DE TRAICIONES Y ENGAÑOS…

No tarda en llegar la efeméride del 20 de julio de 1810, aquella memorable fecha en la que destacados juristas y tribunos de la Nueva Granada se dieron cita en Santafé para iniciar una reyerta contra el gobierno de ocupación impulsado por Napoleón en España. Comenzó a suceder  desde las famosas abdicaciones de Bayona  de 1808, hechos en los que el gobernante francés engañó a la casa real española y logró despojarles del trono.[1]     

En Santafé se pretendía, luego de aquella revuelta popular sabiamente inducida, convocar a sesiones de “cabildo abierto” con carácter soberano para firmar un Acta de Independencia e instituir una “Junta Suprema de Gobierno”  que tomara  el control de los asuntos de la Nueva Granada sin que quedara espacio para la intervención de la metrópoli.[2]  Se suponía que se completaba así un acto de independencia absoluta con respecto a la corona de España, pero no fue completamente el caso porque, aunque sí se expulsó al Virrey Amar y Borbón y se renegó contra el régimen de ocupación de Bonaparte, se dejó explícito el reconocimiento de Fernando VII como legítimo rey de España, quedando así debilitado el acto de independencia contra el imperio español. Cosa muy distinta  se debe decir con respecto a los actos de emancipación de Cartagena de Indias en noviembre de 1811,  liderado por los hermanos Gutiérrez de Piñeres  y otros ciudadanos, y un segundo acto en  Cundinamarca en julio de 1813, liderado por Antonio Nariño,[3] que si fueron de absoluta manifestación de independencia y soberanía frente a cualquier gobierno extranjero.

En curso de tales hechos de tan elevado valor político, hay siempre facetas no tan valiosas y hasta negativas que introducen elementos de disturbio que cambian incluso el curso de la historia. En ese viernes de 1810, Acevedo y Gómez y los demás confabulados aprovecharon el día de mercado y la plaza colmada de “pueblo” para levantar los ánimos con arengas muy bien estudiadas en contra del régimen español, para luego avanzar en el propósito de desatar un nivel de caos suficientemente ruidoso como para atemorizar a las autoridades y conseguir el necesario ambiente de urgencia que la revuelta necesitaba para dar su fruto. Y así fue, porque casi se logró intimidar al Virrey y controlar al comandante Juan Sámano para poder tomar la sala del Cabildo y ocuparse de los asuntos formales de la revuelta.  Está claro que en esto de las luchas populares la voluntad enardecida del público será siempre un recurso indispensable para generar pánico y cuesta casi nada.    

Este 20 de julio el Presidente Petro pretende realizar una réplica de lo acontecido en ese viernes de 1810 con una plaza de mercado abarrotada de gentes que se prestaron de manera inocente para aumentar el efecto de presencia masiva y contribuir al propósito que habían maquinado los promotores de la revuelta. Y quiere el presidente, además,  que sea en todas las plazas del país para tener él la seguridad que es todo “su pueblo” el que sale a vitorearle, lo cual debe colocar en su imaginario una posición  mil veces por encima de lo que lograron Acevedo y Gómez y los demás revoltosos en 1810, y con la certeza de ser el primero que se muestra capaz de “sacar la gente a la plaza” con una sola seña,  para demostrar así, de ese modo, su poder ante el país y sus opositores, y naturalmente para satisfacer su ego y el incontenible anhelo de grandeza que no le cabe en el cuerpo.

El punto que nos importa resaltar aquí es que muchos episodios históricos, sin desconocer su trascendencia, suelen estar impregnados de actos de traición y engaño. No se olvida, por ejemplo, que el rey Fernando VII acudió al llamado Motín de Aranjuez (1808) contra su padre para obligarle a abdicar en favor suyo y apoderarse él del imperio español. Fue un acto flagrante de traición y engaño que luego se revirtió en su contra ante la incursión de Napoleón, quién les engañó para despojarles del reino mediante las abdicaciones ya citadas y abrir las puertas para su hermano como nuevo rey. Detrás del proceso, lo que el Rey Fernando VII hizo fue vender su pueblo al enemigo a cambio de un cómodo exilio en Francia, lo cual representó un flagrante acto de cobardía y traición a su propio pueblo. Pero los giros de la vida le dieron la oportunidad de regresar al trono de España en 1814, tiempo durante el cual se hizo cargo de la reconquista de las colonias independizadas y restablecer el absolutismo que quería ver en todo el imperio.

En La Nueva Granada, la revuelta de julio no fue expontánea sino calculada y debidamente maquinada para facilitar el desenlace que el mundo conoce. Resultó engañado el Virrey, quién podías haber hecho parte de la nueva “Junta Suprema de Gobierno”  pero terminó siendo expulsado; resultó engañado y manipulado el comerciante español González Llorente para lograr “el motivo” que se necesitaba para la explosión social que animaría el propósito de los independistas; y resultó engañado el pueblo que entendió que se había alzado contra el rey cuando en realidad estaba siendo utilizado como utilería de soporte para el verdadero acto de emancipación que se fraguaba en la casa del Cabildo. Así funcionaron las cosas, con engaños y traición, para que pudiera brotar el resultado deseado.

