ESCAPE (2da. Parte)

Ese lunes hubo en Barranquilla un amanecer brillante y durante toda la mañana se sintió el rumor de una brisa fresca que mitigaba un poco el calor de aquella mañana veraniega del mes de marzo. El Ferry que transportaba por el río Magdalena de una orilla a otra los vehículos que entraban y salían de Barranquilla, esa mañana no tuvo mucho trabajo y a las ocho y treinta y cinco el bus comenzó en firme la ruta Barranquilla-Valledupar, la cual se cubría en unas siete horas por la carretera semi pavimentada de ese entonces.

En aquellos años en que no estaba construido el Puente “Laureano Gómez”, el estimado del tiempo se hacía condicionado al buen funcionamiento de los transbordadores, pues cualquier imprevisto de estos resultaba suficiente para desbaratar cualquier previsión de agenda.

Mientras el bus se desplazaba raudo por la angosta carretera construida sobre las lagunas del ecosistema de la isla de Salamanca entre Ciénaga y Barranquilla, yo tenía agolpados en mi pensamiento atribulado y temeroso decenas de interrogantes que no lograba ordenar. Ya se me había espantado el fantasma de Lucy persiguiéndome en su camioneta azul, pero ahora tenía otros peores. Tenía que enfrentar la llegada a la casa de mis padres.

Eso me producía un auténtico terror, porque además del regaño y de la limpia que me darían, lo que más me producía tristeza era la sensación de derrota que significaba para mi tener que regresar a San Juan porque no fui capaz de superar la nostalgia y el guayabo de mi casa y de mi pueblo. Me daba mucha tristeza saber que ellos se sentirían defraudados conmigo, pues siempre me consideraron un hijo y un estudiante ejemplar.

La cabeza me daba vueltas de pensar que tendría que verles otra vez la cara a los profesores que ya me habían despedido y a los compañeros que sentían por mi una sana envidia porque, según ellos, yo tenía la fortuna de estar estudiando en Barranquilla. La posibilidad de regresar al Liceo de Cervantes, aunque remota en mi pensamiento, era más tormentosa que seguir en San Juan, porque significaba sostener el hilo de las clases que aún no había logrado agarrar. Y, sobre todo, regresar al tormento de sentirme en un mundo extraño y sombrío.

Posiblemente me pondrían en la Escuela Pública, que era la amenaza que mi madre nos hacía cuando renegábamos del Colegio “San Juan Bautista” o cuando flaqueábamos en nuestro rendimiento académico. También cabría la posibilidad de que mi padre me confinara en la finca a realizar las más duras labores agropecuarias, pues le había oído decir que, si no queríamos estudiar, entonces nos pondría a enrejar el ganado en los corrales.

También me preocupaba el poco dinero que tenía en el bolsillo. A pesar de que había salido con doce pesos adicionales a los sesenta que tenía guardados para el viaje, el gasto del taxi y el pasaje disminuyeron mi capital en 43 pesos. A esa hora en que las preocupaciones me acuchillaban el cerebro con interrogantes inciertos que no tenía manera de responder, el bullicio de los pasajeros parecía esconder sigilosamente mis temores y por un buen rato dejé de sentir que todos me miraban como si fuera un prisionero en fuga.

Aunque en verdad lo era, ellos no lo sabían, pero creo que las miradas convergían irremediablemente en mi humanidad porque debí parecerles una criatura desvalida que viajaba solo y en silencio en aquel bus destartalado.

El tiempo transcurría lento y poco a poco íbamos arribando a los destinos intermedios. El primero fue Ciénaga, donde el bus hizo una parada larga para que los pasajeros pudieran desayunar. Allí comí lo único que probé ese día. Un vaso de guarapo y una empanada. Aunque empecé a manejar con reticencia el dinero que me quedaba, mi dieta de ese momento no era por falta de dinero sino por falta de apetito.

Con semejante tensión no lograba que las bandejas callejeras despertaran mis habituales deseos de disfrutar esas vituallas. Así seguimos hasta Fundación y de allí en adelante se terminó la bendición del pavimento. A partir de allí comenzamos a sufrir los efectos de la alianza diabólica del calor y el polvo trabajando en contubernio sobre un bus obsoleto con las ventanillas atascadas. Antes de la carretera actual por la que hoy transitamos con cierta comodidad, la anterior tenía un trazado serpenteante cuyo objetivo no era acortar distancias sino unir pueblecitos.

