Celebrar los 501 años de Santa Marta no debe ser un simple ejercicio de memoria, debe ser, sobre todo, un acto de visión; la ciudad más antigua de Colombia y una de las primeras fundadas en Suramérica tiene el privilegio de contar una historia de más de cinco siglos, pero también la responsabilidad de construir un futuro que esté a la altura de ese legado.
Durante décadas, Santa Marta ha sido reconocida por la majestuosidad de la Sierra Nevada, por el mar Caribe, por su riqueza ambiental y cultural, por ser la puerta de entrada al Parque Nacional Natural Tayrona y por albergar la última morada del Libertador Simón Bolívar; sin embargo, muchas veces la conversación pública se ha quedado atrapada en los problemas como el déficit de servicios públicos, las dificultades de infraestructura, la pobreza, la informalidad y las disputas políticas que terminaron frenando el desarrollo, es momento de cambiar el enfoque, las ciudades no se transforman únicamente recordando sus errores, sino cuando son capaces de identificar sus fortalezas y convertirlas en oportunidades.
Santa Marta posee ventajas competitivas que pocas regiones del continente pueden exhibir al mismo tiempo, solo por contar algunas, puerto marítimo de aguas profundas, aeropuerto internacional, una posición geográfica privilegiada frente al Caribe, enorme potencial turístico, biodiversidad única en el planeta, riqueza agrícola, capacidad logística y un entorno universitario que sigue creciendo.
Pero quizá su mayor riqueza sea su ubicación estratégica, Santa Marta es la puerta natural del Magdalena, del Cesar y de La Guajira, es el punto donde convergen la producción agrícola, minera, energética y turística del norte colombiano; lo que ocurra aquí impacta directamente el desarrollo económico de toda la región Caribe y fortalece la competitividad de Colombia frente al mundo.
Hoy existe un escenario que merece ser aprovechado con inteligencia, la articulación entre la Presidencia de la República, la Gobernación del Magdalena y la Alcaldía Distrital abre una oportunidad que durante muchos años parecía inalcanzable; más allá de las diferencias políticas, la coincidencia en una agenda de planificación y ejecución puede acelerar proyectos estratégicos que habían esperado demasiado tiempo.
Cuando las instituciones trabajan en la misma dirección, los ciudadanos dejan de ser espectadores de los conflictos para convertirse en beneficiarios de las soluciones. La infraestructura, el agua potable, la movilidad, la educación, la seguridad, el desarrollo portuario, el turismo sostenible y la protección ambiental necesitan continuidad, coordinación y visión de largo plazo.
La planeación se está convirtiendo en la verdadera política de Estado para Santa Marta, entendió que los grandes territorios del mundo no crecieron improvisando sino permitiendo que cada obra, cada inversión y cada decisión hacían parte de un propósito común que trascendía los períodos de gobierno.
Los próximos años pueden marcar el inicio de una nueva etapa, ya se dio el primer paso, pero se debe continuar con la convicción radical de dejar de competir consigo misma y empiece a competir con los grandes destinos del Caribe; una ciudad que atraiga inversión, genere empleo de calidad, fortalezca su tejido empresarial y convierta el conocimiento, la innovación y la sostenibilidad en motores permanentes de desarrollo.
A los 501 años, Santa Marta ya no necesita vivir únicamente del orgullo de ser la primera, tiene todo para convertirse en una de las mejores.
Que este aniversario no sea solamente una celebración del pasado, que sea el punto de partida de un nuevo pacto ciudadano donde el diálogo sustituya al enfrentamiento, la planeación derrote la improvisación y la cooperación venza definitivamente a los odios que durante tanto tiempo frenaron su crecimiento porque las ciudades no cambian cuando cumplen años, lo hacen cuando quienes las habitan deciden escribir juntos un futuro diferente y Santa Marta tiene, hoy, una oportunidad histórica para hacerlo.
Adaulfo Manjarrés Mejía

