La Guajira no solamente es tierra de grandes riquezas naturales, de paisajes exuberantes, de cultura ancestral y de una identidad que nos llena de orgullo. Es, además, un territorio estratégico para el presente y el futuro energético de Colombia. Por eso, comparto plenamente la reflexión de nuestro pensador guajiro Manuel Sierra Deluque, quien ha puesto sobre la mesa una afirmación de enorme trascendencia: La Guajira es el epicentro de la seguridad energética de Colombia.
Y no se trata de una frase para alimentar el regionalismo ni de una expresión cargada de sentimentalismo guajiro. Es una realidad geopolítica, económica y energética que el país debe comprender en toda su dimensión. Nuestra península posee recursos naturales, infraestructura estratégica y una posición geográfica privilegiada que pueden convertirla en una de las principales plataformas de abastecimiento energético de la nación y de integración con Venezuela.
Durante décadas, Colombia ha mirado a La Guajira como una despensa de recursos naturales, pero no siempre ha entendido que detrás de cada tonelada de carbón, de cada yacimiento de gas y de cada corriente de viento existe una oportunidad para transformar la economía regional, generar empleo, atraer inversiones y construir bienestar para sus habitantes.
Hoy tenemos una noticia que merece ser recibida con optimismo y visión de futuro. El Gobierno Nacional incluyó la recuperación del Gasoducto Binacional Antonio Ricaurte entre los Proyectos de Interés Nacional y Estratégico (PINES). Esta decisión representa un paso trascendental para recuperar una infraestructura que conecta a La Guajira con la región del lago de Maracaibo, en Venezuela, y que permaneció durante más de una década sin operar.
El gasoducto tiene 225 kilómetros de longitud, de los cuales 88 corresponden al territorio colombiano y 137 al venezolano. Su capacidad operativa alcanza los 450 millones de pies cúbicos diarios de gas natural. Estamos hablando de una infraestructura que podría aportar cerca de la mitad del consumo diario nacional si llegara a funcionar a plena capacidad. En una primera etapa, Ecopetrol contempla importar 50 millones de pies cúbicos diarios.
Esta posibilidad abre una ventana de oportunidades para Colombia y, particularmente, para La Guajira. Significa recuperar la conexión energética con Venezuela, diversificar las fuentes de abastecimiento, reducir la dependencia de las importaciones de gas natural licuado y buscar alternativas que permitan ofrecer energía a precios más competitivos para los hogares y el sector productivo.
Manuel Sierra Deluque tiene razón cuando reivindica el papel protagónico de nuestro departamento. La Guajira no puede seguir siendo considerada simplemente una región periférica del territorio nacional. Somos una pieza fundamental del rompecabezas energético colombiano. Nuestra ubicación geográfica nos convierte en un puente natural entre Colombia, Venezuela y el Caribe, una condición que debemos aprovechar con inteligencia, planificación y liderazgo.
Pero nuestra riqueza energética no termina en el gas natural. Allí están las posibilidades de exploración y producción de hidrocarburos, el potencial de energías renovables, los inmensos corredores de viento de nuestra península y las posibilidades de generación solar. La Guajira tiene condiciones excepcionales para convertirse en una potencia energética de Colombia, siempre que exista una política pública que articule las diferentes fuentes de generación y garantice que sus beneficios lleguen a la población.
No podemos olvidar que durante muchos años el departamento ha aportado enormes riquezas al desarrollo nacional mediante la explotación del carbón de Cerrejón y la producción de gas natural. Sin embargo, esa contribución histórica no se ha traducido en los niveles de desarrollo social que merecemos. Todavía tenemos comunidades sin agua potable, dificultades de conectividad, necesidades de infraestructura y profundas brechas de pobreza. Esa contradicción debe terminar.
Por eso, la seguridad energética debe ir acompañada de justicia territorial. No es suficiente que por nuestro territorio transiten los recursos que necesita Colombia. También necesitamos que las inversiones generen empleos para los guajiros, oportunidades para nuestros jóvenes, contratación para nuestras empresas, transferencia de conocimiento y fortalecimiento de las finanzas departamentales y municipales.
La recuperación del Antonio Ricaurte debe convertirse, además, en una oportunidad para dinamizar la economía de La Guajira. La rehabilitación de esta infraestructura demanda mano de obra, servicios especializados, logística, inversión y articulación institucional. Riohacha, Maicao, Uribía y los municipios de nuestra península deben mirar este proyecto como una posibilidad de integrarse a una nueva dinámica económica fronteriza.
Por supuesto, no podemos confundir una declaración de interés estratégico con una obra terminada. Todavía hay importantes desafíos técnicos, financieros, diplomáticos y jurídicos. Ecopetrol ha señalado que será necesario rehabilitar la infraestructura y obtener las autorizaciones correspondientes, incluida la licencia de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos (OFAC). El verdadero éxito estará en pasar de los anuncios a las obras y de las expectativas a los resultados.
También debemos entender que la integración energética entre Colombia y Venezuela requiere voluntad política, seguridad jurídica, cooperación binacional y reglas claras. Las diferencias entre gobiernos no pueden convertirse permanentemente en obstáculos para aprovechar oportunidades que beneficien a millones de ciudadanos. La energía debe ser un instrumento de integración y desarrollo, no una víctima de las confrontaciones políticas.
En este escenario, resulta valioso que voces guajiras como la de Manuel Sierra Deluque contribuyan a poner sobre la mesa los grandes debates nacionales. Necesitamos pensadores que miren más allá de las coyunturas electorales, que interpreten las transformaciones económicas y que sean capaces de identificar las oportunidades estratégicas de nuestro territorio. Su planteamiento merece respaldo, discusión y, sobre todo, atención de quienes tienen responsabilidades en la conducción del país.
La Guajira debe asumir este momento con una visión de largo plazo. La dirigencia política, los gremios empresariales, las universidades, las organizaciones sociales y los gobiernos territoriales tienen que construir una agenda energética común. No podemos permitir que las grandes decisiones sobre nuestro futuro se tomen sin escuchar a quienes habitamos este territorio. Debemos pasar de ser espectadores de nuestra riqueza a protagonistas de nuestro propio desarrollo.
El Gobierno Nacional tiene ahora la responsabilidad de convertir esta decisión en una realidad. La rehabilitación del gasoducto Antonio Ricaurte debe avanzar con transparencia, celeridad y responsabilidad. Pero también debe existir una estrategia integral que permita aprovechar el potencial gasífero, eólico y solar de La Guajira, sin desconocer los derechos de las comunidades indígenas, la protección ambiental y las necesidades de los municipios.
Colofón: Comparto y respaldo la afirmación de nuestro pensador guajiro Manuel Sierra Deluque: La Guajira es el epicentro de la seguridad energética de Colombia. Y agregaría algo más: somos también el epicentro de una oportunidad histórica para transformar nuestro destino. No queremos continuar siendo únicamente el departamento que entrega sus riquezas para que otros progresen. Queremos ser el territorio donde la riqueza energética se convierta en bienestar, desarrollo, empleo, educación, agua potable y dignidad para nuestra gente. Que el gasoducto Antonio Ricaurte sea el comienzo de una nueva era de integración y prosperidad. ¡La Guajira tiene con qué, Colombia debe reconocerlo y los guajiros tenemos que hacerlo valer!
Hernán Baquero Bracho

