ya que es más fácil escoger entre dos, a partir de diferenciar las ideas y las propuestas.
Luego aparecieron otras formas de “partirse”. Algunas van por variaciones de los extremos, otras con connotaciones regionales, hasta por religiones, y unas nuevas a base del surgimiento de criterios para el desarrollo, más que por la visión democrática en sí. Partidos verdes, para destacar la mayor vinculación con el calentamiento global, nacionalistas e independentistas, cuando en España se radicalizan por sus naciones, etc.
Ni modo de evitar referirnos a la izquierda y a la derecha. Para la derecha, somos un árbol que se afinca a sus raíces y renueva su ramaje cada temporada, con la ayuda de los vientos de la modernidad y con la firmeza de haberse desarrollado desde el suelo y en su historia.
Para la izquierda, somos un árbol torcido por las injusticias sociales y cuyas raíces están contaminadas por las diferencias de clases, que deben arrancarse para, a lo Dvořák, hacer de dicho cambio una sinfonía del nuevo mundo.
Y en esas llevamos un buen tiempo, podando países y arrancando naciones de sus apoyos en tierra.
La argumentación descalificadora, como nos recuerda Bobbio, es la mayor que se esgrime para favorecer uno u otro partido de derecha o de izquierda. La igualdad basada en la libertad de emprender o la igualdad basada en la redistribución de lo que se produce es en mi sentir la diferencia.
En tiempos recientes, la derecha parecía acorralada por los argumentos de la izquierda, sobre todo en Latinoamérica, dado que brillamos por las disparidades sociales. Los resultados podrían haber sido mejores y las gentes voltearon a mirar hacia una izquierda prometedora de bondadosas actuaciones solidarias. Hasta cuando gobernaron.
Es ahora la hora de la derecha. La hora de ampliar la prevalencia de la productividad con eficacia, de buscar el crecimiento con un Estado acompañante del empresario y no fortalecido a base de su deterioro. La convicción de que el mejor Estado es el que apoya la iniciativa privada para reservar sus actuaciones hacia la seguridad, la paz verdadera y alcanzable, la defensa de las agresiones externas y la validación del orgullo nacional como presupuesto de la subsistencia institucional.
El resto es paja. Reza mi necesario coloquialismo.
Y, a propósito de nombres, supongo muchos Álvaros en memoria del líder del Centro Democrático -¿de derecha? -.
Nelson Rodolfo Amaya

