DIFERENTES, NO POLARIZADOS.

Cada vez que se sucede una elección en Colombia los elementos que aparecen para su análisis abundan en la muy política mente de nuestros paisanos. Y con razón. El tablero electoral se sacude, como si un ciclón pasara por nuestro país cada cuatro años. Pero cada cual tiene su manera de observar y concluir sobre las causas de estos movimientos.

En primer lugar, es una equivocación tildarnos de polarizados. Nos hemos quejado de que las tendencias políticas de la mayoría de la gente se han colocado en los extremos de las líneas ideológicas, y que por esa razón nos arriesgamos a una contienda exasperada, con los ánimos caldeados y la sensibilidad ciudadana fácilmente irritable. Y que en consecuencia y para prevenir actos violentos, se debe evitar la confrontación de ideas. Nada más inconveniente. Es así como debe funcionar la democracia, ya que es una forma de comparar las propuestas, para que el elector pueda con libertad y según su criterio elegir entre alternativas claramente diferenciadas. “La ausencia de conflicto no es armonía, es apatía”, nos enseña Eisenhardt. De manera que bienvenido la discusión para el análisis sobre posturas diferenciables. Es para eso que se realizan, no para darse abrazos, sino para que todos podamos distinguir sus puntos de vista, sus talantes, su carácter y su visión de país que lo guíen durante su potencial gobierno. Preocupémonos más bien porque durante las deliberaciones se evite la mentira, o se descubra con prontitud su ocurrencia. Que los insultos personales no sean predominantes, y en caso de que ocurran, ya verá la gente si les parece civilizado escoger a alguien procaz o irritado que nos rija por cuatro años -que cada vez parecen más largos-. Esta tendencia hipócrita a desdeñar las confrontaciones civilizadas tiene además como grandes abanderados a los tibios del centro. Se los encuentra uno en una escalera y no sabe si suben o bajan. Acusan de traidores a la patria a todos aquellos que no comulgan con sus fundamentalismos, que son peores que los de aquellos definidos política e ideológicamente, por cuanto parten de la base de que habrá que acordar como manejar el país solo sobre el exclusivo puntal de la buena voluntad, alejada de las políticas definidas para un lado o el otro. “Todos podemos sacar adelante este país”, se los escucha decir. Y nos quedamos sin saber cómo. De lo bueno no dan tanto, dice el bobo. Aunque la verdad, el bobo es él. Y ya sabemos a quién me refiero en esta hora de Colombia.

En segundo lugar, claro que con lo sucedido esta semana pasa a un siniestro primer lugar, la garantía del resultado electoral transparente y oportunamente comunicado a la ciudadanía. No recuerdo peor manejo que el actual en la Registraduría. Soberbio, nos devolvió al oscurantismo con sus procesos mal instruidos, mal manejados y evidentemente mal contabilizados. Cuesta trabajo pensar que la dimensión del problema y el particular beneficio del ajuste por escrutinios a favor de un solo partido sean fruto del azar. Algo huele mal en Dinamarca, Cundinamarca e intermedias. Para quienes pasamos a la barrera, en plan indeclinable de observadores, nos deja atónitos la poca capacidad de reacción de los partidos como primeras instituciones interesadas en la diafanidad del trámite en las urnas. Algunos, indiferentes, cual personajes de Bertolt Brecht, a la espera de que lo malo le pase solo al vecino. Otros, beneficiados, ven que el ajuste de resultados es la solución del problema, como si no subsistieran las causas. Algunos de los perjudicados, que antes habían advertido de los sucesos que efectivamente se dieron, como el expresidente Andrés Pastrana, piden acciones en solitario, y encuentran un gobierno sordo, que piensa que la tradicional reunión del comité de garantías electorales, que no sirve para nada, logre frenar este tren que descarrila nuestra democracia. Pues el riesgo acaba de aumentar de manera perturbadora. Así no, señores, es un tema de todos y para todos.

El tercer lugar para registrar en estos trámites políticos es el recuento de los elementos que hacen tomar partido a ese nutrido grupo de cerca de doce millones de personas que aún no sabe por quién votar, ya que no se expresaron en las consultas pasadas. Hablábamos del papel de los debates para ilustración de los ciudadanos. Nos han servido desde tiempo atrás para inclinar la balanza de las preferencias de los electores no definidos, aquellos quienes con gran sentido independiente de patria quieren brindarles a los contendores todas las oportunidades para que los convenzan.  Recordemos la famosa pregunta sobre la extradición de Samper que les hicieron a Pastrana y Serpa: el gran aliado de Samper dijo que lo enviaría con su maletica de torcidos para USA, mientras que Andrés optó por afirmar que la dignidad presidencial debía primar para llevar a Samper, en caso tal, a la justicia colombiana. Muchas personas reconocieron la jerarquía moral de Pastrana y lo favorecieron con su voto. En estos tiempos, una buena aproximación a los temas nacionales hará elegir; señores candidatos, lúzcanse, está toda Colombia pendiente de sus propuestas no de sus ofensas, de sus planteamientos serios, no mendaces ni absurdos. De su seriedad y su aplomo. Falta mucho trecho aún. Atentos al debate permanente.

Igual importancia tiene el análisis profundo de las características de los postulados. Decantada la lista, se vuelve más sencillo sopesar aquellas virtudes que nos llevan a admirar al político. Al ser, su condición humana, su formación profesional, experiencia pública y la confianza inspirada y seguridad en sus realizaciones. Todos tenemos en el pasado el gran cúmulo de hechos que nos traen hasta el presente, para ser confrontados con las palabras. Que el mejor candidato sea el mejor gobernante va a depender mucho de nosotros mismos, amigos colombianos.

Nelson R. Amaya

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