HONRANDO MIS RAÍCES

Hace unos días, hablaba con mi esposo acerca de los usos y costumbres de nuestro territorio, las coincidencias y similitudes; siendo él, Wayúu y yo más cercana a las costumbres de los pueblos de La Sierra Nevada, sobre todo los Wiwas, siendo yo, nacida y criada en La Peña, corregimiento de San Juan del Cesar.

San Juan del cesar es el municipio que cobija el   territorio Wiwa en el sur de La Guajira, lo constituyen:  Potrerito, el Machin, Sabanas de Joaquína,  Marocazo, Ulago, La Peña de Los Indios, siendo la Capital, o principal asentamiento de este pueblo indígena, Achinticua, en mediaciones de La Sierrita; Sierra Nevada de Santa Marta, en predios de La Guajira.

El Maguey es un cultivo espontaneo en la zona y los Wiwas son expertos en la extracción y procesamiento  de esta fibra que usan para la elaboración de todo tipo de artesanías que les sirve para el ejercicio de diferentes acciones en su diario vivir: Chinchorros e Icos (Mecate), para dormir o descansar; Mochilas de todos los tamaños, para todo uso; las pequeñas para la hoja de Hayo o Coca, una un poco más grande para el Poporo, y la de tamaño tradicional para lo que todos llevamos en un bolso de calle: el teléfono, las llaves, documentos, etc.,  las mochila grandes y sacos para cargar los productos de la cosecha y una mochila especial del tamaño de un bebé de meses,  que fue el primer kanguro o carga bebé que conocí; solo que las mujeres Wiwas no cargan a los bebés en el pecho, sino en la espalda, sentaditos en la mochila, colgada en la cabeza. También usan el fique para fabricar el freno, la cincha, y las gruperas para los burros, entre otros.

Durante sus largos viajes caminando, desde cualquiera de estos pueblos hasta llegar a San Juan del Cesar, los Wiwas solo suben a los burros las cargas de producto y a niños pequeños de 2 a 4 años, todos los demás caminan, los hombres delante de los burros y detrás de las bestias las mujeres y los niños.  Sus arrias de burros bajan cargados de malanga, plátano Dominico y Serranos, guineos Chombo, maíz, jengibre, aguacates, café, panela, alfandoque y fibra de maguey; que van intercambiando en cada pueblo, incluido La Peña, mi pueblo. Ahí los conocí, cuando llegaban a la tienda a intercambiar sus productos, con la comadre, es decir mi mamá, que les bautizó a mi amado Joseito.  Recuerdo el día que regresé de mi primer semestre en la U, me encontré con ese niño de unos 10 años, con esa carita Wiwa bellísima, se me inundó de ternura el alma, lo abracé fuerte, lo besé, pero mi Joseito no estaba acostumbrado a esas demostraciones de afecto y soltó el llanto. ¡Que susto me llevé!! Pero de ahí en adelante no me soltaba la falda. ¡Nos amamos!! Aunque hace rato no nos vemos. Creció.

Los Wiwas, nos enseñaron a comer malanga, plátano, verde cocidos, dominicos, serranos y chombos amarillos asados, iguana, bollos, arepas y masamorra de maíz. También nos enseñaron el arte de la hilandería y la tejeduría del fique; hecho que agradecimos toda la vida, pues nos permitió subsistir durante los tiempos malos; esos años en los que las lluvias tempranas y tradias, no acompañaron la siembra y nos dejaron sin cosecha de algodón, sorgo, ajonjolí, maíz, frijol.

Eran los difíciles años 70, antes que llegara la época de la marimba, al poblado, que por un tiempo fue la solución, hasta que se convirtió en una maldición. En esos años que no llovía, el único sustento de las familias de los pueblos ubicados en las estribaciones de la Sierra Nevada, era el intercambio de mochilas de fique por comida. El dicho “el que no trabaja, que no coma” se hizo ley, todos en las casas trabajaban hasta obtener al menos dos o tres mochilas para la comida del día.

Es un maravilloso proceso. Bueno, así lo veo hoy, ¡en esos tiempos era duro!! ¿Quién se quiere levantar a la tercera vigilia, aunque se haya dormido a las 9:00 de la noche? ¡Nadie!! ¿Y si una apenas tiene 5 años?  menos!! Pero nadie podía seguir durmiendo, el día tenía que rendir y mi madre sí que sabía cómo despertarnos.

– Upa! ¡Upa! Párense, ¡que es tarde!! Pasaba a palmearnos las piernas y sacudiendo la hamaca de cada uno.

Ese era como el primer timbre del despertador, que ahora tenemos el placer de aplazar 10 minutos más; con mi mamá era lo que duraba cepillarse los dientes y lavarse la cara; no más de dos minutos.  Regresaba con los improperios listos para dispararlos, sus gritos despertaban a un muerto.

– ¡Arriba, arriba, arriba, vamos levántense todo el mundo, aquí el que no trabaja no come!!  ¡Upa! ¡Upa!  que aquí ninguno es rico, párense que estamos atrasa’os!

