HEY LOCO, NO DISPARES

Hasta el último instante de su vida el profesor Alfredo Correa de Andreis pensó que podría persuadir con su palabra a los violentos por eso gritó al sicario que le apuntaba con un arma: Hey loco, no dispares recibiendo dos balazos mortales como respuesta. Era el 17 de septiembre del año 2004. Ese día un grupo de investigadores sociales estábamos reunidos en Cartagena cuando llegó la noticia de su muerte. Desde hacía varios meses Alfredo había sido objeto de seguimientos y acusaciones públicas que culminaron en su detención por parte de agentes del Estado y aunque fue liberado sus poderosos perseguidores no descansarían hasta darle muerte. Alguien comentó entonces que la secuencia de esas escenas formaba parte de un guion siniestro en el que el informante señala, el fiscal acusa, el juez libera y el sicario mata.

Años antes le había conocido en un evento académico en Santa Marta. La primera impresión que me dio fue la de ser una mezcla de explorador británico, hippie jubilado y capitán vikingo. Irradiaba una capacidad de afecto y un pacifismo intrínseco tales que demolían las más afincadas prevenciones humanas. No le vi sino una o dos veces más, pero bastaban unos pocos minutos con él para que alguien se sintiera su amigo de toda la vida. Escoger a alguien con esas cualidades humanas y académicas para asesinarle solo pudo ser parte de una forma perversa de modulación del terror cuyo aciago mensaje iba también dirigido a intimidar a una comunidad humana muy amplia. Seguridad y terror eran entonces palabras intercambiables.

Hace pocos días la Universidad del Norte, a la que estuvo vinculado como docente, inauguró la Casa de estudios Alfredo Correa de Andreis un edifico moderno, grande e imponente que será un espacio para la lectura, la investigación y el debate de ideas libre y pacifico propio de los claustros universitarios. En ese lugar consagrado al pensamiento él se habría sentido a gusto. La tolerancia, afirmó el rector Adolfo Meisel en el acto de inauguración, fue su legado más importante. Las elocuentes y la vez lacerantes imágenes del maestro Cristo Hoyos nos recuerdan rasgos de su vida, elementos como mochilas y papeles que le fueron inherentes. Unas familiares baldosas del Caribe manchadas y profanadas por unas botas oscuras registran la forma infame en que terminó su vida.

Ese homenaje a su vida y a su obra como sociólogo y docente se enmarca en lo que se ha llamado la dimensión ética de la memoria.  La memoria publica es indisociable de la democracia pues no existe tan solo la víctima y su familia, sino que la principal víctima es la sociedad en su conjunto. No basta con dar excusas a los familiares acerca de los actos abominables. El Estado tiene el deber de expresar en acciones concretas esta memoria social a través de conmemoraciones, monumentos, museos, libros documentales y otros tipos de registros. Estas acciones deben recordarnos ese pasado de inhumanidad siempre expuesto a la negación y a los abusos del olvido que buscan la perpetuación de la impunidad.

Weildler Guerra Cúrvelo

wilderguerra@gmail.com

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