“Lo que un concurso de canción inédita puede enseñarle al comerciante, al investigador y al que gobierna”
Inicio esta columna con dos historia que conocí sobre dos compositores. Uno de ellos se presentó al concurso de canción inédita con todo en orden. La letra impresa, la grabación, los papeles. Lo que no sabía es que semanas antes, en un patio, alguien lo había grabado cantando un pedazo y había subido el video. Treinta segundos. Cuando el jurado se enteró, lo descalificó. Esa canción ya había sonado en público.
Mientras que, en otro festival, no hace mucho, un compositor ganó. Le entregaron el premio y después se lo quitaron, porque esa misma canción la había presentado y premiado años antes en otro certamen. Él lo había olvidado. El concurso no.
Los dos casos me llamaron la atención. Llevo años en ese circuito, del lado del que entrega la hoja y espera turno. A ninguno de los dos lo sacaron por falta de talento. Uno mostró antes de tiempo. El otro perdió el hilo de lo suyo. En un festival eso cuesta una corona. Afuera cuesta más de lo que nos imaginamos.
A tres cuadras pasa lo mismo
Piense en la señora que hace el pan de queso de su barrio. Hace catorce años cambió el molde y le salió una pieza que la gente reconoce de lejos. Le puso el nombre de su mamá al negocio, mandó a hacer el aviso y sacó la matrícula en la Cámara de Comercio. Mostró primero. Ni la forma ni el nombre están registrados, porque ella cree que la matrícula se lo protege. No se lo protege. El día que otro registre ese nombre, le toca cambiar el aviso.
En el taller de la esquina hay un muchacho que le arregló a usted el teléfono que el técnico autorizado dijo que no tenía arreglo. El inventó una pieza. Funciona, se la ha hecho a treinta vecinos y no lleva un papel de nada. Si mañana un fabricante la produce en serie, no tiene cómo demostrar que fue suya. Eso que él inventó tiene un nombre, modelo de utilidad.
Y hay una ingeniera que lleva cuatro años en un proyecto y la semana entrante lo presenta en un congreso. Lo que no sabe es que una patente exige que el invento sea nuevo en el mundo, y que contarlo en público antes de radicar la solicitud puede costarle esa novedad. Va a hacer lo mismo que hizo el del video, y sin enterarse.
Fíjese en la palabra novedad. La usan igual el jurado de un festival y la oficina de patentes. No se repone con esfuerzo. Se pierde una vez, y se pierde por mostrarla.
Quién nos está calificando
Falta el cuarto personaje. Es el gobernante que escribe la palabra innovación tres veces en su plan de desarrollo. Hay un tablero donde su municipio ya está calificado por eso. Lo más probable es que no lo haya visto.
Cada julio, el Consejo Privado de Competitividad y la Universidad del Rosario publican el Índice Departamental de Competitividad. Trece años lleva saliendo, y mide a los treinta y dos departamentos y a Bogotá con noventa y tres indicadores oficiales. Uno de sus trece pilares se llama innovación.
La mitad de esa nota son investigadores, producción científica y trabajo conjunto entre universidad, empresa y Estado. La otra mitad son cuatro papeles, los mismos que acaban de aparecer en esta columna: patentes, modelos de utilidad, diseños industriales y marcas.
Ahí no miden cuánto producimos. Miden de cuánto dejamos constancia, y a tiempo.
Este año ese pilar lo ganó Quindío, el departamento más pequeño de la Colombia continental, y no con un laboratorio. Sacó diez sobre diez en diseños industriales y 7,43 en modelos de utilidad, primer lugar nacional en los dos. La forma de un mueble, la figura de un empaque. Cosas de taller, y allá alguien va y las inscribe.
El resto del país está raspando. De treinta y tres territorios apenas dos pasan de cinco sobre diez, Quindío con 5,15 y Bogotá con 5,08; veintitrés no llegan a tres y el promedio nacional se queda en 2,37. El Eje Cafetero y Antioquia promedian 4,32 y el Caribe 2,25, el más flojo de sus trece pilares. Tráigalo a casa. La Guajira queda de diecinueve, el Magdalena de veintiuno y el Cesar de veinticinco.
