DE GOEBBELS AL CELULAR

A veces pensamos que la alta política y las estrategias de manipulación son cosas de intelectuales, de libros de historia o de series de televisión como House of Cards. Nos imaginamos a Nicolás Maquiavelo metido en un palacio oscuro en Italia planeando cómo engañar a un rey, o a Joseph Goebbels, el temido director de propaganda de Adolfo Hitler en la Alemania nazi, diseñando discursos fríos para lavarles el cerebro a millones de personas, pero la realidad es mucho más cercana y, lamentablemente, más barata, hoy, esas mismas tácticas destructivas están metidas en su celular, en el grupo de WhatsApp de la familia o en el video de TikTok que ve mientras almuerza.

Vivimos pegados a una pantalla consumiendo información a la lata, el problema es que nos volvimos traganíquel de todo lo que publican ciertos «pseudoperiodistas» e influenciadores que viven del escándalo. Lo que Maquiavelo llamaba «controlar la percepción» y Goebbels bautizó como el «principio de la simplificación», agarrar a un solo enemigo y echarle la culpa de todo, hoy lo vemos en la esquina en situaciones que a la gente ya le parecen normales.

Hace unos días recordé una escena que me hizo reír. En una reunión familiar donde me invitaron a compartir, comenzaron a discutir de política, el tío defendía a un candidato con tanta pasión que parecía haber estudiado cien años de economía. El sobrino, por su parte, del otro extremo ideológico, respondía con igual seguridad; sin embargo, después de veinte minutos de debate descubrimos algo curioso, ninguno había leído el programa de gobierno del candidato que apoyaba.

Uno repetía videos de TikTok, el otro citaba cadenas de WhatsApp, pero los dos estaban convencidos de que el otro era el manipulado; mientras tanto, el sancocho ya estaba servido y fue lo único que logró poner de acuerdo a todos, principalmente en torno del aguacate.

Aquella escena resume una realidad incómoda, en Colombia no solo se disputan votos, sino también emociones, miedos, esperanzas e identidades, las campañas modernas ya no buscan únicamente convencer al ciudadano; buscan ocupar su atención antes que su razón por eso vale la pena volver la mirada a las ideas atribuidas a Nicolás Maquiavelo, no para aprender a manipular, sino para reconocer cuándo intentan manipularnos porque un ciudadano que identifica el truco deja de ser espectador y comienza a ser juez. Hagamos un ejercicio ¿Le suena conocido esto en época de elecciones?

Ese audio de procedencia dudosa que dice «me enteré de muy buena fuente que el candidato X va a acabar este programa si gana», eso es el uso puro del miedo para que usted no piense, sino que reaccione con el estómago. Cuentas sin foto que insultan en masa a cualquiera que critique a su líder político, buscando destruirlo moralmente hasta que la persona se canse y se calle o videos del candidato bailando, sonriente, abrazando a una anciana o prometiendo que el empleo va a llover del cielo mágicamente.

Sobre eso debo develarle que está científicamente comprobado por la Universidad de San José (la misma de la vice), que actualmente nos enamoramos del empaque, de la edición y de la canción pegajosa, pero no nos tomamos el trabajo de revisar si lo que propone es viable o pura paja armada por un estratega de comunicaciones.

La gran tragedia es que la campaña se acaba, el domingo que toquen las elecciones, pero el odio en la gente perdura. Nos queda una sociedad fracturada, donde el amigo de toda la vida se dejó de hablar con el otro por defender a un político, o donde el vecino ya no ve al vecino como un compatriota, sino como un enemigo al que hay que erradicar. Quedamos atrapados en una eterna sociedad del odio, alimentada por utopías creadas en un computador por expertos en mercadeo.

Nunca había sido tan fácil fabricar una mentira, un video editado, una imagen creada con inteligencia artificial o un titular sacado de contexto pueden recorrer el país antes de que alguien tenga tiempo de verificarlos. Hoy la mentira ya no necesita convencer a todos, le basta con sembrar la duda, por eso verificar se volvió una obligación democrática.

Es tan descarado el asunto que esas tácticas de laboratorio psicológico, creadas originalmente para la guerra o para sostener regímenes totalitarios, se abarataron tanto que hoy se usan sin asco para cualquier pendejada en internet, las usan para venderle una faja milagrosa, para meterlo en una pirámide digital o hasta para convencerlo de hacer fila por un perro caliente que vio en un video «viral».

Nos volvimos esclavos del algoritmo y del cuento bien echado, si no despertamos y empezamos a exigir realismo, datos y propuestas serias, vamos a seguir siendo los tontos útiles de un juego maquiavélico que solo enriquece a los que siembran la discordia.

Es claro que quien logra imponer el tema del debate suele llevar ventaja, pues mientras todos discuten un escándalo, otros temas importantes desaparecen de la conversación el empleo, la salud, la educación, la seguridad, la infraestructura o la productividad; por ello no siempre gana quien tiene las mejores propuestas, a veces gana quien logra decidir de qué hablarán todos y el verdadero antídoto o vacuna contra la manipulación política, no existe, pero sí existen hábitos que la debilitan como leer programas de gobierno, comparar cifras, escuchar a quienes piensan distinto sin convertirlos en enemigos, reconocer cuando una noticia despierta primero una emoción y después una reflexión pero ante todo recordar que ningún candidato debería convertirse en objeto de fe.

La próxima vez que un video o un titular de prensa le dé mucha rabia o mucha emoción, respire profundo, acuérdese de que le están aplicando el manual de Goebbels en la pantalla y diga “Cójala suave”

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

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