Por lo tanto, era más larga, agónica, polvorienta e inhumana que la actual. Cuando el bus salió de Fundación su sistema de carburación comenzó a toser y justamente a la entrada de un pueblo lánguido y solitario detuvo la marcha que en los últimos kilómetros se le había vuelto lastimera. ¡El bus se había varado!. Sin embargo, con el último aliento que le quedaba, el conductor y el ayudante lo pusieron a la vera del camino y los pasajeros comenzaron a bajarse. Yo permanecí en mi puesto durante algunos minutos, hasta que el conductor del bus nos ordenó bajar para realizar una reparación que ahora también incluía el eje trasero del vehículo.

En ese momento no sabía dónde estaba, pero en un instante quedé literalmente paralizado por el miedo tan pronto mi ignorancia geográfica fue absuelta de manera accidental cuando oí la respuesta solicitada por otra persona: ¡Estaba en Caracolicito! Caracolicito era el centro de operaciones agrícolas de Abraham Romero, el esposo de Lucy Ariza y, por lo tanto, era muy probable que en cualquier momento se me cruzara a bordo de su camioneta Fargo.

Entonces procuré mantenerme alerta y escondido de todos los carros que pasaban frente al grupo de pasajeros. Cuando el ayudante del bus extrajo una de las llantas traseras y buena parte de la anatomía interna de la transmisión del vehículo, comenzaron los primeros pasajeros a tomar en rebatiña los escasos cupos disponibles en los buses que venían detrás. En esos momentos en que buscaba mantenerme lejos de la vista de Abraham Romero, aproveché para orinar en el zócalo de una ceiba inmensa y frondosa antes de subirme al próximo bus que pasara.

Poco a poco los pasajeros se fueron marchando en buses, en camperos y en cualquier modo de transporte que encontraban disponible. Hasta que me quedé solo con un señor de unos sesenta años. Yo no me atrevía a meterle a mano y mucho menos a abordar otro bus, porque tenía una mezcla de ansiedad y de temor que no me daba fuerzas para hacerlo. Hasta que en la distancia pude avistar un carro tanque y sacando fuerzas de flaqueza, le tendí mi mano suplicante para que me llevara.

El carro tanque se detuvo, aunque tal vez por la seña del señor que estaba conmigo, porque el conductor, quien viajaba solo, únicamente se enteró que no íbamos juntos cuando le fuimos a pagar el valor del pasaje. Cuando el señor le preguntó el precio, el conductor le dijo que eran seis pesos por cada uno. Entonces yo inmediatamente me llevé las manos al bolsillo, saqué mis seis pesos y le pagué mi parte. Ante esto, el chofer del carro tanque me fulminó con una pregunta:

¿Y tú no eres hijo de la señora Ángela?

“Si”, respondí paralizado por la sorpresa.

Después me dijo con toda naturalidad que él era familiar de Fefa Argote, una persona muy cercana a mi familia y enseguida, para mi tranquilidad, se puso a conversar con el señor que viajaba con nosotros. No me atreví a preguntarle cómo se llamaba ni a hacerle ninguna otra pregunta, porque sería suficiente motivo para enfrentar una conversación que me daba pánico entablar.

Después de la breve charla entre mi acompañante y el chofer del camión, el resto del viaje transcurrió en completo silencio hasta Valledupar. Cada uno dueño absoluto de sus pensamientos, y los míos eran en ese momento un verdadero coctel de suposiciones, conjeturas, temores y arrepentimientos. Así llegamos a Valledupar a eso de las 4 de la tarde. No tenía hambre ni sed.

Para mi fortuna, el carro tanque me dejó exactamente en el sitio donde salían las busetas para San Juan, cerca de Cinco Esquinas, en el centro de Valledupar. Inmediatamente abordé la que estaba a punto de salir, pagué los siete pesos que valía el pasaje y me senté silencioso en la penúltima ventana, o sea, la que queda antes de la banca de los músicos, que es la última.

Durante todo el viaje evité mirar hacia otros pasajeros, porque aquí la probabilidad de encontrar rostros conocidos era muy alta, pues San Juan es un pueblo pequeño, y al que yo no conocía, tal vez ellos sí me reconocían a mi. De manera que durante el viaje de casi dos horas moví muy poco la cabeza y la mirada.

Cuando llegué a San Juan me bajé frente a la casa de Ester Orozco y El Cura Vega, que era el destino final de las busetas.

Me aterrorizaba la posibilidad de encontrarme allí con mi Papá, pues él visitaba esta casa con frecuencia. Apenas puse los pies en el suelo, alguien que no preciso me soltó la pregunta que no deseaba oír: “

¿Y tú no te habías ido a estudiar a Barranquilla?”.

“Si”.

