Hay lugares que la humanidad ha declarado sagrados sin escribirlo en ninguna ley: la cuna, la mano pequeña que busca otra mano, el cuerpo de un niño dormido que confía sin saber en quién lo vela.
Allí debía habitar el amor.
Allí debía quedarse.
Pero a veces el dolor adulto invade esos territorios donde nunca debió entrar.
Y entonces ocurre lo impensable: el padre se vuelve sombra, el abrazo se vuelve peligro, la vida que comenzó en sus brazos termina en ellos.
En Brasil, dos niños fueron asesinados por su propio padre.
No murieron en la violencia del mundo exterior, ni en la guerra, ni en la calle hostil.
Murieron en el único lugar del que ningún niño debería tener que defenderse: el amor que lo engendró.
Se dice que el hombre quiso vengarse de la madre.
Como si la herida de la traición pudiera escribirse sobre la carne inocente.
Como si el dolor de un adulto pudiera cobrarse en la vida de quien nada sabe de infidelidades, rupturas o abandonos.
Pero los hijos no son territorio de la guerra entre padres.
Son orilla, son semilla, son promesa.
Hay algo que se rompe en el mundo cuando un progenitor destruye a su hijo.
No es solo la vida que se apaga: es la confianza primordial de la especie.
Esa certeza antigua de que la infancia es un refugio de protección.
Un niño no teme a su padre.
No calcula su cercanía.
No sospecha del abrazo que lo levanta.
En esa entrega absoluta vive la esencia de la humanidad: la confianza sin defensa.
Por eso este crimen no solo pertenece a una historia personal.
Nos alcanza a todos.
Porque revela que el dolor humano, cuando pierde sus límites, puede devorar incluso aquello que debía custodiar.
¿En qué momento la herida de un adulto se vuelve más grande que la vida de un niño?
¿En qué instante el amor que debía proteger se transforma en instrumento de castigo?
¿En qué oscuridad el padre deja de ver a su hijo como un ser y comienza a verlo como un mensaje?
Tal vez la respuesta no esté en la psicología ni en el derecho, sino en algo más antiguo: la incapacidad de algunos seres humanos para sostener el dolor sin convertirlo en destrucción.
La imposibilidad de aceptar la pérdida sin querer que el mundo también pierda.
El gesto final de quien, al derrumbarse, quiere que todo se derrumbe con él.
Pero hay una verdad que ninguna herida debería borrar:
los hijos no pertenecen al conflicto de los padres.
Pertenecen al porvenir.
Un niño es siempre futuro.
Nunca venganza.
Por eso, cuando un padre mata a sus hijos, no solo desaparecen vidas.
Se hiere una idea esencial de la humanidad: que el amor filial es el último lugar seguro.
El sitio donde el miedo no entra.
Donde el mundo, por un instante, es bueno.
Hoy, esos dos niños ya no están.
Y su ausencia pesa más que cualquier explicación.
Quizá lo único que nos queda es volver a nombrar lo que debería ser obvio:
que la infancia es inviolable.
Que ningún dolor adulto tiene derecho a cruzar ese umbral.
Que allí, donde el amor debía habitar, la violencia nunca puede entrar.
Porque si ese límite se pierde, no solo fallan los padres.
Falla la humanidad entera.
José Jorge Molina Morales