Lo que está haciendo el Presidente Petro a pocos días de su salida es preparar un espectáculo que se acomoda enteramente a su gusto. No se despedirá el día que celebramos los colombianos nuestra libertad sino el día en el que conmemoramos nuestra insurrección, y ello marca una diferencia importante en la forma de ver y hacer las cosas. Claro, porque la idea de un pueblo que se levanta le viene mucho más a su gusto, por eso quiere hacerlo en la fecha en que el pueblo “se alzó contra el rey” y gritó hasta la afonía “contra los chapetones”, que podían ser equivalentes a lo que hoy el Presidente Petro ha dado en llamar “la oligarquía”, que son esas personas que, según él, “viven en los mejores barrios, tienen negocios, poseen los medios necesarios para vivir bien” mientras que “el pueblo apenas sobrevive”.  En esta fecha histórica es que quiere ser despedido, en medio de aplausos y ovaciones multitudinarias, porque sabe que en ninguna otra fecha podrá lograr ese efecto.  Muy inteligente el presidente cuando busca precisamente las mejores ocasiones de expresión popular para ser vitoreado, y de paso guardar en su memoria esos momentos de apoteosis que sólo puede lograr en el “circo” de la plaza pública, no en el Palacio de Nariño, tampoco en el Congreso de la República, en donde ya ha sido abucheado;  menos quizás no en las instituciones de gobierno, o en las universidades, a las que no quiso ayudar, o  en los hospitales, en donde se vive una crisis causada por sus medidas de gobierno; tampoco  en las empresas, o en las grandes instalaciones industriales, o en los grandes espacios de cultivos agrícolas, porque allí están “sus enemigos”;   no en los hogares de la gente trabajadora, no en el transporte urbano de las ciudades, no en las selvas, no en los ríos, no en las costas, no en las montañas,… porque por allá no se lo vio pasar.

Y sabemos que le duele irse, porque de otro modo no estaría haciendo lo que hace. No sabemos si tiene consciencia del hecho, pero sigue con aparente esmero la ruta de engaños que ya le mostró Fernando VII más de dos siglos atrás. No olvidará que juró ante el pueblo defender y cumplir la Constitución, sin embargo, ha caído una y otra vez en la tentación de violarla, como si fuera ella, la Constitución, quien tiene que adaptarse a los caprichos del mandatario.  Cuando se hizo consciente de esa dificultad, urdió la alternativa de “convocar al poder constituyente” para hacer una que sirva mejor a sus propósitos, sin importarle mucho si el país se halla polarizado, prácticamente partido en dos y a punto de irse al enfrentamiento civil. Ese es todavía un sueño suyo que no tiene perspectiva de verse cumplido y eso le atormenta.  Aquí queda expresa una inmensa felonía que hiere al país en lo más profundo, porque juró en un 7 de agosto que cumpliría con la Constitución y la Ley, cosa que al final de cuentas no hace.  Se trata de esa famosa manía de decir que sí, que sí, a todos los compromisos, pero no cumplirlos al final.

Confunde cuando se declara demócrata y respetuoso de la Constitución mientras pretende hacer frente al país las cosas a su modo. Tal desentendimiento acarrea problemas como los que vive hoy el país después de concluido el proceso electoral y están hechas sus repetidas manifestaciones de desacato al resultado electoral. ¿Por qué el Presidente no está de acuerdo con el resultado? Porque perdió el candidato del gobierno, por eso, y es que era para el Presidente esa pieza clave con la que contaba para mantenerse cerca del poder e influir en el nuevo gobierno. ¿No dijo en alguna ocasión que se iría al final de su período?   Engaña entonces cuando hace de todo para anular la elección del candidato de la derecha y busca que sea el suyo el que asciende al solio de Bolívar. Engaña cuando sabe que tiene que facilitar la transición de gobierno y, sin embargo, le plantea obstáculos.

Mucho menos puede hablar del proceso electoral porque el Presidente de Colombia no es Autoridad Electoral, por lo tanto, está obligado a respetar lo que hicieron la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral.  A pesar de ello, pretende intervenir como si fuera el jefe, en abierto desafío a las instituciones correspondientes que, por demás, no son subalternas suyas.  Y no cejará en su empeño de contradecir porque ese es su talante, y porque está puesto en ello su propio ideal de sí mismo. Otra felonía evidente cada vez que se da la vuelta y hace lo que considera necesario para torcer el resultado a su favor, siendo que está obligado en razón de su investidura a proteger y garantizar un proceso electoral limpio y transparente para beneficio y satisfacción del país.

Veremos cómo logra el país salir de este trance tan complicado.          

 

Arturo Moncaleano Archila[1]

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[1] Por ofrecimiento de Napoleón, Carlos IV de España y su hijo Fernando VII fueron invitados a la localidad francesa de Bayona para conciliar sus diferencias con la mediación del soberano francés. Presentes allí, y ahora bajo amenaza de muerte, debían aceptar las abdicaciones siguientes: el rey Fernando VII, conspirador alevoso contra su padre, devolvía el trono a su padre el rey Carlos IV; el rey Carlos IV, ya restablecido en la corona, cedía la totalidad de los derechos de dinastía al Emperador Napoleón; enseguida, el Emperador Napoleón nombraría a su hermano José Bonaparte como nuevo rey de España.

[2] Se firmó el Acta de Independencia de la Nueva Granada, registrada con el nombre de <<Acta del Cabildo Extraordinario de Santa Fe.>> en la noche del 20 de Julio de 1810.

[3] Cartagena de Indias, noviembre 11 de 1811, Liderados por los hermanos Gutiérrez de Piñeres y otros ciudadanos entre los que se contaba Pedro Romero. – Estado Libre de Cundinamarca, julio 16 de 1813, liderados por Antonio Nariño.

 

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