En el teatro de la política moderna, los símbolos suelen hablar con mayor contundencia que los discursos institucionales. No son adornos ni meras anécdotas fotográficas, sino la arquitectura de un lenguaje no verbal diseñado para moldear la percepción pública, proyectar autoridad y fijar una narrativa de poder.
Durante el mandato del expresidente Gustavo Petro, el uso constante del lápiz se convirtió en su fetiche simbólico preferido. Aquel elemento pretendidamente intelectual buscaba comunicar la firma de decretos transformadores, la pedagogía del cambio y una aparente cercanía con la academia y la reflexión teórica; sin embargo, con el paso del tiempo, el objeto terminó convertido en el emblema de una narrativa agotada, pues, para amplios sectores de la ciudadanía, las constantes invocaciones doctrinarias y las promesas estampadas en papel no se tradujeron en ejecuciones concretas, dejando la gestión atrapada en el laberinto de la retórica, discursos interminables y reformas estancadas. El lápiz, al final del día, no sirvió para transformar la realidad cotidiana del ciudadano de a pie.
En un contraste tajante y radical con esa comunicación pública emerge la figura del actual presidente Abelardo de la Espriella. Apenas transcurridos poco más de 60 días de mandato, el viraje de la derecha hacia esta figura de autoridad absoluta resulta evidente e incontestable, pues, con una velocidad pasmosa, la masa conservadora y los sectores afines al orden han comenzado a graduar como asunto del pasado a otras expresiones pedagógicas y moderadas de su mismo espectro ideológico, aquellas que paradójicamente sirvieron como parteras o caldo de cultivo para el nacimiento del propio fenómeno del Tigre.
La gramática visual y gestual de De la Espriella opera bajo una lógica teatral y sumamente estratégica de acción, control y contundencia, cuidadosamente diseñada para proyectar la imagen de un outsider, un hombre fuerte de mano dura y un protector implacable. Las herramientas y comportamientos que hoy despliega forman parte de una calculada semiótica del mando en tiempo real, eso está gustando a sus electores y conquistando más adeptos que podrían sumarse a su proyecto político para las elecciones territoriales.
Por su parte, el uso permanente del walkie-talkie proyecta presencia inmediata en el terreno y una cadena de mando activa que no espera trámites ni dilaciones burocráticas para impartir órdenes. La pistola al cinto rompe deliberadamente con el protocolo estético tradicional del palacio presidencial para transmitir una idea de autoridad no delegada, disuasión e inmersión personal en la doctrina de seguridad. Así mismo, sus incursiones constantes a zonas de conflicto y puntos neurálgicos buscan afianzar la imagen de un líder que rehúsa gobernar desde el aislamiento de un despacho, prefiriendo estar en la primera línea de los hechos.
A este arsenal icónico se suma la adopción del felino como animal totémico, aunque sea originario de países asiáticos, De la Espriella se autodenomina «El Tigre» y posiciona la consigna de hacer que el país vuelva a rugir. En la psicología de masas, el tigre encarna al depredador alfa, una fuerza implacable y feroz que no teme acorralar a sus presas, identificadas en su relato con los grupos criminales. Esta simbología se complementa con una indumentaria táctica recurrente; la aparición con chalecos antibalas y prendas militarizadas no busca únicamente la protección física, sino instalar la noción de una guerra permanente contra el delito donde el gobernante viste como un combatiente más en las trincheras del Estado.
El estilo comunicativo de este gobierno abraza de frente la lógica de la política espectáculo como en otros escenarios mundiales. La puesta en escena de sus eventos y discursos, caracterizada por un tono desafiante y expresiones que buscan convertir los episodios adversos en demostraciones de un liderazgo inquebrantable, recurre a mensajes emocionales y de fácil digestión para conectar directamente con el descontento de la sociedad.
A la par de esta estética, el mandatario ha procedido al bautizo de conceptos económicos y operativos cargados de un misticismo moral. Términos como «La Patria Milagro» o el «Presupuesto de la Verdad» reemplazan la jerga técnica por una retórica mesiánica que ubica automáticamente a opositores y antecesores en el terreno del engaño. De igual forma, la activación de cuerpos de seguridad con denominaciones como la Fuerza de Tarea Conjunta Urano evoca un poder supremo y aplastante en el territorio.
Todo este ecosistema se sostiene sobre la retórica del antagonismo total y la narrativa de «los nunca». Al presentarse como parte de quienes jamás han vivido de la politiquería ni del aparato estatal, De la Espriella promueve un discurso anti-establishment que traza una frontera tajante entre el pueblo trabajador y su líder protector frente a las élites tradicionales y los bandidos, descartando la concertación en favor de una confrontación abierta y generando aplausos como en Coveñas cuando señaló al alcalde de Sincelejo o discusiones sobre lo que ha ocurrido con varios rectores de universidades públicas especialmente de la costa.
Mientras la pedagogía del lápiz se extravió en la abstracción, la efectividad de la simbología de Abelardo de la Espriella radica en su capacidad para ofrecer una respuesta visual e inmediata al clamor de orden. Sus símbolos han calado con profundidad en sus electores porque generan la percepción de una mano firme en el timón y restituyen la noción de autoridad. La adopción de una identidad de «puño de hierro», desplegada sin pudor y con una efectividad percibida en estos primeros dos meses, construye un vínculo orgánico con su base electoral que marca el rumbo de una nueva historia en la política nacional, perfilando un fenómeno popular capaz de disputar o superar el legado de los grandes referentes históricos del poder en Colombia, compitiendo con la figura de el Gran Colombiano.
Adaulfo Manjarrés Mejía

