Hay historias que necesitan muchas páginas para anunciar su desgracia. Otras, en cambio, revelan desde la primera línea que todo está perdido. Gabriel García Márquez lo hizo en Crónica de una muerte anunciada: antes de que el lector conozca las calles, los presagios y los culpables, ya sabe que Santiago Nasar va a morir.
Roberto Calderón Cujia, lector sensible y compositor extraordinario, encontró en aquella manera de narrar una puerta para entrar a su propia tragedia. Una noche, mientras compartíamos y hablábamos de canciones, el autor de Luna sanjuanera me confesó que el comienzo de “Esta es mi historia”, había nacido bajo la influencia de Gabo.
La revelación no sorprende. En las canciones de Roberto Calderón hay una arquitectura narrativa que va mucho más allá de la inspiración repentina. Sus letras tienen personajes, escenarios, silencios, giros, tensión y desenlaces. No se limitan a contar el amor: lo convierten en argumento, lo sitúan en un tiempo, lo rodean de testigos y lo conducen, casi siempre, hacia una imagen que queda viviendo en la memoria.
Esta es mi historia comienza cuando todo ha terminado: “Terminó el padre la misa”. La frase no abre una celebración, sino una condena. Los novios ya están casados y el protagonista llega demasiado tarde, aunque se encuentra sentado en la última banca, viendo cómo la mujer que hasta una hora antes era suya responde que sí frente a otra persona.
Desde el primer verso conocemos el desenlace. No esperamos saber qué ocurrirá, sino entender cómo pudo ocurrir. Allí está el parentesco con la novela de García Márquez: el final anticipado no elimina el misterio, lo profundiza. El lector sabe que Santiago Nasar morirá; el oyente sabe que la mujer se ha casado. En ambos casos, la fuerza de la narración está en acompañar a los personajes hacia una desgracia que ya ha sido anunciada.
Roberto Calderón escoge además un escenario perfecto: una iglesia llena de gente. Todo allí está dispuesto para la felicidad de otros. El sacerdote hace las preguntas rituales, los invitados observan, las copas esperan el brindis y la luna parece participar de la ceremonia. Solo un hombre conoce la verdadera dimensión de lo que está sucediendo.
Está sentado atrás, como si su lugar físico representara también su lugar en la vida de aquella mujer. Desde allí siente el impulso de levantarse y revelar lo que nadie sabe. Quiere gritar que ella todavía lo ama. Pero permanece quieto.
Ese silencio es el centro dramático de la canción.
En muchas historias de amor, los personajes sufren por lo que dijeron. En esta, el protagonista queda condenado por lo que no fue capaz de decir. Tuvo la verdad en la garganta, pero la dejó morir frente al altar. Se contuvo ante la multitud y permitió que el rito avanzara hasta convertirse en destino.
La escena tiene una belleza dolorosa. Mientras la novia pronuncia el sí, el antiguo amor se desmorona en la última banca. Mientras unos lloran de alegría, él llora su propia derrota. La ceremonia reúne dos emociones contrarias: para casi todos es el comienzo de una vida; para él, el entierro de una historia.
La genialidad de Roberto Calderón aparece también en las imágenes con las que explica lo inexplicable. “Las cosas no son del dueño”, pregunta con amargura. Luego recurre al tiquete, al avión, al equipaje y al pasajero inesperado. El nuevo esposo llegó tarde a la historia, pero fue quien terminó emprendiendo el viaje. No compró el tiquete, no llevaba equipaje y, sin embargo, ocupó el lugar que parecía reservado para otro.
Esa metáfora tiene la sencillez de las grandes frases populares. Se entiende de inmediato, pero sigue creciendo después de ser escuchada. El amor aparece como un viaje para el cual uno se prepara durante años y que, de pronto, termina realizando un desconocido.
El protagonista, en cambio, queda en tierra.
Más adelante ocurre otro detalle de enorme fuerza narrativa. Una mujer pregunta por él, convencida de que era quien debía estar junto a la novia. Entonces ella levanta la mirada y lo busca entre la gente. Para ese momento, él ya no está.
El protagonista abandona el lugar porque existen derrotas que no admiten testigos. Puede soportar que ella se case, pero no permanecer allí para ver cómo todos celebran lo que para él constituye una desgracia.
Esta es mi historia es mucho más que una canción de despecho. Es un cuento cantado. Roberto Calderón construyó una narración completa con economía de palabras, precisión de imágenes y una admirable capacidad para sostener la tensión. No desperdició versos explicando lo que podía mostrar. Puso al oyente dentro de la iglesia, lo sentó en la banca de atrás y le permitió sentir el grito que nunca llegó a pronunciarse.
Los Hermanos Zuleta hicieron de esa historia una pieza inolvidable. En sus voces, el dolor encontró la solemnidad necesaria para no convertirse en lamento menor. La interpretación conserva la dignidad del hombre que pierde en silencio y convierte su desgracia personal en una emoción colectiva.
Tal vez allí reside el verdadero talento de Roberto Calderón: contar una experiencia íntima de manera que todos terminemos reconociéndonos en ella. Porque casi todos hemos llegado tarde a alguna parte. Casi todos hemos callado una verdad por miedo, orgullo o prudencia. Casi todos hemos visto partir un avión para el cual creíamos tener comprado el tiquete.
García Márquez anunció una muerte en la primera línea de una novela. Roberto Calderón anunció un matrimonio en el primer verso de una canción. El uno nos condujo por las calles de un pueblo que sabía demasiado; el otro nos llevó hasta una iglesia donde solo un hombre conocía toda la verdad.
Uno contó la muerte de Santiago Nasar. El otro, la muerte de un amor.
Y lo hizo con tanta belleza, con tanta imaginación narrativa y con tan dolorosa precisión, que aquella historia que le ocurrió a un hombre terminó perteneciéndonos a todos.
José Jorge Molina Morales

