Hay décadas que simplemente pasan por el calendario y hay otras que dejan huellas profundas en la historia de los pueblos. En La Guajira, los años ochenta pertenecen a esta segunda categoría. Fueron, sin duda, una de las épocas de mayor esplendor que ha vivido nuestra Península; una década en la que el liderazgo alcanzó especial brillo, la sociedad civil se organizó, florecieron las empresas, las letras tocaron alturas insospechadas y una nueva generación de profesionales comenzó a ocupar importantes posiciones en el ámbito nacional.
Los ochenta fueron una verdadera cosecha de talentos. Fue una década de crecimiento, de sueños colectivos y de grandes realizaciones. La Guajira comenzaba a descubrirse a sí misma y a comprender que su mayor riqueza no estaba solamente debajo de la tierra, sino también en la capacidad, la inteligencia, la creatividad y el compromiso de sus hombres y mujeres. Por eso podemos llamarla, sin ambages, la década del renacimiento guajiro.
Fue una época en la que el liderazgo gremial y político tuvo una extraordinaria presencia. También floreció el empresariado en distintos sectores de la economía; las letras guajiras adquirieron reconocimiento; la música vallenata alcanzó dimensiones nacionales e internacionales; surgieron grandes artistas, pintores y escultores; y una generación de profesionales comenzó a conquistar espacios de primer nivel en las instituciones colombianas.
A todo ello se sumó un hecho determinante: durante aquella década comenzaron a consolidarse las grandes explotaciones de gas y carbón que transformarían para siempre la economía y la imagen de La Guajira. El departamento se convirtió en centro de atención de la prensa nacional y en territorio estratégico para Colombia. Paradójicamente, mientras la riqueza de su subsuelo despertaba el interés del país, también crecía la conciencia de una dirigencia que reclamaba que esa riqueza se tradujera en bienestar para sus habitantes.
Uno de los grandes motores de ese despertar fue la Asociación de Profesionales de La Guajira, escenario de debates, propuestas y defensa de los intereses departamentales. Allí sobresalieron dirigentes de la talla de Amílkar Gómez Deluque, Orlando Vidal Joiro, Amílkar Acosta Medina, Lácides Toro Ávila, Víctor Pinedo Zúñiga, Wilder Guerra Cúrvelo, Everth Díaz Serrano, Héctor Pinedo Márquez y María Manuela Bermúdez, entre muchos otros.
La Asociación alcanzó especial protagonismo durante la etapa inicial de construcción y consolidación del proyecto Cerrejón Zona Norte. Desde Riohacha se promovieron foros y encuentros que buscaban analizar el impacto de aquella gigantesca inversión sobre el futuro del departamento. Había entonces algo que hoy parece cada vez más difícil de encontrar: sinergia entre el pensamiento y la acción, entre la palabra y el compromiso con la tierra.
En Barranquilla funcionaba, por su parte, la Corporación de Amigos de La Guajira, una organización que reunió a destacados profesionales, comerciantes, estudiantes, académicos e intelectuales unidos por un mismo sentimiento: trabajar por el bienestar de su departamento. Desde La Arenosa y desde la propia Península se realizaron encuentros donde la academia, la cultura, las letras y el pensamiento se dieron la mano para proyectar a La Guajira en el escenario regional y nacional.
En esa organización dejaron huella figuras como el poeta barranquero de raíces guajiras Guillermo Solano Figueroa, Edgar Ibarra Ortiz, José Soto Berardinelli, Rodrigo Dangond Lacouture, Miguel Murgas Núñez, Jaime Moscote Pérez, Jorge Segebre Segebre, José Cotes Bruges, Arnaldo Ariza Pinto, Salustio Solano Cerchar, Pepe Palacio Coronado, Samuel Lopesierra Bernier, Eloy Segundo Hernández, Issa Abuchaibe Abuchaibe, Jorge Daza Barriga, Alfonso Medina Parodi, Roberto Calderón Cujia, Jesualdo Carrillo Mindiola y Malka Irina León. También quien escribe estas líneas, que tuvo el honor de ejercer durante quince años como director ejecutivo de dicha agremiación.
