LA POLÍTICA SIN PRINCIPIOS: LAUREANO GÓMEZ, LA PRESIDENCIA DEL SENADO Y EL ARTE DE SABER CUÁNDO ACOMPAÑAR

Una frase del líder conservador sobrevive al tiempo y golpea con precisión el momento político que vive Colombia: la política sin principios termina siendo simple administración de intereses. En el pulso por la Presidencia del Senado, la pregunta no es quién gana, sino qué estamos dispuestos a sacrificar en el camino.

Hay lecturas que llegan en el momento exacto. No porque uno las busque, sino porque el contexto las pone frente a los ojos como un espejo incómodo. En estos días de julio, mientras el país transita la resaca electoral de una segunda vuelta presidencial que redefinió el mapa político colombiano, he estado sumergido en la vida y la obra de Laureano Gómez, ese líder conservador que despierta pasiones encontradas pero que nadie —ni sus más feroces detractores— puede acusar de haber carecido de principios.

Y entre sus muchas reflexiones, una me golpeó con la fuerza de un trueno en tarde de tormenta: «La política sin principios termina siendo simple administración de intereses.»

La frase, dicha en otro siglo, en otro país, en otro contexto político, tiene hoy una vigencia que duele. Porque mientras escribo estas líneas, el Congreso de la República se prepara para elegir la mesa directiva del Senado, y lo que debería ser un acto de institucionalidad se ha convertido en un pulso de egos, en una negociación de cuotas, en un espectáculo donde los principios parecen haberse ido de vacaciones y solo quedan los intereses sentados a la mesa.

 

La enseñanza de Laureano

Para entender la profundidad de la frase de Laureano Gómez, hay que situarla en su contexto. Laureano no fue un político complaciente. Fue un hombre de convicciones firmes, a veces radicales, que gobernó en uno de los periodos más turbulentos de la historia colombiana. Pero precisamente por eso, su advertencia sobre el peligro de una política desprovista de principios adquiere un peso particular.

Él sabía, porque lo vivió, que cuando los principios desaparecen, lo que queda es el vacío. Y el vacío siempre es llenado por algo: el poder por el poder mismo, el beneficio personal, la venganza política, la ambición disfrazada de servicio. La política se convierte entonces en un mercado donde todo se negocia, donde las lealtades se compran y se venden al mejor postor, y donde el bien común —ese concepto escurridizo que debería ser el norte de toda acción pública— se pierde en el horizonte.

Laureano nos recuerda que los principios no son un adorno. No son una declaración de principios —valga la redundancia— que se exhibe en campaña y se guarda en el cajón cuando se llega al poder. Los principios son el andamiaje ético que sostiene la acción política. Sin ellos, la política no es más que administración de intereses. Y la administración de intereses, por más eficiente que sea, nunca construye nación: construye feudos, clientelas y redes de poder.

 

El dilema de la Presidencia del Senado

Hoy Colombia observa con atención la disputa por la Presidencia del Senado. No es un cargo menor. Es la tercera magistratura del Estado, la institución que encarna la representación de las regiones, el espacio donde se tejen los acuerdos y se dirimen las diferencias entre los poderes públicos.

Pero lo que debería ser un ejercicio de construcción de gobernabilidad se ha convertido en un campo de batalla. Cada grupo político pone sus condiciones, cada sector exige su cuota, cada liderazgo mide su poder. Y en medio de esa puja, la pregunta que debería guiar la decisión —¿quién es la persona más idónea para presidir el Senado en este momento histórico? — queda relegada a un segundo plano, aplastada por el peso de los intereses particulares.

Es aquí donde la reflexión de Laureano cobra toda su pertinencia. Porque lo que estamos viendo no es una discusión sobre principios: es una negociación de intereses. No se debate qué perfil necesita el Senado para garantizar la independencia del poder legislativo, para construir puentes con el ejecutivo o para defender las autonomías regionales. Se debate cuántas sillas le tocan a cada cual, qué ministerios se entregan a cambio de qué votos, qué comisiones se quedan con qué partidos.

 

La coherencia de saber acompañar

Pero hay una segunda capa en esta reflexión, una que me parece igualmente importante y que tiene que ver con algo que he pensado mucho en los últimos meses: la coherencia también consiste en saber cuándo acompañar.

