CARACOLÍ, DONDE EL RÍO TODAVÍA RECUERDA SU NOMBRE

“A la memoria de Ana Carmen Cortés, cuya casa larga como un tren albergó todas las causas del campo”.

Hay lugares que no se fundan: se revelan. Caracolí- Sabanas de Manuela- en el Alto Rancheria, no nació de un decreto sino del paso de una mujer indígena llamada Isabel Manuela, probablemente wiwa, que bajó de la Sierra Nevada y se detuvo bajo la sombra amplia de un caracolí. Desde entonces, el sitio heredó el nombre de ambos: la mujer y el árbol.

Caracolí está cerca de Marokaso, territorio ancestral del pueblo wiwa. Ellos consideran que Marokaso y Guamaka forman un tejido originario que existía antes de los empujones de la colonización. Caracolí, aunque distinto, quedó tocado por esa vecindad con lo sagrado.

Por allí pasa el río Ranchería, al que los wiwa llaman Chirigua. Fue mi prima Yira María Fajardo Curvelo quien me llevó al pueblo de donde era su esposo, Papito Maestre, un hombre aficionado al río, la cría de gallos y la música de gaitas de los Quitasueño. Viajamos por la vía de Distracción siguiendo el curso del río y el bosque seco que en verano parece agonizar y en invierno resucita en un verde casi imposible. El Chirigua, nombre indígena del río Ranchería, corría entre piedras con ese rumor antiguo que probablemente escuchó Manuela cuando decidió quedarse.

La represa de El Cercado cortó el viejo camino hacia Caracolí, que hoy descansa bajo las aguas. A los habitantes ni siquiera les permiten pescar en las orillas del embalse. El corregimiento, que fue despensa agrícola del sur de La Guajira, espera ahora la pavimentación de la vía para poder sacar la malanga, el ñame y la maracuyá de sus tierras fértiles. También conserva una tradición profunda en la cría de gallos: esa pasión del Caribe rural donde se mezclan paciencia, saber y orgullo. Fue camino real y refugio después de la Guerra de los Mil Días.

Caracolí no solo es la cuna de Nicolás Colacho Mendoza, albergó también a Los Quitasueño, un conjunto de gaitas heredero de una música más antigua que el vallenato. La gaita es quizá la voz más remota del Caribe colombiano. En la Guajira contemporánea, dominada por el acordeón, la gaita indígena parece un huésped incómodo. Pero Los Quitasueño la interpretaban una sonoridad que venía de una capa anterior del tiempo: la que aún recuerda sus raíces indígenas anteriores a la leyenda de Francisco el Hombre.

Y estaba también Ana Carmen Cortés, la figura más decisiva que ha dado Caracolí. La conocí desde niño. Vestía pantalones de dril gris oscuro, camisa blanca de manga larga y un revólver 38 corto en el cinto: una autoridad campesina que se encarnaba en el cuerpo, en un territorio donde el liderazgo femenino era una anomalía que ella convertía en fuerza. Militó en la ANUC, el movimiento campesino más importante del siglo XX colombiano. Participó en congresos agrarios, pactos por la tierra y debates nacionales, pero siempre regresaba a su corregimiento. Durante treinta y cinco años lideró Caracolí. Gestionó caminos, escuelas, casa campesina, corregiduría, puesto de salud, iglesia. Su vivienda era conocida como “el tren”: larga, abierta a cualquiera que llegara —emisarios, aliados, campesinos en tránsito—, una estación que nunca cerraba. Caracolí no puede narrarse sin ella.

Hay territorios que son palimpsestos. Debajo del conflicto está la música; debajo de la música, la gaita; debajo de la gaita, el río con su nombre indígena; debajo del río, los pasos silenciosos de Isabel Manuela bajando de la Sierra. Y debajo de todo, el árbol de caracolí, guardián del agua, que ya no está, pero continúa nombrando un mundo.

 

 

Weildler Guerra Curvelo

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