EL NOBLE APOSTOLADO DE LA ENSEÑANZA

El título de esta crónica me lo robé de un fragmento del discurso póstumo que pronunció Román Gomez Ovalle en el sepelio de Enrique David Brito el 26 de diciembre de 1977 en el cementerio de San Juan del Cesar. La muerte de “El Mister” como era más conocido, tuvo un alto impacto en el pueblo, pero especialmente en mi casa, pues era amigo muy cercano de mis padres. Recuerdo que presté mucha atención a todos los discursos de ese día. Y aunque eso sucedió hace 49 años, la frase de “Romancho” todavía me ronda en la memoria, pues adornó su oración fúnebre con una frase que se me calcó para siempre: “Consagró los años dorados de su juventud al noble apostolado de la enseñanza”, haciendo alusión a esa arraigada vocación de servicio que siempre caracterizó a Enrique David Brito.

La primera revolcada que le he pegado al pensamiento se remonta a mi niñez, cuando mi madre Ángela Gámez Romero me enseñó a leer y a escribir antes de que fuera a la escuela. Ella tenía la impronta del “Mister” Brito, pues en su juventud fue profesora del Colegio “San Juan Bautista”, una de las instituciones pioneras de la educación que hubo en San Juan del Cesar y que el “Mister” había fundado en el pueblo después que retornó instruido de Santa Marta. Parecía como si quisiera que todos tuvieran la oportunidad de escolarización que él había tenido. Esas prácticas de lectura y escritura eran impartidas por mi mamá en la esquina de nuestra propia casa, donde funcionaba un emprendimiento que ella bautizó como “Almacén Angela”, donde aprendí mis primeras letras. En aquel entonces yo tenía 4 años y ocasionalmente asistía a la Escuela Pública donde estudiaba Gregoria Bolaño, quien era la asistente de mi mamá y muy gustosa me llevaba como el equivalente de su mascota.

Muchos años después, cuando ya era universitario y había hecho pininos como monitor de la asignatura de “Construcción” en la Universidad Piloto de Colombia, llegué otra vez a la misma Escuela donde Gollita me llevaba. Aprovechando unas vacaciones y ante la ausencia de la profesora Nerina Egurrola de Gámez, mi tía política, me ofrecí suplantarla como profesor de 2do. Grado de Primaria por los tres días de su incapacidad. Estando en el ejercicio de enseñar a las niñas de esa Escuela, fui expulsado por el Supervisor de la Secretaria de Educación Departamental, Joaquín Núñez, quien a su vez había sido mi maestro algunos años atrás. Un tanto sorprendido por la petición de terminar de inmediato ese voluntariado, el cual pensé que sería ponderado, dejé la tiza y el borrador sobre la mesa y abandoné el salón de clases.

La vida fue avanzando y entre mis objetivos no figuraba desempeñarme como catedrático. Me recibí de arquitecto en 1981 y en los años subsiguientes me dediqué al ejercicio autónomo de mi profesión. En 1995 algunas circunstancias especiales me llevaron a desempeñar un cargo que tenía un nombre bastante ampuloso: JEFE DE INTERVENTORIA FISCAL Y MEDIO AMBIENTE DE LA CONTRALORÍA DEPARTAMENTAL DEL ATLÁNTICO. Estando a cargo de la dirección de esa dependencia oficial, una tarde se presentó a mi despacho una persona que deseaba conversar conmigo. Era el arquitecto Paul Visbal, a la sazón Decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla. Paul no me conocía ni tampoco yo. Pero eso no fue obstáculo para conversar fluida y amigablemente durante un rato. Cuando entramos en relativo conocimiento mutuo, me preguntó si estaría dispuesto a ser profesor de un Seminario denominado MEDIO AMBIENTE Y DESARROLLO SOSTENIBLE que la facultad de Arquitectura acababa de incorporar a su pensum académico. Inmediatamente le dije que sí, pues un impulso extraño me llevó a darle una respuesta afirmativa a su petición. Debo destacar de esta anécdota el pragmatismo del arquitecto Paul Visbal, quien en ningún momento intentó sacar de la baraja de sus amigos al responsable de este encargo. Tampoco acudió a otros entramados para extraer de allí al candidato. Simplemente observó que el título de la posición que yo ocupaba tenía una coincidencia casi exacta con el requerimiento que él necesitaba. Mi aceptación no estuvo condicionada al salario que recibiría, pues ni siquiera pregunté cuánto ganaría. Durante el mes que me concedieron para preparar mis clases, me dediqué a investigar la bibliografía técnica y legal sobre el tema. Y aunque los “progresistas” actuales del escenario político suelen considerarse los padres de este asunto, las bases legislativas muestran como pionero del tema ambiental al expresidente colombiano Misael Pastrana Borrero. (1970-1974)

El transcurrir de la existencia siguió su curso inexorable y en septiembre de 2001 me convertí en inmigrante. Recién impactadas las Torres Gemelas en New York, símbolo del capitalismo mundial, inicie una nueva vida en Florida.

