Los capuchinos abruzeses y la promoción de bachilleres de 1976 de la Divina Pastora (Discurso de Weildler Guerra Curvelo · Riohacha, 2 de octubre de 2026)
El tiempo que regresa
Sra. Rectora de la Institución Educativa Divine Pastora María Berenice Sánchez. Compañeros de la promoción de Bachilleres de 1976
Cincuenta años después, aquí estamos otra vez, con el pelo más blanco y la memoria intacta. Gracias a todos los compañeros que hicieron posible esta convocatoria fraterna, volvemos a sentarnos en la misma banca, esta vez para mirarnos y reconocernos.
Cada uno trae su camino, sus hijos, sus nietos y sus ausencias. Pero esta noche somos otra vez los muchachos de la Divina Pastora, y quiero saludarlos como entonces: con afecto, con respeto y con la alegría de haber llegado juntos hasta aquí.
Permítanme dedicarles unas palabras sobre quienes nos formaron. Cincuenta años es una cifra que los antropólogos miramos con respeto. El tiempo, a veces, no termina de alejarse: lo vivido no desaparece, se repliega, y vuelve cuando decidimos convocarlo. Esta noche lo convocamos. Llegamos con el pelo encanecido, con nietos, con ausencias que duelen, pero también con la certeza de que algo de aquellos muchachos que salieron de la Divina Pastora en 1976 sigue intacto dentro de cada uno.
Quiero dedicar estas palabras a quienes hicieron posible esa huella. Y como toda huella tiene una geografía, empiezo por una pregunta que casi nunca nos hicimos mientras fuimos alumnos: ¿de dónde venían nuestros maestros?
Los Abruzos, tierra de pastores
Venían de los Abruzos, en el centro de Italia, una región con forma de cuña entre la cordillera de los Apeninos y el mar Adriático. Es pequeña: unos once mil kilómetros cuadrados, la mitad de lo que mide La Guajira. Pero es una tierra de alturas. Allí se levanta el Gran Sasso, cuya cumbre, el Corno Grande, alcanza 2.914 metros y es la más alta de los Apeninos, y la Majella, que roza los 2.800. Entre un tercio y la mitad del territorio, según cómo se cuente, está protegido en parques y reservas, y por eso los italianos la llaman la región verde de Europa. En esos bosques sobreviven el oso marsicano, el lobo apenino, el águila real y una gamuza de montaña que es el animal emblema de la región. Guarden esa lista de animales: más adelante la vamos a necesitar.
Durante siglos, la vida de los Abruzos giró alrededor de las ovejas. Cada otoño los rebaños bajaban de las cumbres hacia las llanuras cálidas de Apulia por los tratturi, caminos de propiedad del Estado que los pastores recorrían durante semanas. El más importante, el Tratturo Magno, unía L’Aquila con Foggia a lo largo de 244 kilómetros. Lo que enriquecía aquella travesía no era el queso ni la carne, sino la lana: se esquilaba en Foggia, se lavaba y se teñía en L’Aquila y se vendía en los mercados de Europa. Los romanos sacaron de pecus, la oveja, la palabra pecunia: el dinero. En diciembre de 2019 la UNESCO inscribió la trashumancia en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, en una reunión celebrada, por cierto, en Bogotá.
A un guajiro no hay que explicarle esto. Sabemos qué es una riqueza que camina, que se mide en cabezas de ganado, que sirve para sellar una alianza, reparar una ofensa o restablecer la paz entre linajes. Hombres nacidos entre pastores vinieron a educar a los hijos de otra tierra de pastores.
Esa tierra dio al mundo a Ovidio, el poeta de las Metamorfosis, nacido en Sulmona. Dio, además, a un ermitaño llamado Pietro Angelerio, que vivía en las cuevas de la Majella y a quien coronaron papa con el nombre de Celestino V, el 29 de agosto de 1294, en la basílica de Collemaggio, en L’Aquila. A los pocos meses renunció, en un gesto casi sin precedentes, y volvió a su vida humilde. Antes de irse dejó la Perdonanza: un perdón que cualquiera podía recibir sin pagar un centavo. Algunos recordarán entre nuestros frailes a un Celestino: en los Abruzos ese nombre tiene resonancia propia.
L’Aquila también sabe de dolor. El 6 de abril de 2009 un terremoto la sacudió y dejó más de trescientos muertos. Y sin embargo la ciudad sigue haciendo su torrone, ese turrón blando de almendras y chocolate que la familia Nurzia prepara desde 1835.
Su historia entre nosotros
Su obra en La Guajira comenzó antes que nosotros. El 17 de enero de 1888 desembarcaron en Riohacha los primeros capuchinos, españoles de Valencia. En 1907 fundaron el colegio, con un puñado de alumnos, en la parte trasera de la casa misional. En 1951 la Santa Sede dividió el vicariato en dos: Valledupar quedó a cargo de los valencianos y Riohacha se confió a los capuchinos de la provincia de los Abruzos. Los españoles se marcharon en 1953, y el 18 de febrero de ese año el padre Tarcisio di Meo asumió la rectoría de la Divina Pastora. Entre 1954 y 1971 funcionó además el internado, que recibió a hijos de familias que vivían lejos de Riohacha.