Tampoco es asunto de departamentos ricos. Amazonas quedó de doce por el indicador de investigación hecha entre varios actores, en el que sacó diez sobre diez. Guainía va al revés. En investigación saca cero, pero en modelos de utilidad quedó segundo de Colombia. Alguien en Inírida inscribió mejoras técnicas que aquí nadie inscribe.
¿Cuántos nombres, cuántas formas y cuántas mejoras se están perdiendo ahora mismo en una cuadra cualquiera, sin que nadie las reclame?
Para qué sirve ese papel
Falta decir para qué sirve, que es lo que casi nadie cuenta. No para colgarlo en la pared. Una marca registrada se vende, se hereda y se puede licenciar a otro que la use en otra ciudad y le pague por usarla. Con un diseño registrado usted le cobra a quien quiera fabricar su forma, en vez de verla copiada al lado sin poder decir nada.
El ejemplo más caro de la historia es una forma, no un nombre. En 1915 una fábrica de vidrio de Indiana patentó el diseño de una botella de cintura marcada que le había hecho a Coca-Cola, y en 1961 esa misma silueta quedó registrada además como marca. El argumento fue un estudio de 1949 según el cual menos del uno por ciento de los estadounidenses era incapaz de reconocer la botella solo por su forma. Alguien registró un molde de vidrio. Lo mismo que hizo la señora del pan de queso, menos registrarlo.
Cuidado con el atajo
Le debo una advertencia, porque alguien va a proponer el camino corto. Una campaña masiva de registros sube la nota sin que nadie innove más, y eso es maquillaje. El papel rinde cuando protege algo que se vende fuera del barrio, como el que exporta o el diseño que ya le copian. Al de la esquina, obligarlo es ponerle un peaje.
Y aclaro de una vez que ese índice no es la meta. Es el termómetro. Nadie registra una marca para que su departamento suba tres puestos en un escalafón; la registra porque el día que otro la use quiere poder cobrarle. Si eso se vuelve costumbre en miles de negocios, el indicador sube solo. Al revés no funciona.
Por dónde empezar
Escribo esto sin autoridad de juez. Yo también he cantado en un patio lo que todavía no había asegurado. Esta disciplina me la enseñó equivocarme, no un manual.
Empiece por lo suyo, y esta semana averigüe si el nombre de su negocio está libre antes de mandar a hacer otro aviso. Si hizo una mejora en el taller, póngale fecha y déjela por escrito antes de seguirla repartiendo. Si investiga, radique antes de contar. Y si compone, pinta o escribe, guarde constancia de qué hizo y cuándo, con una lista de dónde lo ha mostrado. Esa lista vale más de lo que parece.
Al que gobierna, con el del plan de desarrollo, le toca otra cosa, y es que ninguno de los anteriores tenga que averiguar esto por su cuenta.
Y hay con qué. Aquí tenemos una escuela de disciplina creativa que ningún otro territorio del país tiene, y la usamos una vez al año para repartir coronas. Cada festival le enseña a cientos de compositores que lo inédito solo es inédito una vez y que hay que llevar la cuenta de lo que ya mostró. Al del taller nadie se lo enseñó.
Lo que está en juego es más grande que una calificación o ranking. Una canción sin registrar, un molde sin registrar y un invento contado a destiempo no se venden, no se licencian y no se heredan. Se quedan en la casa de quien los hizo. Un territorio donde eso pasa todos los días produce bastante y acumula poco, y sigue vendiendo lo que saca del suelo porque es lo único que tiene papeles.
De los dos compositores del comienzo, el que más caro pagó no fue el que subió el video. Fue el que olvidó lo que ya era suyo. Aquí lo olvidamos todos los días, y sin jurado que nos avise.
Fabián Dangond Rosado
Desarrollo económico territorial y competitividad | Ingeniero industrial · Magíster en Emprendimiento e Innovación | Presidente del CUEES Cesar | Economía creativa · Decisiones públicas con evidencia

