Hay momentos en los que un país deja de preguntarse qué nos divide y empieza a recordar qué nos une. El terremoto del pasado 10 de agosto fue uno de esos momentos. Colombia se estremeció desde el Chocó hasta el Eje Cafetero, desde el Valle del Cauca hasta otras regiones que sintieron la fuerza de un sismo de 7,4 grados.
Pereira, Cali, Quibdó, Buenaventura y municipios de Risaralda, Valle, Quindío y Caldas quedaron marcados por una tragedia que todavía no termina. Al 20 de agosto, el Gobierno reportaba 319 fallecidos, 4.506 heridos y 260 desaparecidos. Más de 163.000 viviendas resultaron averiadas y otras 31.461 quedaron destruidas. La tragedia alcanzó a 471 municipios de 15 departamentos y dejó a más de 262.000 personas afectadas.
Pero hay otra cifra que también merece ser contada: la de los colombianos que decidieron ayudar. Mientras unos buscaban a sus familiares entre los escombros, otros abrían las puertas de sus casas, llenaban cajas, compraban alimentos, donaban ropa, medicamentos o simplemente llegaban a un centro de acopio preguntando qué hacía falta.
El dolor de Pereira también dolió en Bogotá. El miedo de Cali también se sintió en Medellín. La angustia del Chocó también llegó a los hogares de miles de colombianos.
Y Bogotá se puso la 10.
La capital recaudó y envió más de 2.300 toneladas de ayuda humanitaria hacia los territorios afectados, movilizadas en más de 175 vehículos. No fueron solamente alimentos, kits de aseo o elementos para dormir. Fueron toneladas de solidaridad. Toneladas de colombianos diciéndoles a otros colombianos que no están solos.
Hay que reconocer al alcalde Carlos Fernando Galán y a la Alcaldía de Bogotá en su conjunto. Bogotá pudo haberse limitado a expresar solidaridad desde un comunicado, pero hizo mucho más, organizó centros de acopio, movilizó recursos y puso sus capacidades al servicio de una emergencia que ocurría a cientos de kilómetros.
En ese esfuerzo también fue clave el secretario de Gobierno, Gustavo Quintero, y su equipo de trabajo, articulando la respuesta institucional y la coordinación logística. Una ciudad tantas veces señalada por su indiferencia demostró que también sabe abrazar.
Y en medio de esta tragedia también hay que hablar del presidente Abelardo de la Espriella. Desde las primeras horas entendió que esta no era una emergencia para administrar desde un escritorio. A su lado, la primera dama, Ana Lucía Pineda, asumió un papel activo, liderando la campaña “Colombia, un solo corazón” para canalizar ayudas hacia las familias damnificadas.
Se metió en el territorio, estuvo en Quibdó, Pereira, Cali, El Cairo, Toro y Buenaventura, encabezó puestos de mando y tomó decisiones mientras todavía se buscaban personas entre los escombros. Su Gobierno declaró la emergencia económica, social y ecológica y puso sobre la mesa una reconstrucción que podría superar los 30 billones de pesos. También anunció subsidios de arrendamiento, alivios para las familias afectadas y el Plan Milagro de Reconstrucción.
Pero si hay una mujer que merece un reconocimiento especial es la gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba. Le tocó gobernar desde el epicentro de la tragedia, recorrer un departamento enorme y enfrentar una emergencia que golpeó una infraestructura ya vulnerable. Su llamado para crear un banco de materiales y llevar asistencia técnica a los municipios muestra algo fundamental: reconstruir no es simplemente levantar paredes, es hacerlo con conocimiento del territorio y pensando en la gente.
También hay que mirar a Cali, Pereira, Buenaventura, Cartago, Toro, Armenia y tantos municipios donde las familias todavía intentan entender cómo volver a empezar. Allí están las historias que no siempre aparecen en los titulares, el comerciante que perdió su negocio, la madre que ya no puede dormir en su casa, el estudiante que no sabe cuándo volverá a su colegio, el abuelo que mira las grietas de toda una vida.
Por eso esta columna no quiere quedarse en las cifras, sino hablar del corazón. Colombia tuvo miedo, lloró y se estremeció, pero también respondió: cuando la tierra nos golpeó, millones de manos se levantaron para ayudar.
Y quizás esa sea la imagen que debemos conservar, la de un país que, por encima de sus diferencias, decidió ponerse la 10. El terremoto destruyó casas, edificios y caminos, pero no destruyó nuestra capacidad de sentir el dolor del otro.
Ahora viene la prueba más difícil: reconstruir. No podemos soltarle la mano al Chocó, a Risaralda, al Valle, al Quindío, a Caldas ni a ninguna región afectada. Colombia ya demostró que sabe estar cuando más se necesita; ahora tiene que demostrar que también sabe quedarse.
Víctor Mendoza Zárate