Este era el pan de cada día aunque de forma y con protagonistas diferente, en cada casa de mi pequeño villorrio, un precioso valle creado por las estribaciones de la serranía del Perijá y de La Sierra Nevada de Santa Marta, allá donde se unen estas dos señoras sierras a conversar de manantiales, riachuelo, helechos, calagualas, trinitarias, margaritas, rosas finas, lirios y heliotropos, allá donde se forma La Esquina De La Primavera, según mi amigo el Nobel: Luis José.

Hombres y mujeres, ancianos, adultos, jóvenes y niños, después de agradecer a Dios por seguir vivos, cada madrugada entregaban sus primeras horas de vigor a la hilandería del Fique, para producir cabuya de diferentes calibres, que luego transformarían en artesanías, principalmente mochilas.

Yo no hilé, no tejí, no hice gasa, y solo en algunas ocasiones di cadejo. Quise revivir el proceso con expertas y me encontré que hay una familia en La Peña, que aún practican el oficio. Rosario Inés (Nen) y sus hijas Ana Clara (Anita), Julia Elena (Juya), María Luisa ( La Iño) , Margarita Rosa (Margó) .

– Nos levantábamos a las 3:00 de la mañana, había que producí’ la cabuya temprano, para cambiar las mochilas por comida. A las 10:00 a.m. había que poner el almuerzo para ir al colegio a la.1:00 p.m.

– Que pasos lleva? Le interrlgué

– En la noche se echa el maguey en agua para suavizarlo, en la mañana se penquea (Se le pega con el canto de la mano) para quitar el maguey enreda’o y se abre, pa’ que sea más fácil sacar los cadejos. Ahí se empieza a hilá, con la carrumba, (se unen los cadejos unos con otros, moviendo el palo hacia abajo, hasta lograr una cuerda delgada y larga, se van dejando tendidas en orquestas.   Cuando se terminan de hilar las cuerdas que salgan de la libra de maguey, se hace el corchado, que es doblar la cuerda en dos y darle al palo de la carrumba en sentido contrario a la hilada, hacia arriba. Se recoge la cabuya en la carrumba y se hacen madejas del tamaño de un codo, (porque se saca de la carrumba sosteniéndola del dedo grande (Pulgar) al codo). En ese momento, ya están disueltas en agua caliente las anilinas (pintura para cabuya) de los colores que se vayan a trabajar (amarillo, azul, magenta y negro) también se hacían mezclas para sacar verde, naranja, morado, rojo. Hoy en día ya hay de todos los colores. Después de teñir la cabuya, se cuelgan para que se seque y luego se hacen pelotitas de cada color, así es más fácil manejarlas para tejer. Mientras la cabuya se seca, se van haciendo los platos (fondos), todos blancos, de la cabuya que no se tiñe; cuando están listos los platos se empieza a subir la mochila con cabuya de colores, al final se cierra con un tejido diferente, al que llamamos boca y mientras unos vamos tejiendo, otros van haciendo las gasas (asas para colgar la mochila).  Se les pega la gasa y corriendo pa’ donde Chayo, Alcira Ana y La Güelita a cambiarlas por carne, pescado, queso, pan huevos, más maguey y anilina, según lo que se necesitara. Me explicó Anita, esposa de mi tío Milton, hijo de La Güelita.

– Ani, yo recuerdo a un señor que se quedaba en la casa, de cabeza rambada o calvo, olía a polvo mexana y menticol. Recuerdo que carraspeaba la garganta y decía caraja Pepe, era como un tic nervioso; creo que se llamaba Patrocinio. ¿El compraba mochilas?

– Si.  Patrocinio, tu mamá le recogía mochilas a él. Ella le mandaba la lista de lo que queríamos y el venía con los artículos y se llevaba las mochilas. No compraban intercambiaban, nosotros no veíamos plata de mochila, recibíamos ropa, telas, zapatos, y las que cambiamos por comida. Respondió Anita.

Siempre que estoy hablando de un tema común a todos, pasó el tema al grupo de WhatsApp Unidos por ️ a La Peña y se va complementado el tema de forma mágica.  Pregunté, a quien más recordaban que adquiriera las artesanías de fique que hacía nuestra gente en los años 70.

– También intercambiaban un señor de apellido Navarro y Luis Murgas.  A Luis Murgas lo conocí alojado donde Rita Poncho, también cambiaba artesanías de fique por ropa, zapatos y demás, dejaba fia’o y era de un decente para cobrar, recuerdo que era adventista y algunas fechas no recibía plata, fue muy querido. Respondió el abogado peñero, Enrique Cataño, que tiene una memoria histórica pañera  fantástica.

