LA CRÓNICA DE LA OTREDAD

Hay una enfermedad que no aparece en los boletines epidemiológicos del Ministerio de Salud, pero que tiene una larga historia en nuestra cultura. No da fiebre, no da tos, pero provoca una comezón insoportable en el dedo: ese que se usa para señalar, para excluir en los sistemas sociales y para apuntar el arma —verbal o física— al prójimo. Me refiero a la crónica «alergia a la otredad».

En los libros de filosofía, la otredad es ese concepto elegante que nos recuerda que existe otra existencia con igual dignidad que la propia. En la Colombia de 2026, la otredad se ha convertido en sinónimo de amenaza existencial. Si alguien piensa distinto a ti, no es que tenga un criterio diferente; es que es un enemigo de la patria, un terrorista disfrazado, un fascista de corbata o un salvapatrias de mentiras. Hemos profesionalizado el odio con la eficiencia de una multinacional.

Basta sentarse en una cafetería de capital o de ciudad regional, desde Riohacha hasta Pasto, pasando por este valle intermedio donde escribo, para escuchar la sinfonía del desencuentro. Antes, la gente discutía por fútbol. Si el Millonarios perdía, el del Nacional se reía, se tomaban una cerveza y listo. Hoy, si el del puesto de al lado vota por un color político, es un apestado. El WhatsApp familiar, ese campo minado digital, se ha coronado como la reina del desencuentro: el tío que antes nos contaba chistes ahora reenvía cifras de los falsos positivos y la prima riposta con el número de los secuestrados por la guerrilla izquierdista.

La sátira de esta tragedia es que creemos ser muy originales odiando. «Es que es por principios», dice la gente. ¿Principios? Por favor. Muchos odian al «otro» no por sus ideas, sino por su acento, por su código postal o por la marca de la camisa. En la política nacional, la polarización izquierda-derecha es el telón de fondo perfecto para que las élites sigan robándonos mientras nos enfrentamos unos a otros por ver quién es más «castrochavista» o más «uribista». Es el truco de magia más viejo del mundo: mientras el conejo —el pueblo— mira la varita —el odio—, la mano libre —la élite— se mete los recursos al bolsillo.

Y qué decir de lo regional. Aquí, en las regiones, el odio tiene el sabor local. Al «rolo» lo odiamos porque cree que Colombia empieza y termina en la Calle 100; al «costeño» lo miran con recelo porque «muy bacán, pero trabajo no»; al «paisa» lo desprecian porque «todo lo quiere comprar». Pero ahora, esas bromas de cantina se han convertido en muerte civil. Si eres del sur y piensas como el norte, eres un traidor. Si eres del norte y piensas como el sur, eres un infiltrado.

Lo peligroso, lo verdaderamente grave de este asunto, es que hemos comenzado a normalizar el absurdo y a justificar lo injustificable. Cuando el otro deja de ser un ciudadano con problemas similares a los nuestros —desempleo, salud, educación— y se convierte en un «enemigo a abatir», la democracia se nos escurre entre los dedos como agua sucia. Somos constructores de un país de islas incomunicadas, donde el puente no se tiende para cruzar, sino para cortarle el paso al diferente.

Me da risa, una risa amarga, ver a los líderes llorando por la unidad nacional en los mítines, mientras desde sus plataformas digitales despedazan a quien se atreva a matizar su posición. Quieren la unidad, pero solo si es una unidad de adhesión ciega, de rebaño.

Recuperar la otredad no significa estar de acuerdo con todo. Significa reconocer que el que piensa distinto no es un mal ciudadano, sino alguien que ve el mundo desde otra ventana. Significa entender que, en este país, el de izquierda y el de derecha hacemos fila en el mismo banco, nos varados en el mismo hueco de la vía y tememos por el futuro de los mismos hijos.

Ya es hora de dejar de ver al otro como un espejo deforme de lo que tememos ser, y empezar a verlo como lo que es: un compañero de naufragio en este barco llamado Colombia que, si seguimos empeñados en hundir con nuestras propias manos, nos llevará a todos al fondo, sin distinción de trincheras. Entretanto, seguimos aquí, en la esquina de la espera, aguardando el día en que los dinosaurios del odio se extingan solos.

 

 Arcesio Romero Pérez

Escritor afrocaribeño

Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI

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