» Dios también me envió para consolar a los tristes, para cambiar su derrota en victoria, y su tristeza en un canto de alabanza» Entonces los llamarán: “Robles victoriosos, plantados por Dios para manifestar su poder”. Isaias 61:3 NTV
A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. Versión Reina Valera
Hay temporadas en las que el desconsuelo, las pérdidas, la incertidumbre o la angustia hacen difícil imaginar que algo pueda volver a florecer. En esos momentos, Isaías 61 nos recuerda algo fundamental, Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento. Él se acerca al quebrantado, consuela al que llora, trae libertad al cautivo y restaura aquello que parece reducido a cenizas.
El capítulo comienza entregando una asignación: llevar buenas noticias a los quebrantados, vendar los corazones heridos, proclamar libertad y anunciar el favor de Dios. Porque, no se trata de transmitir un mensaje optimista, sino de anunciar que, aun en medio de la devastación, Dios continúa obrando y su propósito permanece.
Siglos después, en Lucas 4:16-21, Jesús entra en la sinagoga y lee precisamente este pasaje de Isaías, luego declara que esa escritura se ha cumplido en Él. Con esto nos muestra que la restauración anunciada por el profeta encuentra su cumplimiento en la misión de Cristo. En Jesús, las buenas noticias llegan al pobre, la libertad al cautivo, la vista al ciego y la esperanza al quebrantado.
Por eso, cuando se habla de restauración, no se resume simplemente en recuperar lo que se ha perdido ni de vivir una vida sin dificultades, sino de la obra redentora de Cristo, que alcanza lo más profundo de nuestro ser y nos permite atravesar el dolor sostenidos por su palabra, su presencia, su Espíritu Santo y su dirección.
En este verso la imagen de la ceniza también tiene un profundo significado, dado que, en la Escritura se relaciona con el duelo, el arrepentimiento, la humillación y la fragilidad humana. Las cenizas representan lo que queda después de que algo ha sido destruido. Pero Dios hace una promesa extraordinaria: en lugar de ceniza, gloria; en lugar de luto, gozo; en lugar de angustia, un manto de alegría. Esto no significa que Dios niegue nuestro sufrimiento ni que nos pida fingir que todo está bien, la promesa reconoce que existen cenizas, pero en ellas tenemos la certeza de que no tendrán la última palabra porque Dios tiene poder para hacer algo nuevo donde nosotros solo alcanzamos a ver ruinas. Por eso el salmista pudo declarar: “Has cambiado mi lamento en baile” (Salmo 30:11).
El dolor también puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios, porque cuando todo marcha bien, podemos sentir que tenemos el control y que nuestras fuerzas son suficientes, pero hay momentos en los que nuestras propias capacidades ya no alcanzan. Entonces aprendemos a aferrarnos a Dios y descubrimos que nuestra esperanza no depende de las circunstancias, sino de saber quién sostiene nuestra vida mientras atravesamos aquello que no comprendemos.
Pero Isaías 61 no solamente nos habla de lo que Dios quiere hacer en nosotros; también nos recuerda lo que estamos llamados a hacer por otros. Hemos sido testigo de las buenas noticias de las que habla el profeta, para compartirlas con quienes atraviesan momentos difíciles, hoy hay personas que necesitan una palabra de esperanza, una oración, una mano extendida o simplemente alguien que permanezca a su lado en medio del dolor.
Por eso debemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con el consuelo que hemos recibido? Pablo responde: “El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación”. 2 Corintios 1:4
El consuelo recibido se convierte en una responsabilidad. Quizá Dios nos permitió atravesar circunstancias que pensamos que nunca superaríamos para que, después de levantarnos, pudiéramos ayudar a levantar a otros. Lo que un día fue nuestra herida puede convertirse, en las manos de Dios, en una fuente de esperanza para alguien más.
Hoy después de un terremoto, vemos edificios destruidos, familias afectadas, pérdidas, miedo, dolor, incertidumbre y confusión, nadie puede pretender que la devastación no ocurrió, sin embargo, la restauración es una posibilidad cuando, aun entre las ruinas, decidimos creer que todavía hay esperanza.
Quizá hoy alguien siente que su vida quedó reducida a escombros, un proyecto que fracasó, una pérdida inesperada, un sueño que se derrumbó o una situación que nunca imaginó enfrentar y aunque no podamos cambiar esas circunstancias, sí podemos acercarnos y recordarles que Dios todavía está presente y que Él es capaz de hacer florecer aquello que parecía muerto.
Isaías continúa diciendo: “Y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya”.
Dios no solamente quita las cenizas; Él vuelve a plantar y con su cuidado, nos arraiga en su presencia, fortalece nuestras raíces y nos enseña a permanecer firmes después de atravesar temporadas difíciles, por que ser plantío del Señor significa que nuestra vida ya no pertenece al azar ni está definida por lo que nos ocurrió.
Esta promesa es para quienes hoy atraviesan dolor en Colombia y en diferentes lugares del mundo, a ellos debemos llevar el mensaje de Isaías 61: hay buenas noticias para el quebrantado, consuelo para quien llora, libertad para el cautivo y esperanza para quien ha perdido las fuerzas. Porque, las cenizas no son el destino, El luto no es el final y la angustia no tiene la última palabra.
Quizá alguien cerca de nosotros todavía está sentado sobre sus cenizas, seamos nosotros quienes, con amor, verdad, oración y esperanza, le recordemos que Dios todavía puede hacer florecer su historia.