– Luis Murgas no era el fotógrafo?  Al que decíamos “Mamquito Luis” pregunté a las hijas de Nen, con las que estábamos sentadas debajo del árbol de Maíz Tostado, o Lluvia de Oro, frente a la Casa de mi amada Nen; evocando recuerdos de Esos bellos tiempos idos. Yo recordé aquella tarde en que llegué del colegio y me cambiaron muy rápido el uniforme por un vestido, para que nos tomarán una foto de conito a toda la familia. Era el “Manco Luis” no sé cuál de mis hermanos guarda esas reliquias fotográficas.

– El mismo Nora. Le cambiamos las mochilas por la ropa para las fiestas patronales y ahí mismo se incluía el pago de la foto del recuerdo, estrenando. Creo que en cada casa de La Peña debe haber un manojo de conitos, con nuestras fotos cumbos, con nuestra ropa nueva. En la casa todos tejíamos, pa’ estrená. Dijo Margó, la menor de las hijas de Nen.

– Tu en que eras buena Margó? Le pregunté.

Todos éramos buenos en todo. Pero Nen era mejor haciendo los platos y las gasas, Julia era la que tejía más rápido y “La Iño”, “El Mono” mi hermano también tejía muy bien y rápido, yo tejía más lento pero muy pulido, igual que Anita; ahí nos ayudamos unos a otros, se metían unas mochilas con otras. Tu sabéi que se iban metiendo en una tabla ovalada, una dentro de otra hasta completá la docena y las dos o tres mejores iban de último, pa’a llama la atención.

-Todavía Tejen, ¿Margó? Pregunté

– Todavía tejemos Anita, Julia y yo… y Nen, sino que se nos ha enferma’o, pero ahí tiene su mochila empezá’, ella dice que la va a terminá’.

Dios le dé vida a Rosario Inés, mi amada Nen para terminar esa y muchas mochilas más.

Las mochilas de La Peña eran famosas y sus tejedoras ganadoras de premios, como mi tía Elina Cataño, que ganó por más de tres veces el festival del fique.

-No volvió a participar porque no le pagaban el premio. Pero sus mochilas eran de renombre, tanto que para un encuentro de Juntas de acción comunal que se dio en Bogotá, los representantes de San Juan del Cesar le llevaron al presidente Misael Pastrana Borrero, una mochila tricolor tejida por mamá, a la que tío Guillermo Cataño, que tenía arte en las manos le bordó un escudo de Colombia. No sé si aún exista, pero era muy linda. Me contó su hija Fénix de Jesús Arocha.

Hoy por hoy las pocas tejedoras que quedan compran la cabina lista para tejer y si se venden las mochilas ($150.000, la docena) y participan en la sala de artesanías del Festival de La Patilla, no sólo con mochilas y Chinchorros que es lo tradicional, han evolucionado a bolsos, monederos, cartucheras, tapetes, individuales, centros de mesa, sandalias entre otros.

– Y les pagan los premios? Le pregunté a Anita.

-Si!! ¡Aquí si nos pagan! Nos reímos un poco haciendo chiste de la centenaria rivalidad entre los dos pueblos.

– Vas a participar este año?

– No sé. Nen está delicada y hay que dedicarle tiempo. Pero ojalá vengan muchos artesanos y haya buena competencia.

Un homenaje a todos los peñeros que se ganaron la vida tejiendo mochilas de fique, en el tiempo en que las lluvias se fueron. Los mismos que hoy siembran patillas. Las mejores del planeta tierra. A propósito, los invito a que disfruten del lugar más bello del mundo en sus festividades, 1,2 u 3 del proximo mes de julio; ¡celebrando la cosecha de patilla!!  A comer patilla en todas sus presentaciones, a ver las carreras de caballos, a ver y comprar artesanías, a disfrutar las canciones lindas, la genialidad de los repentistas y a los niños acordeoneros; En La Peña, Dulce como el corazón de la patilla, producto de nuestra tierra.

Noralma Peralta Mendoza

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5 comentarios de “HONRANDO MIS RAÍCES

  1. Victoria D dice:

    Este artículo debe llamarse la gota que llena el vaso … por la forma como viene hilando cada palabra hasta hacer la mochila más linda de la tierra y parece que al final saliera corriendo a venderla Te Amo Hermana Mía

    • María Margarita Daza Maestre dice:

      Muy buen tejido de experiencias y narrativas que transportan y reviven el ayer, pero que también nos invitan a valorar la raises, las costumbres y valores como pueblo y como miembros de una región que vivió y vive con el alma cada pieza de su cultura… Buena crónica

  2. Jorge Mendoza dice:

    Esta mañana no sé para dónde salió el mensaje pero como es la segunda vez que leo la crónica, vale… 🤪Gracias por transportarme a ésa tierra hermosa. Al leerlo de mi memoria volvieron a mi corazón: Celedonia, mi madre inolvidable, Fénix, Guelita, Nen… Y de tu relato vienen a mi imaginación Joseíto, los indígenas, el Manco Luis y hasta el olor a Menticol y Mexana de Patrocinio, el calvo… 😄… En fin… Gracias por no permitirnos olvidar 🤗…mucho te quiero, te abrazo con inmenso cariño hoy como siempre.

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