DIME CON QUIEN ANDAS Y TE DIRÉ QUIEN ERES – PARTE II

En el mensaje pasado hablaba de que no podemos juzgar a alguien por las personas que le rodean, que, si bien es cierto, las malas compañías corrompen las buenas costumbres, no es menos cierto que ello solo pasaría si no tenemos el carácter suficiente para no dejarnos mal influenciar. Como Jesús, debemos tener claridad de quienes somos y así impactar positivamente en la vida de las personas, siendo luz para quienes están en tinieblas.

Andar con alguien no nos define, claro, es mejor rodearse de personas que nos edifiquen y nos ayuden a ser mejores, pero que ello no nos haga olvidar la tarea de ayudar, levantar e instruir a quien lo necesite.

Ahora, no todo saldrá como esperamos, por más que queramos ser luz y ayudar a quienes creemos lo necesitan, es posible que nos ignoren, se molesten o nos inviten a participar de sus malas costumbres, es justo ahí cuando las relaciones no terminan bien y debemos evitar caer en chismes hablando mal de la otra persona, llenarnos de amargura o llenarnos de soberbia, creyendo que somos mejores personas, de ser así no marcaríamos ninguna diferencia y nuestra fe, reflejada en el esfuerzo de ser por luz a quien está en tinieblas, vendría siendo inútil.

Pero ¿Cómo alejarnos de las personas sin rechazarlas? ¿Cómo termino una relación de tal manera que honre a Dios, honre a la otra persona y yo no caiga en amargura?

En primer lugar, debemos recordar que vivimos en un mundo pecaminoso, no existe la más mínima posibilidad que nuestras relaciones sean perfectas y libres de conflicto, malos entendidos tendremos aún con personas con las que estamos de acuerdo.

Si sabemos que una relación no nos ayuda a bien es mejor quitarse esa carga y tomar distancia, ello no quiere decir que podamos menospreciar al otro. Aun en esa circunstancia, Efesios 4:15 nos dice que vivamos la verdad en amor, así creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo. Hay que dar lugar al diálogo y siempre, nuestras palabras deben contribuir a la edificación y la bendición de la persona que nos escucha (Efesios 4:29).

Alejarse también requiere gentileza, estar en desacuerdo y no querer continuar con una relación sea de amor o amistad, no nos da derecho a herir al otro, después de todo, es una persona que al igual que nosotros tiene un corazón, siente y merece ser tratado con amabilidad.

El hecho de andar con alguien porque queremos ayudarle, no debe crearnos expectativas, por mucho amor y empeño que le pongamos, debemos ser realistas, no sabemos lo que hay en el corazón de los demás, no conocemos sus motivaciones, por tanto, no somos quien para juzgar a nadie. Llenarnos de expectativas sin saber si en realidad vamos o no a influenciar positivamente la vida de alguien puede llenarnos de resentimiento e incluso frustrarnos, olvidando que finalmente cada quien es libre de escoger quien es y quien quiere ser.

Recordemos que nuestra identidad nos a da Cristo, no las relaciones que tenemos y aun el decidir romper con algunas de ellas es nuestra responsabilidad hacerlo en paz, está bien establecer límites con el fin de proteger nuestro corazón, pero no olvidemos que Colosenses 3:13 nos dice que debemos tolerarnos unos a otros y perdonarnos como Dios nos perdonó.

Jennifer Caicedo

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