Mi primer trabajo en Estados Unidos fue como un premio laboral a la medida de mis deseos. Me contrató una empresa que impartía cursos de capacitación gerencial en varios países de centroamérica y el Caribe, especialmente en Salvador y República Dominicana. El pago era tan bueno, que un curso de 3 días de duración alcanzaba para cubrir los gastos de un mes. Alcance a conocer casi toda la República Dominicana en los seis meses que duró el trabajo, dictando cursos en las principales ciudades del país. La oferta de cursos llegó a su fin y ante la dura realidad que se pintaba por delante, me vi precisado a trabajar como “Valet Parking” en un renombrado casino de la ciudad de Miami. Aunque el pago de este trabajo me permitía tener una vida familiar aceptable, lo usé como apalancamiento de adaptación académica para avanzar a otros peldaños de la escalera vital. Durante los dos años que estuve en ese trabajo tomé un curso para convertirme en “Residential Appraiser”, es decir, en Tasador o Avaluador de Propiedades Residenciales. La decisión la tomé pensando que esa actividad tenía algún paralelo a la experiencia cosechada como Avaluador en Colombia, oficio que ejercimos durante muchos años en la empresa ACCIONES URBANAS. Durante tres años desempeñé este trabajo, hasta que decidí que ese no era el camino que había vislumbrado al iniciar. Estando en el trabajo del casino, un día leí un aviso clasificado donde una Escuela Hispana solicitaba “Instructores de Construcción”. ¡Esa es la mía…! Pensé de inmediato. Allí me presenté y fui contratado. Corría el mes de noviembre de 2003, en diciembre recibí entrenamiento y en enero de 2004 comencé a dictar cursos. Durante los cuatro años exactos que duré trabajando en esta Escuela Hispana de propiedad de un grupo de profesionales argentinos, pasaron muchas cosas que tomaría mucho espacio relatar. En enero de 2008, cuando comenzaba un nuevo año lectivo, la empresa cerró sus puertas. Literalmente. Habían retirado los letreros y las puertas del local estaban cerradas. Este cierre había coincidido con el comienzo de la llamada “Crisis Hipotecaria” que prácticamente paralizó las actividades inmobiliarias y de construcción en Estados Unidos y en el mundo. Al inicio de 2006 obtuve la Licencia de “Contratista General Certificado” (Certified General Contractor) que en Estados Unidos es el equivalente a ser en Colombia un Arquitecto o Ingeniero Constructor. Eso significaba un salto cualitativo absolutamente gigantesco y superaba ampliamente mis expectativas académicas más optimistas. Y aunque la crisis hipotecaria logró deprimir la actividad de construcción a niveles muy bajos, el sector nuevamente logró resurgir. En septiembre de 2018 hubo un imprevisto mayor en mi empresa de construcción que obligó a su cierre durante 7 meses. Estando en el proceso de resurrección y búsqueda de nuevos contratos, resultó menester   desempolvar mi vocación de profesor. Envié mi solicitud de trabajo a la Escuela Profesional de Construcción más reconocida de Florida y en esta ocasión pude acreditar los cuatro años de experiencia ya vividos, lo cual resultó convincente para que mi reclutador me contratara de inmediato. Llevo casi 8 años en esta labor que me gusta y me enorgullece desempeñar. Y si sumamos los 4 años al comienzo de este Siglo, completamos una docena de años en esta tarea de ser Constructor & Instructor en el Estado de Florida.

EPILOGO: Después de muchos años de ejercicio, mi deseo recóndito es imitar a muchos futbolistas exitosos que buscaron terminar su carrera profesional en los clubes colombianos donde se formaron. Yo aspiro compartir mi experiencia con la juventud que actualmente se está formando en las universidades de las provincias de Padilla, de Riohacha y de Valledupar.

 

 Orlando Cuello Gámez

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