Hay nombramientos que se anuncian en un comunicado y hay nombramientos que, por lo que significan, merecen ser celebrados como una declaración de confianza en el futuro. La llegada de María Isabel Campo Cuello a la gerencia de Fontur Colombia pertenece a estos últimos. No es solamente la designación de una nueva funcionaria al frente de una entidad estratégica para el país: es la puesta de una mirada, de una sensibilidad y de una manera de entender el servicio público en un lugar donde Colombia necesita resultados, imaginación y compromiso.
Y detrás de la mujer que hoy asume este desafío está también una familia que ha sido raíz, refugio y fuerza. Ninguna trayectoria se construye completamente en soledad. En los momentos decisivos, cuando llegan las responsabilidades y el país pone sus ojos sobre una persona, están también los afectos que la han acompañado, las conversaciones que le han dado perspectiva, los sacrificios compartidos y la confianza de quienes conocen su corazón más allá del cargo. La familia de María Isabel representa ese territorio íntimo donde se cultivan los valores que luego se convierten en servicio: la solidaridad, la lealtad, la sensibilidad y la entereza.
Resaltar a María Isabel es reconocer también la importancia de su familia, no como un adorno de su historia, sino como parte de la fuerza que la sostiene. Una mujer puede presentarse ante Colombia con firmeza porque sabe que hay vínculos que le recuerdan quién es, de dónde viene y para qué trabaja. En una época en la que los cargos suelen ocuparlo todo, conservar ese sentido de pertenencia familiar es una virtud extraordinaria. La familia le permite mantener los pies en la tierra, celebrar sin vanidad, resistir las dificultades y recordar que toda conquista profesional tiene un significado más profundo cuando puede compartirse con quienes han estado cerca en el camino.
María Isabel llega a Fontur con una tarea de enorme trascendencia: fortalecer el emprendimiento, la innovación y el desarrollo turístico de Colombia. Son palabras que no pueden quedarse en el lenguaje solemne de las instituciones. Detrás de cada una de ellas hay familias que esperan una oportunidad, jóvenes que buscan un camino, comunidades que quieren mostrar su identidad, empresarios que necesitan apoyo y territorios enteros que aspiran a dejar de ser vistos como periferia para convertirse en protagonistas de su propio desarrollo.
Asumir esa responsabilidad exige mucho más que ocupar un cargo. Exige preparación, criterio, capacidad de trabajo y una comprensión profunda de la diversidad colombiana. Exige saber que el turismo no consiste únicamente en atraer visitantes, sino en dignificar territorios, proteger patrimonios, abrir mercados, generar empleo y hacer que la riqueza cultural y natural se convierta en bienestar para quienes habitan cada región. Esa es la dimensión verdadera del desafío que ahora tiene María Isabel frente a sí.
Su principal virtud, sin duda, es la capacidad de mirar las grandes metas sin perder de vista a las personas concretas. En un país tan diverso como Colombia, hablar de turismo es hablar de los pescadores del Caribe, de las mujeres que sostienen emprendimientos familiares, de los jóvenes que encuentran en la cultura una alternativa de vida, de los artesanos, de los guías, de los pequeños hoteles, de las cocineras tradicionales y de quienes conservan, muchas veces con escasos recursos, la memoria de sus pueblos. Una gestión con sentido debe escuchar esas voces y convertirlas en decisiones. Allí está una de las grandes cualidades que se esperan de María Isabel: su capacidad de comprender que toda política pública solo tiene sentido cuando toca positivamente la vida de la gente.
También llega con una virtud que no siempre abunda en la vida pública: la seriedad. La seriedad no es rigidez ni distancia. Es responsabilidad frente a la confianza recibida; es estudiar los problemas antes de ofrecer soluciones; es trabajar con método; es cumplir la palabra; es entender que cada recurso público representa el esfuerzo de millones de colombianos. Esa forma de asumir las responsabilidades permite esperar de su gestión una administración cuidadosa, transparente y orientada a resultados.
A esa seriedad se suma una mirada innovadora. Colombia no puede seguir ofreciendo su riqueza turística con las mismas fórmulas de siempre. El mundo cambió y los viajeros también. Hoy buscan experiencias auténticas, sostenibles y humanas; quieren conocer las historias detrás de los destinos, probar los sabores de las regiones, caminar sus paisajes y encontrarse con comunidades que no sean decorado, sino protagonistas. La innovación, en este contexto, no es una palabra de moda: es la capacidad de encontrar nuevas respuestas a viejos desafíos y de usar la tecnología, la creatividad y la cooperación para que más colombianos participen de las oportunidades que genera el turismo.