En 1954 llegó monseñor Eusebio Septimio Mari, nacido en Trasacco, junto al llano del Fucino, en 1916: el primer vicario apostólico de Riohacha. Tenía treinta y ocho años. Murió en L’Aquila en diciembre de 1965, a los cuarenta y nueve, cuando la mayoría de nosotros apenas empezaba a leer. Ese obispo de Riohacha. participó. en la sesión inaugural del Concilio Vaticano II. Sus hermanos de orden lo recordaron como un hombre de ánimo abierto e inflexible, que cuidó de manera especial a la juventud. Él quiso y dirigió aquella misión colombiana, y esa misión fue la que nos recibió. Lo sucedió monseñor Livio Reginaldo Fischione, nacido en Italia en 1925 y consagrado obispo por Pablo VI en diciembre de 1966: el último obispo capuchino de Riohacha.
Cuando se cumplieron ciento treinta y siete años de aquel desembarco de 1888, escribí con profunda tristeza que la misión capuchina cerraba su ciclo entre nosotros. Pero lo sembrado no se cierra con una misión: la llama que ellos encendieron, como escribí alguna vez, sigue siendo una vela pequeña y obstinada frente al viento.
Forte e gentile
Los Abruzos tienen una divisa, y nosotros la reconocimos, aunque nunca la vimos escrita. Primo Levi —no el que hoy recordamos por Auschwitz, sino un periodista italiano nacido en Ferrara en 1853 y director del diario La Riforma – recorrió la región en 1882 y publicó un librito de viaje titulado Abruzzo forte e gentile, con un subtítulo que un antropólogo no puede dejar de admirar: impresiones de ojo y de corazón. Fuerte y gentil.
La fórmula parece una contradicción y es en realidad un programa de vida. La fortaleza sin gentileza se vuelve brutalidad; la gentileza sin fortaleza se vuelve debilidad. Nuestros maestros quisieron que fuéramos las dos cosas a la vez, y lo enseñaron con el ejemplo antes que con el sermón.
Esa fue la lección que nos dejó monseñor Livio Reginaldo Fischione, el último obispo capuchino de Riohacha. Pocos años antes de su muerte lo visité, en compañía de José Berardinelli, en su humilde celda del convento de San José de los Campanos, en Cartagena. Era una celda sencilla, y su nostalgia de La Guajira, inconmensurable: allí tenía una máquina de hacer chinchorros guajiros. Antes de despedirnos me regaló una botella de vino de aceitunas silvestres y me dijo: «Los hemos formado en la Divina Pastora con el lema de los Abruzos: forte e gentile».
Los sacerdotes
Permítanme evocarlos.
El padre Tarcisio di Meo, natural de Ripacorbaria, una pequeña localidad de Manoppello, en la provincia de Pescara, oficiaba las novenas de nuestra infancia. Fue el ser humano más cercano a la santidad que hemos conocido. Sabía, como sabía Francisco, que la Navidad se celebra desde lo humilde: en Greccio, en 1223, Francisco celebró la célebre representación viviente de la Natividad, tradicionalmente considerada el origen del pesebre franciscano.
El padre Hilario de Pescosolido, conocedor de la música sacra, tocaba el acordeón y el armonio, pero su repertorio era europeo. Sonreía con paciencia cuando le pedíamos una canción de Luis Enrique Martínez o de Alejo Durán.
Máximo Bozzi y Urbano de Leonisa habían sido soldados en la Segunda Guerra Mundial. Conocían de cerca el miedo, el hambre y la muerte, y quizás por eso sabían imponer disciplina sin crueldad. Bozzi volvería a dirigir el colegio en los años ochenta y permanecería en él hasta enero de 1991.
Al padre Pío de Mosciano, valioso icono de la misión capuchina, cuyo apellido es el de un pueblo de la provincia de Teramo, se le atribuye la construcción de la capilla de la Divina Pastora en 1960. El padre Emilio Cucchiella era antropólogo y miraba nuestra cultura con una curiosidad que entonces no sabíamos nombrar; yo ignoraba que un día dedicaría mi vida a ese mismo oficio. Y con ellos Celestino, Bernardini, Carmelo y tantos otros, cuyos nombres el tiempo va desdibujando, pero cuya presencia no se borra.
Cada uno llevaba su pueblo en el nombre: Ripacorbaria, Mosciano, Pescosolido, Leonisa. Pueblos de las faldas de los Apeninos que aprendimos a pronunciar sin saber dónde quedaban. Riohacha se llenó, sin que lo advirtiéramos, de geografía italiana.
En nuestra memoria predominan hacia ellos la gratitud y el afecto.
La biblioteca
Eran hombres austeros, pragmáticos y de sólida formación humanística. La biblioteca de la Divina Pastora estaba escogida con cuidado: medio siglo después todavía puedo ver el estante donde estaba La vida de los doce césares de Suetonio, La guerra de las. Galias. de Julio César, y muy cerca Ivanhoe, de Walter Scott. Un muchacho de Riohacha podía pasar en una tarde del Rubicón a los torneos de la Inglaterra medieval. Nos enseñaron que la cultura no era un adorno sino una disciplina interior. Esta biblioteca nos permitió ser vecinos de Riohacha y, al mismo tiempo, ciudadanos del mundo.
Weildler Guerra Curvelo

