En los atardeceres guajiros es común ver a los cachegua merodeando las esquinas del mercado, los billares y las oficinas de tránsito. Son criaturas hábiles, astutas, especialistas en el arte de la sobrevivencia sin principios ni nómina fija. Pero no nos equivoquemos: no son una anomalía. Son, más bien, una metáfora ambulante de lo que ha sido la política guajira en las últimas décadas.
El cachegua, por definición popular, es aquel que vive del ingenio, del “deme un chance, mijo”. No tiene contrato, pero sí contactos. No tiene nómina, pero sí un padrino. Su capital no es económico, sino relacional. Y aunque duerma en una hamaca prestada, siempre tiene un plan para el próximo almuerzo. Su ética es la del instante, su moral, la del apuro. Pero lo más revelador no es su astucia, sino su honestidad implícita: no promete transformar el mundo; solo busca sobrevivir en él. Ahora bien, ¿acaso no es esta la misma lógica que rige a buena parte de nuestra clase política? ¿Acaso no vemos a candidatos que, sin haber leído jamás un plan de desarrollo, prometen hospitales como si fueran arepas recién salidas del fogón? ¿No asistimos cada cuatro años a la metamorfosis de dirigentes comunitarios en contratistas de obras fantasmas, con la misma naturalidad con que un cachegua se convierte en “asesor” de un concejal recién electo?
La diferencia radica no en la esencia, sino en la escala. El cachegua opera en lo micro: te consigue un carné, un cupo en un programa social, un permiso irregular. El político, en cambio, opera en lo macro: te ofrece un puesto, un subsidio, una obra pública… a cambio de tu voto, tu silencio o tu complicidad. Ambos viven de la necesidad ajena. Ambos construyen su poder sobre la precariedad del otro. Y ambos se mueven en la informalidad del favor, en la economía del compromiso verbal, en la ética del “ya tú sabes”.
El cachegua sabe que su supervivencia depende de la necesidad ajena. El político, también. Uno ofrece resolver un trámite a cambio de un “agradecidito”; el otro ofrece un puesto o un subsidio a cambio de un voto. Ambos operan en la informalidad del favor, en la economía del compromiso verbal, en la ética del “ya tú sabes”. La única diferencia es que al cachegua lo persiguen los inspectores de Policía, mientras que al político lo protegen los fueros.
Lo irónico —y trágico— es que el cacheguismo no es solo una práctica callejera: es un modelo de gobernanza. Un sistema donde lo institucional se doblega ante lo personal, donde lo colectivo se sacrifica en el altar de lo particular. Donde la meritocracia es una farsa y el nepotismo, una norma. Donde los recursos del Sistema General de Regalías —diseñados para cerrar brechas estructurales— se convierten en moneda de cambio electoral, en botín de guerra entre clanes políticos que apenas disimulan su desprecio por la bioculturalidad wayuu y afrodescendiente y su derecho a participar en las asignaciones directas.
Pero no todo es cinismo. Hay en el cachegua una rebeldía implícita, una crítica silenciosa a un Estado ausente que obliga a inventarse la vida. En cambio, el político guajiro —ese ser que emerge cada cuatro años con traje nuevo y promesas viejas— no es rebelde: es cómplice. Cómplice de un orden que prefiere repartir migajas antes que construir justicia; que financia campañas con las mismas arcas que deberían alimentar a los niños wayuu desnutridos.
Así las cosas, uno se pregunta: ¿quién es más honesto? ¿El cachegua que te dice de frente que necesita un “palito” para comer, o el político que te abraza en la plaza mientras firma contratos opacos en Bogotá? Lo cierto es que mientras sigamos normalizando el cacheguismo como estrategia de vida, seguiremos legitimándolo como estrategia de poder. Y así, entre favores y chapuzas, seguiremos enterrando bajo el polvo guajiro no solo los sueños de los jóvenes, sino también la posibilidad de una política distinta: una que no se pare en nada a un cachegua… ni en lo bueno, ni en lo malo.
Porque La Guajira no necesita más cacheguas… ni políticos que se les parezcan, sino más justicia y más instituciones.
Arcesio Romero Pérez
Escritor afrocaribeño
Miembro de la organización de base NARP ASOMALAWI


Excelente, buena la reseña.
Muy buen artículo, siempre apegado a la realidad cultural
Excelente reflexión. Gracias por sus escritos coherentes.