 El país eligió un cambio. Las urnas hablaron. Y más allá de las preferencias personales de cada quien, existe un mandato democrático que debe ser respetado. El liderazgo del Presidente de la República, legítimamente electo, merece un acompañamiento que no es sumisión sino responsabilidad institucional. Gobernar no es fácil, y gobernar en un país como Colombia —con sus violencias, sus desigualdades, sus conflictos territoriales— es una tarea que requiere del concurso de todos los poderes del Estado.

Construir gobernabilidad no es claudicar. No es renunciar a las convicciones ni abandonar la crítica cuando sea necesaria. Es entender que la democracia no funciona en el vacío, que el poder ejecutivo necesita contrapesos, pero también necesita colaboración, y que la oposición no tiene por qué ser sinónimo de obstrucción.

La coherencia, entendida desde esta perspectiva, es un equilibrio dinámico entre principios e intereses. Entre lo que se cree y lo que se construye. Entre la firmeza de las convicciones y la flexibilidad que exige el arte de lo posible.

 

Los principios como brújula, no como camisa de fuerza

Por supuesto, hay un riesgo en esta reflexión: que el llamado al acompañamiento sea interpretado como una invitación a la sumisión. No lo es. Los principios no son una camisa de fuerza que inmoviliza, sino una brújula que orienta. Y una brújula sirve precisamente para saber hacia dónde ir, no para quedarse quieto.

El político de principios no es el que se niega a negociar, sino el que sabe qué es negociable y qué no lo es. No es el que se aísla en su pureza ideológica, sino el que distingue entre el acuerdo legítimo y la transacción indigna. No es el que se niega a acompañar al gobierno, sino el que define con claridad las condiciones bajo las cuales ese acompañamiento es posible.

Laureano Gómez, que fue un opositor feroz pero también un gobernante, entendía esta distinción. Sabía que la política es el arte de lo posible, pero también sabía que lo posible tiene límites. Y que esos límites los marcan los principios.

 

El momento de la decisión

El Congreso está a punto de tomar una decisión que marcará el rumbo del próximo periodo legislativo. La elección de la Presidencia del Senado no es un simple trámite burocrático: es una señal. Una señal de cómo entenderán los partidos políticos su relación con el gobierno, su papel en la construcción de gobernabilidad, su compromiso —o su falta de él— con los principios que dicen defender.

Si la decisión se toma con base en intereses particulares, en cuotas burocráticas, en cálculos electorales de corto plazo, la advertencia de Laureano se cumplirá una vez más: la política habrá sido reducida a simple administración de intereses. Y el país, que necesita desesperadamente acuerdos sólidos para enfrentar los desafíos que tiene por delante, saldrá perdiendo.

Pero si la decisión se toma pensando en el país, en la institucionalidad, en la gobernabilidad, entonces habremos demostrado que los principios no han muerto. Que la política puede ser algo más que una guerra de egos. Que Laureano Gómez, desde su siglo, sigue teniendo algo que enseñarnos.

 

 

Epílogo: una lección que no deberíamos olvidar

La política sin principios termina siendo simple administración de intereses. La frase resuena hoy con más fuerza que cuando fue pronunciada. Porque estamos viendo, en tiempo real, lo que ocurre cuando los intereses se imponen sobre los principios: el Congreso se deslegitima, la confianza ciudadana se erosiona, y la democracia se debilita.

Saber cuándo acompañar es también un acto de principios. No es debilidad: es grandeza. No es sumisión: es madurez política. Y en un país que necesita reconstruir confianzas, tejer acuerdos y superar la polarización, esa madurez es más necesaria que nunca.

Ojalá quienes tienen en sus manos la decisión sobre la Presidencia del Senado recuerden estas palabras. Ojalá elijan la política con principios sobre la simple administración de intereses. Ojalá, por una vez, el país esté por encima de los egos.

Porque si no lo hacen, Laureano Gómez tendrá razón una vez más. Y esa será la peor derrota de todas: no la de un partido o un candidato, sino la de la política misma.

   

Abel Enrique Sinning Castañeda

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *