El próximo 28 de julio se cumplirán nueve años desde que mi padre, Víctor Mendoza, partió a la casa del Señor. Dicen que el tiempo todo lo cura, pero hay ausencias que el tiempo no consigue tocar. La suya no solo sigue doliendo, sigue inspirando.
Quienes tuvimos el privilegio de compartir la vida con él sabemos que su mayor legado no fueron las palabras que pronunció, sino la manera en que decidió vivir. Por eso, aunque los años hayan pasado, sigue siendo imposible hablar de él sin que aparezca una sonrisa, una anécdota o una emoción que nos recuerde cuánto bien hizo mientras estuvo entre nosotros.
No fue un hombre perfecto, fue algo mucho más valioso: un hombre bueno. De esos que hacen del respeto una costumbre, de la honestidad una forma de caminar y de la familia el centro de todo. Bastaba conocerlo unos minutos para descubrir la nobleza que llevaba por dentro.
Para muchos fue el profesor Víctor Mendoza Medina. Para nosotros siempre será Papá Mendo.
Era un hombre de carácter firme, pero de corazón inmenso. Exigente cuando debía serlo y comprensivo cuando alguien necesitaba una oportunidad. Alegre, jocoso, respetuoso y dueño de una sencillez que hacía sentir bien a cualquiera. Su mayor autoridad nunca estuvo en levantar la voz, sino en el ejemplo.
La educación fue la misión que Dios puso en sus manos. La Institución Educativa Paulo VI fue su segundo hogar y allí dedicó gran parte de su vida a formar generaciones de estudiantes. Enseñó que el conocimiento abre puertas, pero que son los valores los que permiten cruzarlas con dignidad. Por eso, tantos años después, sus alumnos todavía lo recuerdan con el cariño reservado para los verdaderos maestros.
Pero si hubo un lugar donde realmente dejó su huella fue en la familia.
Amó profundamente a mi madre, Fanny Zárate. Su amor nunca necesitó exhibirse porque se demostraba en los pequeños gestos de cada día. Construyeron un hogar lleno de respeto y valores. Hoy me gusta pensar que Dios les permitió volver a encontrarse para seguir caminando juntos.
Fue también un hijo excepcional. Mi abuela Adelina Medina era su adoración. La honró, la cuidó y la amó con una devoción que pocas veces he visto. Ese mismo cariño lo extendía a sus hermanos, a sus sobrinos, a sus nietos y a toda la familia. Papá Mendo tenía un don especial: unir. Era el que llamaba para reunirnos, el que conciliaba las diferencias y el que nos recordaba que la familia siempre debía permanecer unida.
Y si había un lugar que ocupaba un rincón privilegiado en su corazón, ese era Carretalito. Allí estaban sus recuerdos de infancia, sus afectos más profundos y buena parte de su historia. Barrancas era su orgullo y Carretalito su refugio del alma. Cada vez que hablaba de su tierra lo hacía con el brillo de quien nunca olvidó sus orígenes y entendía que el verdadero crecimiento consiste en avanzar sin desprenderse de las raíces.
Hay una frase que siempre asociaré con él: los hechos pesan más que las palabras. Hoy entiendo por qué. Nunca tuvo que decir que era un buen esposo, porque todos vieron cómo amó a mi madre. Nunca tuvo que decir que era un buen hijo, porque su entrega a mi abuela hablaba por él. Nunca tuvo que repetir que era un buen padre, porque sus hijos crecimos mirando su ejemplo. Nunca necesitó proclamarse un buen maestro, porque sus estudiantes todavía lo llevan en la memoria.
El próximo lunes se cumplirán nueve años de su partida. Lo seguimos extrañando todos los días, pero quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos que hay personas que nunca se marchan del todo. Permanecen en los valores que sembraron, en la familia que mantuvieron unida, en los estudiantes que formaron y en la tierra que jamás dejaron de amar.
Cuando alguien pronuncia el nombre de Víctor Mendoza, no solo recuerda a un profesor. Recuerda a un esposo ejemplar, a un hijo incomparable, a un padre admirable, a un hermano leal, a un amigo sincero y a un hombre de Dios que hizo del ejemplo su mejor enseñanza. Ese fue mi padre.
Ese será, para siempre, el legado de nuestro Papá Mendo.
Víctor Mendoza Zarate

