EL CONTRAPESO DEL PODER ENTRE LAS FUERZAS POLÍTICAS MÁS IMPORTANTES DEL PAÍS

Una vez más mas queda demostrado que, el fin justifica los medios, al observar el pugilato en el tinglado nacional por el contrapeso del poder entre las fuerzas políticas más importantes del país. En un país polarizado y partido por la mitad, donde unos le apostaron al progresismo y otros a la seguridad y al orden, y pasó lo que nunca pensamos que pasaría y lo que sorprendió a muchos colombianos. Las vueltas que da la vida, cuando los guajiros esperábamos que un hijo de las entrañas de esta tierra se alzaría con la presidencia del senado de la república, en un planteamiento estratégico para derrotar, no a un senador guajiro, quien se perfilaba como seguro ganador, sino al presidente electo Abelardo de la Espriella, se agruparon las fuerzas diametralmente opuestas y le arrebataron a La Guajira este 20 de julio la presidencia del senado en cabeza de uno de sus hijos predilectos, Alfredo Deluque.

Hoy se observa en el concierto nacional que las apuestas por el poder político es una confrontación de intereses donde no hay barreras ni fronteras infranqueables que detengan el contrapeso del rival porque el poder es para poder. La unión de enemigos acérrimos para obtener un éxito superior nos deja una gran lección, porque lo que parecía irreconciliable, coyunturalmente se dio, y por un instante, se quitaron los guantes los petristas y los uribistas y festejaron una derrota del presidente electo, sin importarles quien gana, sino quien pierde, que es lo que cuenta para ellos. En la vida política no hay enemigos, dicen algunos, sólo hay intereses. Pero quien realmente perdió fue La Guajira, Los Guajiros nos quedamos con los crespos hechos, se nos escurrió la Presidencia del Senado como agua entre las manos en un momento de efervescencia y calor que consideramos de importancia estratégica para el desarrollo social y económico de La Guajira.

En el panorama nacional se observa desde regiones como La Guajira, que se avecina un escenario político muy difícil y hostil con debates muy fuertes entre el gobierno nacional y la oposición. Nadie quiere dar tregua entre los que salen y los que entran. Cada quien se prepara desde su orilla para defenderse a capa y espada y no dejarse imponer las tesis ideológicas de sus contradictores. Se avizora una lucha por el poder como para alquilar balcones. Unos como centinelas guardianes de las reformas que en su perspectiva necesita el país, y otros, con una visión moderna de la seguridad democrática y el desarrollo nacional. Esto apenas comienza, trinos van y vienen, y lo mejor de todo, es que nadie está dispuesto a ceder, en una guerra política sin cuartel, en donde todos creen tener el país en la cabeza y sus soluciones estructurales para desarrollarlo.

Lo cierto es, que Colombia ve con firme esperanza por la patria que en este gobierno que inicia este 7 de agosto, haya un cambio real en la forma de hacer política y de gobernar a la nación, porque el presidente electo se considera un hombre que no es políticamente correcto. El país, hace cuatros años le apostó a un cambio, y este año nuevamente, le volvió a apostar a un cambio de modelo en el sistema democrático y en la gobernanza de la nación. Colombia está harta ya, de la política del odio, de la polarización, de la confrontación, de la inseguridad, la corrupción y el narcoterrorismo. El país sueña con la paz y quiere vivir en paz y que se conjure para siempre la violencia y las muertes violentas, y que vuelva a dársele el verdadero valor a la vida y a la dignidad humana.

Atrás deben quedar esos modelos anacrónicos y ortodoxos de desarrollo al que quieren hacerle marketing en el país para combatir la pobreza y el hambre sin alternativas reales de soberanía territorial, productiva y laboral, que le dé seguridad jurídica y de vida a la ciudadanía por parte del estado. Necesitamos territorios seguros para que los colombianos podamos disfrutar mejor de las políticas públicas de bienestar social y de la obra de nuestras manos y nuestros talentos. Pero esos discursos polarizados y de odio no hacen sino sembrar en la mente y los corazones populares, más odio y más rencor, como un adoctrinamiento y odio de clases, que siguen partiendo en dos y en más pedazos, la tostada nacional. A Colombia hay que reiniciarla con su propósito de país y su modelo de desarrollo nacional.

  

Rafael Humberto Frías

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