Pero innovar no significa borrar lo que somos. Por el contrario, significa reconocer el valor de nuestra identidad y presentarla al mundo con inteligencia y orgullo. El turismo colombiano tiene una fuerza extraordinaria porque está hecho de contrastes: ríos y mares, montañas y sabanas, ciudades vibrantes y pueblos detenidos en la memoria, música, cocina, naturaleza, patrimonio y una manera cálida de recibir. Una mujer preparada para conducir Fontur debe saber que la promoción turística no puede separarse de la protección de aquello que hace único a cada territorio. El desarrollo que destruye su propia esencia termina siendo un fracaso.
Por eso el emprendimiento ocupa un lugar central en el reto de María Isabel. No basta con invitar a los colombianos a emprender; hay que acompañarlos para que sus ideas se conviertan en proyectos sostenibles. Un emprendimiento turístico necesita formación, financiación, asistencia técnica, acceso a mercados y conexiones reales con las cadenas de valor. Necesita que las instituciones no aparezcan únicamente en la fotografía del lanzamiento, sino que permanezcan cuando llegan las dificultades. Fortalecer el emprendimiento es ayudar a que una buena idea sobreviva, crezca y genere oportunidades para otros.
En esta tarea serán fundamentales su capacidad de diálogo y su disposición para construir alianzas. Ninguna entidad, por importante que sea, puede transformar sola un país. El turismo se construye entre el Estado, las comunidades, los empresarios, las autoridades locales, la academia y las organizaciones sociales. Se construye escuchando al territorio y articulando esfuerzos. Se construye entendiendo que Bogotá no puede diseñar todos los sueños de Colombia y que cada región tiene conocimientos que deben ser reconocidos. La verdadera autoridad no es la que impone, sino la que convoca, coordina y hace posible que otros también aporten.
María Isabel tiene ahora la oportunidad de imprimirle a Fontur un sello de cercanía, eficiencia y visión de país. Que cada proyecto tenga un propósito claro. Que cada inversión pueda medirse en empleo, ingresos, formación, infraestructura, conservación y calidad de vida. Que los destinos emergentes reciban una oportunidad justa. Que el turismo de naturaleza sea compatible con la protección ambiental. Que la cultura no sea explotada, sino respetada. Que las mujeres y los jóvenes encuentren espacios reales de liderazgo. Que las comunidades sientan que el visitante llega para compartir, no para despojarlas de su identidad.
La preparación para una responsabilidad como esta no se demuestra únicamente con diplomas o cargos anteriores. Se demuestra en la capacidad de aprender, de rodearse bien, de tomar decisiones difíciles y de sostener un rumbo cuando aparecen las presiones. Se demuestra en la disciplina cotidiana, en la honestidad intelectual y en la humildad para reconocer lo que todavía debe mejorarse. También se demuestra en la sensibilidad para entender que detrás de una cifra hay una historia humana y que detrás de un destino turístico hay una comunidad que merece respeto.
En María Isabel se celebra, entonces, mucho más que un nombramiento. Se celebra la posibilidad de que una mujer con virtudes, preparación, carácter y vocación de servicio contribuya a una conversación urgente sobre el futuro de Colombia. Un futuro en el que crecer no sea privilegio de unos cuantos territorios, en el que la innovación no sea exclusiva de las grandes ciudades y en el que el turismo sirva para acercarnos, reconocernos y vivir mejor.
Desde el afecto y la admiración, pero también desde la confianza en sus capacidades, es justo desearle el mayor de los éxitos. El país necesita servidores públicos que comprendan que el poder no es un premio, sino una responsabilidad; que un cargo no es una vitrina, sino una herramienta; y que gobernar, dirigir o administrar consiste, en última instancia, en abrir caminos para que otros puedan avanzar.
María Isabel Campo Cuello llega a Fontur Colombia con una misión ambiciosa y noble. Tiene ante sí un país lleno de posibilidades y una ciudadanía que espera hechos. Que su gestión sea una puerta abierta para el talento colombiano, una plataforma para los emprendedores, un impulso para la innovación y una defensa activa de la riqueza que nos pertenece a todos. Que cada paso suyo confirme que el turismo puede ser una fuerza de transformación, dignidad y esperanza.
Colombia necesita creer en sí misma. Y necesita mujeres como María Isabel, capaces de convertir la confianza en trabajo, la preparación en resultados y la sensibilidad en bienestar. El desafío es grande. También lo es su capacidad para asumirlo.
Abel Enrique Sinning Castañeda

