Hay noticias que duran un día en el ciclo informativo. Y hay noticias que deberían obligarnos a mirarnos en el espejo.
La reciente captura en La Guajira de un escolta vinculado al esquema de seguridad del secretario general de la Cámara, transportando una suma millonaria de dinero en efectivo junto con material político, reabrió una pregunta que este departamento ha evitado responder durante demasiado tiempo: ¿cuánto vale realmente un voto?
La investigación judicial apenas comienza y serán las autoridades las que determinen responsabilidades. Pero más allá del caso puntual, el episodio deja al descubierto una realidad que La Guajira conoce demasiado bien: la persistencia de una cultura política donde el voto se convierte en mercancía y la democracia en una transacción.
En Colombia solemos indignarnos cuando un gobernante roba, cuando los contratos se reparten entre amigos o cuando los recursos públicos desaparecen. Pero rara vez hablamos con la misma claridad del origen de ese sistema. La corrupción no comienza cuando alguien llega al poder. Comienza mucho antes, en las campañas.
Quien paga para llegar al poder no llega a servir. Llega a recuperar la inversión. Es una ecuación fuerte pero sencilla: dinero en campaña ostentosas, contratos en el gobierno.
La Guajira es uno de los ejemplos más dolorosos de la forma en que operan estos bloques politiqueros, hemos vivido durante décadas atrapados en ciclos repetidos de pobreza administrada. No porque falten recursos, ni porque falte talento, sino porque el poder se ha construido sobre una lógica de intercambio: votos por favores, lealtades por contratos, silencio por pequeñas ayudas.
Cuando alguien vende su voto por dinero, por una bolsa de comida o por una promesa inmediata, puede creer que ganó algo ese día. Pero en realidad perdió mucho más. Perdió hospitales que nunca se construyen, perdió agua que nunca llega a las comunidades, perdió educación que nunca se convierte en oportunidades. El voto vendido es el contrato firmado de la corrupción futura. Porque la política funciona con memoria: quien compra votos recuerda cuánto pagó y gobierna en consecuencia.
Durante años hemos explicado la política como una disputa entre partidos, ideologías o líderes. Pero en departamentos como La Guajira el problema es más profundo. Es pedagógico. Tenemos que volver a explicar algo elemental: el voto no es un favor que se le hace a un candidato. Es el instrumento más poderoso que tiene un ciudadano para decidir su destino colectivo.
Cada voto vendido es un pedazo de democracia que se pierde. Cada voto consciente es un acto de dignidad.
Sería injusto, sin embargo, terminar esta reflexión en el pesimismo. Porque algo también está comenzando a cambiar en La Guajira. Lentamente, casi en silencio, empieza a levantarse una nueva generación que intenta abrirse camino por fuera de los bloques políticos tradicionales que durante años han repartido pobreza en el departamento.
Jóvenes profesionales, líderes sociales y ciudadanos que han decidido participar en la política con otra visión. Entre ellos aparecen nombres como Yohan Enrique Redondo Martínez del partido Oxigeno, Ana María Uribe Orrego y Luana Ximena Moscote, quienes aspiran a representar a La Guajira desde el Centro Democrático. Luis Miguel Rivadeneira, vinculado a la coalición Ahora Colombia y que representa el partido MIRA un partido cristiano que hacen política de una manera diferente con impacto social.
Al mismo tiempo, sectores sociales que históricamente han estado lejos del centro del poder empiezan a organizarse para participar en la vida pública. Organizaciones como la Asociación de Campesinos Agropecuarios Los Asorosales, encabezada por Ludis Susana Gómez Ballesteros, la Asociación Étnica y Campesina Saberes Ancestrales, liderada por Albeiro Antonio Armenta Villazon, y la Asociación de Mujeres Rurales Emprendedoras de La Guajira, representada por Luis Fernando Guevara González, muestran que la política también puede surgir desde las comunidades, desde el campo, desde las organizaciones que durante años han trabajado lejos de los reflectores.
Tal vez todavía no controlan las grandes estructuras electorales. Tal vez aún no tienen el músculo de las maquinarias tradicionales. Pero representan algo que este departamento necesita con urgencia: una posibilidad distinta.
La democracia no se limpia solo con capturas o investigaciones judiciales. Se limpia cuando los ciudadanos deciden que su voto no tiene precio. Ese día las maquinarias dejan de funcionar. Ese día los sobres dejan de circular. Ese día la política empieza a cambiar.
La Guajira ha esperado demasiado tiempo para vivir ese momento.
Quizás la verdadera pregunta hoy no es quién llevaba el dinero.
La verdadera pregunta es otra: ¿estamos listos para que nuestro voto deje de tener precio?
Juana Cordero Moscote


Así es Juana, el voto definitivamente NO tiene precio, porque el voto vale una vida entera: vale nuestra conciencia, nuestro futuro, nuestra tranquilidad, nuestra seguridad y por supuesto, vale toda el agua que se le niega a nuestros niños para vivir en las comunidades, y todas las posibilidades de una mejor educación y una mejor atención hospitalaria para nuestra dolida población.