Fue mi única respuesta, pero aparté la mirada y seguí caminando lentamente por la Avenida Félix Arias o carrera sexta, pasé por el Parque Santander, por El Quiosquito, por el Hospital, hasta que llegué a la esquina de la tienda de Rafael Fragoso, frente a La Virgencita, en la Calle de El Embudo. Cuando llegué a esta esquina aminoré el paso y contemplé la calle más ancha y solitaria que nunca. La tarde estaba triste como mi alma.

Me acomodé el maletín que colgaba de mi hombro y continué el paso lento que traía. En ese momento avisté el carro de mi Papá, un Nissan Patrol corto modelo 62, color verde aceituna, inconfundible para mi. Venían en dirección norte sur, por lo que me fue fácil adivinar que estaban donde mi abuela Nicolasa Romero. Entonces me detuve a esperar con resignación que el carro llegara hasta mi.

“Móntese”, me ordenó mi Papá casi gritándome.

Mi madre, que estaba con los ojos rojos de tanto llorar, me dio una mirada fuerte y su silencio fue más duro para mí que el latigazo verbal que acababa de darme mi padre. Llegamos a la casa en medio de un silencio casi sepulcral y me condujeron hasta la última habitación. La limpia que recibí de mi padre me pareció un ritual correctivo que irremediablemente debía cumplirse, por lo que no me produjo dolor físico ni sentimiento de injusticia.

Pero las reprimendas verbales y las conclusiones apresuradas de que mi final como estudiante exitoso había llegado, eso sí me produjo un sensible dolor en mi atormentado corazón. Recuerdo que mi hermano Javier se logró filtrar en la habitación donde yo estaba prácticamente aislado y me preguntó:

“¿Porqué te viniste?”.

En vista de él no lograba arrancarme una respuesta, me hizo la pregunta nuevamente, pero yo no tuve fuerzas para responderle, ya que inevitablemente rompería en llanto al contarle el infierno que yo estaba viviendo en Barranquilla. Yo creo que él me entendió, porque se quedó algunos minutos en silencio y entonces me dejó solo. 

Al día siguiente estuve deambulando con mi dolor por la soledad triste del patio, las alcobas y todos los espacios de la casa. Tenía prohibido salir a cualquier lugar, pero en realidad la decisión de permanecer aislado era más un resultado de mi propia voluntad que la prohibición misma de mis padres. La verdad era que no tenía ganas que me vieran la cara, porque me sentía realmente avergonzado de preferir la vida en aquel “revolcadero de burros”, como decía Miro Fuentes, a la envidiable condición de ser un estudiante provinciano viviendo en Barranquilla.

Mi primo Javier Romero meses después haría bromas diciéndoles a otros amigos que la comida me la daban a través de las rendijas inferiores de la puerta.  Pero la verdad era que comía solo en el comedor del servicio, totalmente aislado de mi propia familia por prohibición paterna y por voluntad propia. Fue un martes largo, silencioso, solitario y melancólico. Y el miércoles temprano mis padres decidieron enviarme de regreso a Barranquilla en un vuelo de Avianca que salía de Valledupar, aprovechando un viaje de negocios de mi tío político Ramiro Cabello. 

Y aunque llegué inseguro a Barranquilla, un comentario que le escuché a Lucy Ariza de Romero me sirvió mucho para afianzar mi autoestima en el tiempo subsiguiente: “A pesar de estar tan desadaptado, Orlandito no perdió ninguna materia en el primer mes. Eso significa que este muchacho tiene madera”.

Desde entonces retomé el hilo escolar y social de mi vivencia en Barranquilla. Y quien pudiera creerlo: Casi treinta años después, mientras adelantaba los estudios de Especialización en Gestión Pública, mi dilecto amigo Carlos Peña Torres fustigó mi patriotismo barranquillero durante una intervención académica. En ese momento le respondí:

“Mi querido amigo Peña: Es cierto que no nací en esta ciudad, pero aquí me formé como estudiante, pues el colegio Liceo de Cervantes me confirió el título de Bachiller. Aquí sembré unas excelentes relaciones comerciales en el comienzo de mi actividad profesional. Tengo dos bellos hijos que se enorgullecen de ser barranquilleros. Mi lucha diaria por la vida la hago en Barranquilla y actualmente usted, estos compañeros y yo, nos seguimos formando en Barranquilla. ¿Necesita usted otra prueba de mi amor ciudadano por esta ciudad?”.

Por toda respuesta recibí una carcajada colectiva aprobatoria de mis compañeros. Pero en realidad, no fue una improvisación. Era una respuesta que tenía escondida en un rincón de mi memoria, especialmente diseñada para cuando algún impertinente quisiera poner en duda mi amor por la ciudad donde me hice hombre. Y Carlos Peña me dio la papaya.

 

Orlando Cuello Gámez

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