Durante años, La Guajira ha estado marcada por un fenómeno silencioso que explica buena parte del estancamiento institucional y productivo del departamento: los diálogos fragmentados. Cada sector habla, pero lo hace desde su propia necesidad, desde su urgencia particular y desde su historia.
Empresarios, por un lado, comunidades por otro, jóvenes en sus propios ecosistemas, el sector público respondiendo al día a día sin planificación profunda y la cooperación internacional interpretando el territorio desde sus propios marcos. Estas conversaciones, aunque numerosas, rara vez se encuentran y casi nunca se traducen en agendas comunes.
En 2025 esa fragmentación no desapareció. Persistió la desconfianza, persistieron las barreras imaginarias y la sensación generalizada de estar empujando agendas distintas, incluso cuando todos tenemos claros que compartimos los mismos desafíos estructurales.
Sin embargo, sería injusto negar que algo comenzó a cambiar. Este año vimos que algunas conversaciones empezaron a cruzarse; no a alinearse completamente, pero sí a encontrar puntos de encuentro concretos que antes no existían. Espacios como el CUEES, los diálogos de ciudad, el diálogo intergremial, las plataformas juveniles de participación, la Corporación Guajira Post Carbón, los congresos sectoriales y diferentes foros académicos lograron, por primera vez en mucho tiempo, poner a actores distintos frente a un mismo desafío y no solo frente a sus intereses particulares.
Aparecieron acuerdos iniciales, se trazaron agendas comunes y surgieron ejercicios de confianza que, aunque incipientes, muestran que La Guajira puede coordinar esfuerzos cuando existe voluntad y claridad de propósito. No estamos ante un territorio completamente articulado, pero sí ante un territorio donde los puentes comienzan a construirse.
La principal lección del año es clara: aunque la fragmentación persista, no determina nuestro destino. La Guajira puede avanzar incluso en escenarios donde las posturas no están completamente unificadas, siempre que exista disposición a construir, capacidad de escuchar y responsabilidad para sostener acuerdos mínimos. Se demostró que es posible avanzar aun cuando la conversación no es perfecta.
Pero también dejó en evidencia un punto crítico: el diálogo, por sí solo, no transforma nada si no desemboca en acción. Las reuniones sin corresponsabilidades son tiempo perdido; los diagnósticos sin ejecución se convierten en ejercicios infértiles; las mesas que no producen compromisos específicos y verificables terminan siendo espacios que desgastan y no generan valor. Este año entendimos que las palabras deben tener consecuencias y que la conversación solo tiene sentido cuando se convierte en trabajo concreto.
El año 2026 exige un salto cuantitativo: todo diálogo debe conducir a una acción y toda acción debe generar un resultado verificable. No podemos seguir acumulando mesas y foros sin ejecución, conversaciones sin tareas asignadas o discursos sin indicadores. Se necesita corresponsabilidad real.
La transformación ya comenzó, incluso en medio de las limitaciones y de las tensiones que persisten. Y la lección central del año es contundente: el progreso no viene de afuera, se fabrica en casa, y solo se fabrica con acción sostenida, trabajo articulado y responsabilidad compartida.
A partir de estos aprendizajes, el gran acuerdo que La Guajira debe construir hacia 2026 no puede ser abstracto ni declarativo. Debe estar orientado a un objetivo central: posicionar a La Guajira como un departamento viable, capaz de sostener su desarrollo económico más allá de la dependencia histórica de uno o dos sectores, y con una ruta clara de diversificación productiva basada en evidencia, capacidades reales y corresponsabilidad institucional.
La experiencia internacional demuestra que los territorios que transitan procesos de cambio estructural exitosos no lo hacen improvisando, sino diseñando estrategias de diversificación con diagnóstico riguroso, objetivos claros, priorización sectorial y planes de acción con responsables definidos.
La Guajira no es la excepción. Si queremos que el diálogo tenga sentido, debe traducirse en una estrategia concreta de diversificación económica, que parta de reconocer nuestra estructura productiva actual, identifique sectores con potencial real y concentre esfuerzos donde exista capacidad instalada, talento local y posibilidad de escalar valor agregado.
La ruta es clara: primero, un diagnóstico serio que permita entender el nivel de concentración económica del departamento y su vulnerabilidad frente a choques externos; segundo, la definición de objetivos de diversificación que sean específicos, medibles y alineados con una visión de largo plazo; tercero, la identificación de oportunidades productivas viables (no aspiracionales) en sectores como agroindustria, energías, turismo, logística, servicios y economía del conocimiento; y cuarto, la construcción de un plan de acción con instrumentos, cronogramas, presupuestos e indicadores de seguimiento.
Este proceso no puede recaer en un solo actor. Requiere corresponsabilidad real. El sector público debe liderar la planificación y garantizar coherencia institucional; el sector privado debe invertir, innovar y asumir riesgos; la academia debe aportar conocimiento aplicado; las comunidades deben participar activamente en la definición de prioridades; y la cooperación internacional debe alinearse a una estrategia territorial clara.
Solo así La Guajira dejará de ser percibida como un territorio de alto riesgo y pasará a ser reconocida como un departamento con dirección, con reglas claras y con una hoja de ruta creíble para diversificar su economía y generar bienestar. Ese es el verdadero pendiente. Y ese debe ser el trabajo central de 2026: menos conversación dispersa y más ejecución estratégica, orientada a construir una Guajira viable, productiva y capaz de sostener su propio futuro.
Luis Guillermo Baquero

