HUBO UN TIEMPO EN QUE PARA VIGILAR A MUCHOS BASTABA UNA TORRE

A finales del siglo XVIII, el filósofo inglés Jeremy Bentham imaginó una construcción circular que llamó panóptico. En el centro estaría el vigilante; alrededor, las celdas. Desde aquella torre podía observarse a todos, pero ninguno de los observados podía saber con certeza cuándo estaba siendo mirado.

Allí estaba la genialidad —y también la inquietud— de la idea.

No era necesario vigilar todo el tiempo. Bastaba con que cada persona sintiera que podía estar siendo vigilada.

Muchos años después, Michel Foucault encontró en aquella arquitectura algo mucho más profundo que el diseño de una prisión. Vio una metáfora del poder moderno: la mirada capaz de disciplinar incluso cuando el vigilante no está presente. El hombre termina comportándose como si siempre hubiera unos ojos sobre él.

Bentham necesitó una torre.

Nosotros llenamos las ciudades de ellas.

Solo que ya no tienen paredes, escaleras ni guardianes asomados a una ventana.

Están en los semáforos, en los bancos, en los edificios, en los supermercados, en los aeropuertos, en las estaciones de servicio, en los parqueaderos, en las porterías y en las esquinas. Algunas reconocen placas. Otras conservan rostros. Muchas simplemente graban, silenciosas, mientras la vida pasa delante de sus lentes.

Salimos de casa y comienza una especie de película involuntaria de nuestro día.

Una cámara registra cuando abandonamos el edificio. Otra cuando cruzamos una avenida. Una más cuando entramos al banco. Otra cuando estacionamos el carro. Horas después, quizá alguna nos verá regresar.

No conocemos al camarógrafo porque no existe.

La ciudad misma se convirtió en cámara.

Y, sin embargo, sería demasiado fácil escribir contra ellas.

Las cámaras también han sido testigos cuando los hombres callan. Han permitido reconstruir accidentes, identificar responsables de homicidios, seguir el recorrido de un delincuente, encontrar vehículos, esclarecer robos y descubrir la última imagen de una persona desaparecida.

Cuántas veces, después de un crimen, alguien pregunta: “¿Habrá alguna cámara por ahí?”.

En esa pregunta está resumida nuestra relación contradictoria con la vigilancia.

Nos inquieta saber que nos observan, pero cuando ocurre una tragedia queremos desesperadamente que alguien haya estado mirando.

Ese es uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo.

La cámara puede proteger y puede invadir. Puede ser testigo y también instrumento de control. El problema quizá nunca estuvo en el ojo, sino en quién guarda la imagen, para qué la utiliza y hasta dónde puede seguirnos.

Porque el panóptico contemporáneo ya no termina en la calle.

También llevamos uno en el bolsillo.

El teléfono sabe dónde estuvimos, qué buscamos, qué restaurante consultamos, qué canción escuchamos y cuánto tiempo permanecimos frente a una pantalla. Dejamos rastros con una facilidad que Bentham jamás habría podido imaginar.

Antes había que encerrar al hombre dentro del panóptico.

Ahora el hombre camina libremente llevando parte del panóptico consigo.

Lo curioso es que casi hemos dejado de advertirlo.

Pasamos debajo de una cámara sin levantar la cabeza. Entregamos una huella para entrar a un lugar. Acercamos el rostro a una pantalla para desbloquear el teléfono. Permitimos que una aplicación conozca nuestra ubicación y seguimos caminando.

La vigilancia se volvió paisaje.

Quizá por eso el panóptico de nuestro tiempo es más perfecto que aquel edificio imaginado hace más de dos siglos.

Bentham puso al vigilante en una torre y a los observados alrededor.

Nosotros derribamos la torre, multiplicamos los ojos y los repartimos por el mundo.

Ya no sabemos exactamente quién mira.

Tampoco sabemos cuándo.

Y quizá lo más extraordinario sea esto: hemos aprendido a vivir como si nadie estuviera mirando, precisamente en la época en que más nos miran.

 

José Jorge Molina Morales

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *