LA IMPORTANCIA DE SER CONCEJAL EN COLOMBIA: ¿SE LA ESTAMOS DANDO?

En Colombia hablamos constantemente del presidente, los ministros, los gobernadores y los alcaldes. Analizamos sus decisiones, cuestionamos sus actuaciones y reconocemos el poder que representan. Pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una figura fundamental para el funcionamiento de nuestra democracia: el concejal.

Y entonces surge una pregunta que considero necesaria: ¿realmente estamos dándole a los concejales la importancia que merecen dentro de la estructura democrática de nuestro país?

No se trata de engrandecer un cargo por encima de los demás ni de desconocer que, como en cualquier escenario político, existen representantes que honran su responsabilidad y otros que dejan mucho que desear. Se trata de comprender que los concejos municipales son espacios donde se discuten decisiones que tienen consecuencias directas sobre la vida cotidiana de los ciudadanos.

Un concejal no es simplemente una persona elegida para ocupar una curul, asistir a sesiones o participar en actos protocolarios. Es un representante popular que integra una corporación con responsabilidades constitucionales y legales relacionadas con el desarrollo municipal, la regulación de asuntos locales y el control político de la administración.

Desde los concejos se estudian proyectos de acuerdo, se debaten decisiones presupuestales, se ejerce control político sobre la administración municipal y se abren espacios para discutir asuntos que afectan a las comunidades.

Pero existe una dimensión de esta labor que considero aún más profunda y que pocas veces recibe la atención que merece: el vínculo directo con la comunidad.

Si imagináramos la estructura política colombiana como una pirámide, los concejales estarían en su base, allí donde la institucionalidad se encuentra cara a cara con el ciudadano de a pie. Y no hablo de una posición inferior en importancia, sino de una cercanía privilegiada con las realidades del territorio. Son parte de los cimientos sobre los que se sostiene la representación democrática local.

El concejal puede ser, para muchas personas, uno de los primeros representantes públicos a quienes acudir cuando necesitan ser escuchadas. Es quien tiene la posibilidad de conocer de primera mano las dificultades de un barrio, las necesidades de una vereda, las preocupaciones de una madre cabeza de hogar, las solicitudes de los jóvenes o las inquietudes de los adultos mayores.

Mientras las grandes decisiones políticas se discuten en escenarios nacionales, buena parte de las necesidades ciudadanas se manifiestan en las calles, los corregimientos, los barrios y las conversaciones cotidianas. Es precisamente allí donde el concejal tiene la oportunidad de ejercer una de sus responsabilidades más significativas: escuchar y representar.

Porque, para muchos ciudadanos, la puerta del concejal es una de las más cercanas y accesibles dentro de la institucionalidad. No siempre es fácil llegar hasta un ministro, un congresista o un alto funcionario del Estado. En cambio, puede resultar más sencillo conversar con ese representante local al que conocen, encuentran en su municipio y pueden expresarle directamente sus preocupaciones.

Ahí radica una de las grandes fortalezas de los concejales: pueden ser el puente entre la voz del pueblo y los escenarios donde se toman las decisiones.

Un puente que debe funcionar en ambos sentidos: desde las comunidades hacia las instituciones, llevando sus necesidades, propuestas e inconformidades; y desde las instituciones hacia las comunidades, explicando decisiones, informando resultados y promoviendo la participación ciudadana. Ese puente no significa que el concejal pueda resolver por sí mismo todos los problemas, pero sí que puede escuchar, orientar, ejercer sus competencias y dar seguimiento a las respuestas de las autoridades responsables.

Por eso, cuando hablamos de fortalecer los concejos municipales, también estamos hablando de fortalecer ese vínculo humano que sostiene la representación democrática. Un concejal puede tener una curul dentro de un recinto, pero su responsabilidad de representación no termina en las paredes del Concejo. Se extiende hacia el territorio, hacia las personas y hacia las realidades que muchas veces no alcanzan a escucharse en los grandes escenarios del poder.

Y quizá allí esté una de las paradojas de nuestra democracia: quienes tienen la posibilidad de estar más cerca de las necesidades cotidianas del pueblo no siempre reciben la atención institucional y el reconocimiento público que corresponde a la responsabilidad que ejercen.

Sin embargo, tengo la impresión de que hemos reducido muchas veces la figura del concejal a una percepción equivocada: la del político que aparece en campaña, visita barrios, asiste a reuniones y luego desaparece del conocimiento público. Y aquí considero que existe una responsabilidad compartida.

Por una parte, la ciudadanía necesita conocer mejor las funciones de quienes elige. No podemos exigir resultados sin comprender cuáles son las competencias reales de cada autoridad. Un concejal no es un alcalde, no ejecuta directamente las obras municipales ni administra las dependencias de la alcaldía. Su responsabilidad es diferente, pero no por eso menos importante.

Por otra parte, los propios concejales tienen el desafío de dignificar su ejercicio mediante la preparación, el conocimiento normativo, la independencia, el control político responsable y una comunicación permanente con sus comunidades. Porque la importancia de un cargo no se demuestra solamente con las facultades que le concede la ley, sino con la responsabilidad con la que se ejerce.

También debemos hablar de algo que durante años ha sido subestimado en la política local: la comunicación. ¿Cuántos concejales desarrollan una labor seria, estudian, presentan iniciativas, participan en debates y hacen seguimiento a problemáticas de sus municipios, pero muy pocos ciudadanos conocen ese trabajo? Y, al mismo tiempo, ¿cuántos han confundido la visibilidad con publicar fotografías, asistir a eventos o aparecer permanentemente en las redes sociales?

El marketing político, entendido desde una perspectiva profesional y responsable, puede aportar herramientas para cerrar esa distancia entre el representante y la ciudadanía. No hablo de fabricar personajes, vender imágenes vacías ni convertir la gestión pública en un espectáculo digital. Hablo de comunicar con estrategia, construir una identidad pública coherente, explicar las actuaciones institucionales y permitir que las comunidades conozcan y evalúen el trabajo de sus representantes.

Porque hacer política también implica saber comunicar, pero comunicar nunca puede reemplazar el deber de hacer una buena gestión.

Esta reflexión cobra especial relevancia en momentos en que La Guajira se prepara para recibir un importante encuentro de concejales. Los próximos 22 y 23 de octubre, San Juan del Cesar será escenario de un encuentro de concejales convocado en el marco de CONFENACOL, un espacio de formación, diálogo y fortalecimiento institucional. En su programación se ha anunciado la participación de representantes de alto nivel, entre ellos el procurador general de la Nación, un viceministro del Interior y magistrados de las altas cortes, cuya asistencia estará sujeta a la agenda oficial del evento.

Más allá de la presencia de altos funcionarios, este encuentro representa una oportunidad para reflexionar sobre el lugar que ocupan los concejales en la democracia colombiana, los desafíos de su ejercicio y la necesidad de fortalecer sus capacidades.

Para mí, además, tiene un significado profundamente especial. Como mujer guajira y experta en marketing político, tendré el honor de participar como conferencista en este encuentro, compartiendo una reflexión sobre la importancia de construir una gestión visible, comunicar con propósito y comprender que el posicionamiento público debe estar respaldado por actuaciones reales.

Estar en ese escenario, desde mi tierra, representa una oportunidad para aportar conocimientos a quienes tienen la responsabilidad de representar a sus comunidades. Y también para reivindicar la presencia de las mujeres guajiras en espacios de formación, pensamiento estratégico y discusión sobre los asuntos públicos del país.

Me interesa especialmente transmitir una idea: los concejales no necesitan convertirse en celebridades digitales. Necesitan comprender que la comunicación es una herramienta para acercar la institucionalidad a los ciudadanos. Una gestión que no se comunica puede pasar inadvertida. Pero una comunicación sin resultados termina perdiendo credibilidad.

Colombia necesita concejos preparados, independientes, capaces de ejercer control político y comprometidos con los intereses colectivos. También necesita ciudadanos que comprendan su funcionamiento, participen en sus debates y exijan transparencia.

Por eso, este encuentro no debería quedarse únicamente en fotografías, discursos y reconocimientos. Su verdadero valor estará en los conocimientos que los asistentes lleven a sus municipios y en cómo esos aprendizajes contribuyan a fortalecer el ejercicio de sus responsabilidades.

La dignificación de los concejales no puede depender solamente del reconocimiento institucional, de sus condiciones de trabajo o de los espacios que ocupen en la agenda nacional. También debe construirse desde la ética, la preparación, el compromiso territorial y la confianza pública.

No podemos hablar de fortalecer la democracia desde las altas esferas del poder si olvidamos a quienes, desde los municipios, mantienen abierto el diálogo cotidiano entre el ciudadano y las instituciones. Porque la democracia no solamente se construye desde arriba; también se sostiene desde sus bases.

No podemos pedir una democracia local fuerte mientras seguimos subestimando a quienes integran una de sus instituciones más cercanas a la ciudadanía. Pero tampoco podemos exigir respeto por la figura del concejal si quienes ejercen ese cargo no asumen plenamente la responsabilidad que representa.

La importancia de ser concejal en Colombia está reconocida en nuestra Constitución. El verdadero desafío es lograr que esa importancia se refleje en la calidad de su ejercicio y en el reconocimiento informado de la ciudadanía.

Porque, al final, una curul no hace grande a quien la ocupa. Es la manera de ejercerla la que le da verdadero valor.

Y entonces regreso a la pregunta con la que inicié: la importancia de ser concejal en Colombia, ¿se la estamos dando?

La respuesta no debería buscarse solamente en los concejos municipales. Debería comenzar también en la conciencia de cada ciudadano y en la responsabilidad de cada representante.

 

Cinthya Ardila Socarras

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