Lo leí sin pausas. En Colombia aún no circulaba ningún ejemplar traducido y el libro llegó a mis manos por esas casualidades que luego parecen destino. Mi entrañable amiga, Jenny Uhia Carrillo – entonces docente del colegio bilingüe – lo tenía porque el rector, recién regresado de sus vacaciones en Europa, lo había traído consigo y se lo prestó con especial recomendación: decía que era una novela que escudriñaba la obra artística de Leonardo da Vinci, y ella es pintora, formada en el oficio silencioso del color.
Nos lo mostró a un pequeño grupo de amigos y lo fuimos leyendo por turnos de tres días, porque debía devolverlo pronto. Recuerdo esas jornadas aceleradas, leyendo a contrarreloj, y las reuniones posteriores en las que hablábamos solo de eso, de la obra de Dan Brown, de sus claves, de sus símbolos, de sus provocaciones. Corría el año 2003 y aquella lectura no fue un punto de llegada, sino de partida: abrió una curiosidad que no era solo literaria.
Se trataba de El Código Da Vinci, la novela que terminaría empujándonos a una cadena de lecturas y conversaciones que todavía hoy recuerdo.
Vinieron entonces lecturas complementarias – El enigma sagrado, El legado mesiánico, María Magdalena y el santo grial-, además de textos sobre los caballeros templarios y los rollos de Qumrán. En todos ellos, la idea de un Jesús unido a María Magdalena aparecía de manera recurrente: a veces como hipótesis histórica, otras como símbolo espiritual, muchas como provocación narrativa.
Por eso, cuando recientemente el presidente Gustavo Petro sugirió que Jesús amó y que “seguramente” pudo haberse casado con María Magdalena, no me sorprendió la afirmación. Me sorprendió, eso sí, la reacción: redes sociales incendiadas, púlpitos incómodos, comunicados airados y una avalancha de juicios morales que dicen más de nuestra relación con lo sagrado que del contenido mismo de la frase.
Sin embargo, conviene decirlo con claridad: esta idea no nació en una alocución presidencial.
Más allá de las novelas y de los best sellers que acercaron estas ideas al gran público, existe un campo amplio de estudios históricos, lecturas simbólicas y corrientes esotéricas que desde hace mucho tiempo vienen interrogando la figura de Jesús y el lugar de María Magdalena en el cristianismo primitivo. Con mayor o menor sustento académico, esas aproximaciones coinciden en una cosa: proponen una relectura del relato tradicional y sugieren vínculos más estrechos entre ambos personajes, incluso la posibilidad de una herencia espiritual – y para algunos, también biológica – preservada en antiguas tradiciones.
A este corpus se suman los llamados evangelios apócrifos, especialmente algunos textos gnósticos, donde María Magdalena aparece no solo como discípula cercana, sino como figura con un rol espiritual privilegiado. Para ciertos estudiosos, esto sugiere una intimidad especial; para otros, simplemente revela disputas tempranas por el liderazgo dentro del cristianismo primitivo. Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es que vuelva al centro del debate público porque un presidente lo menciona.
Ahí está el verdadero asunto.
No discutimos tanto si Jesús pudo amar – una afirmación que, paradójicamente, debería resultar natural en una tradición que lo concibe plenamente humano -, sino quién lo dice y desde dónde lo dice. Cuando la reflexión proviene del poder político, muchos la leen como provocación. Cuando proviene de un libro, se tolera como curiosidad intelectual. Esa diferencia explica buena parte del escándalo.
Pero vale la pena ir más allá del ruido.
Aceptar la posibilidad de un Jesús que ama no lo reduce; lo humaniza. No lo degrada; lo acerca. La idea de un Mesías incapaz de afecto, de vínculos, de ternura, responde más a construcciones dogmáticas posteriores que a los relatos originales. Un Jesús que ama – sea en sentido espiritual, simbólico o incluso conyugal – no contradice su mensaje central: lo profundiza.
Tal vez el debate debería desplazarse del morbo al significado. ¿Por qué nos incomoda tanto pensar en un Jesús humano? ¿Por qué preferimos un Cristo lejano, abstracto, desprovisto de emociones, antes que uno que conoce el amor, la amistad y la pérdida?
La literatura lleva años haciéndose esas preguntas. La teología también. La historia, por supuesto. Lo único realmente novedoso es que ahora la política las puso sobre la mesa.
Y quizás ese sea el aporte involuntario de esta controversia: recordarnos que la fe, la cultura y el pensamiento crítico no son compartimentos herméticos. Que las figuras fundacionales de la humanidad siguen siendo interrogadas, reinterpretadas y resignificadas. Y que, nos guste o no, Jesús continúa siendo un territorio vivo de debate.
Porque al final, más allá de Petro, de los libros y de las reacciones airadas, queda una certeza incómoda: lo dicho por el presidente no hiere la figura de Jesús. Lo que realmente queda expuesto es el ego de quienes se sienten ofendidos. Un Cristo capaz de amar no pierde grandeza; la pierde, en todo caso, una fe frágil que se resquebraja ante la sola idea de su humanidad.
José Jorge Molina Morales