Otra organización que dejó una profunda huella fue la Asociación de Mujeres de La Guajira, donde sobresalió la figura imprescindible de Cilia Peñalver Brito. Y no puede olvidarse a Vanguardia Juvenil por la Paz Guajira, movimiento que representó la fuerza, la esperanza y el espíritu renovador de una juventud comprometida con su departamento.
En Vanguardia Juvenil se destacaron Rafael Augusto Daza Amaya, José Jaime Marulanda Brito, Luz Estela Bruges González, Álvaro Cuello Blanchar, Herlinda Gómez Mejía, José Morillo Orozco, María Cristina González y Atala Riskala, entre otros. Cuatro organizaciones distintas, pero unidas por un mismo hilo conductor: intelectualidad, sentido de pertenencia, liderazgo, servicio y desprendimiento personal.
Quizás esa sea una de las grandes lecciones de aquellos años. Se podía disentir en las ideas, pertenecer a distintos sectores o tener diferentes maneras de entender el futuro, pero existía un sentimiento común: La Guajira estaba por encima de los intereses individuales. El liderazgo no era concebido como una plataforma de figuración personal, sino como una responsabilidad con la comunidad.
También fueron años de una dirigencia política de enorme presencia. Por aquellos escenarios transitaron Chema Ballesteros, Román Gómez Ovalle, Rodrigo Dangond Lacouture, Guillermo Curiel Sierra, Nelson Amaya Arregoces, Miguel Pinedo Barros, Eduardo Abuchaibe Ochoa, Manuel Sierra Pimienta, Luis Carlos Lacouture Daza, Milton Habid Molina, Lola de la Cruz Mattos, Nellit Abuchaibe Abuchaibe, Lorenzo Solano Peláez, Silvestre Lacouture Dangond, José Vicente Berardinelli, Luis Felipe Ovalle Isaza, Jesús Solano García, Jaime Brito Herrera, Práxedes Bolaño Brito, Orlando Monsalvo Cuadrado, José Manuel Daza Noguera y Máximo Iguarán, entre muchos otros.
Fue también la época en que comenzaron a proyectarse líderes que posteriormente ocuparían lugares de enorme importancia en la vida pública y profesional del departamento y del país: Amílkar Acosta Medina, Jorge Eduardo Pérez Bernier, Antenor Durán Carrillo, Amílkar Ariza Gómez, José Soto Berardinelli, Jairo Aguilar Ocando, Jaime Daza Almendrales, Jorge Juan Bendeck Olivella, Bernardino Mejía Menaces, Jorge Maichell González, Álvaro Cuello Blanchar, Jorge Eliécer Ballesteros Bernier, Francisco Javier Daza Tovar, Nelson Amaya Correa, Ruth Berardinelli Zárate, José Ramón Molina, Jairo Parodi Toncel, Stevenson Pimienta Solano, Miguel Murgas Núñez, Tomás Velásquez Sánchez, Álvaro Rodríguez Bolaño, Rodrigo Daza Cárdenas, Narciso Guerra Torres, Julio Guillermo Bula, Rafael Augusto Daza Amaya, Iván Daza Almendrales, Luz Estela Bruges González, Álvaro Estrada León, Nolberto Daza Cuello, René Daza Cuello, Luis Carrillo y Dollis Palacio.
Los ochenta fueron igualmente una década de emprendimiento y creación empresarial. Surgieron empresas y empresarios que demostraron que La Guajira podía generar riqueza desde su propio territorio. Organización Hotelera Iparú, en Barrancas; Arimaca, en Riohacha; Acciones Urbanas, en San Juan del Cesar; Bruges y Lomanto, en Riohacha; Omega Ltda., en Villanueva; Ávila Ltda., en Riohacha; la Organización Comunal Indígena Yanama; Apuestas Las Margaritas; Ismael Henríquez Pinedo; Secolda, en San Juan del Cesar; Omega Ltda, en Villanueva; Sepevig, en Maicao; Casa Eléctrica, en Riohacha, entre otras iniciativas, hicieron parte de aquella dinámica empresarial.
Pero si hubo un territorio donde la década de los ochenta alcanzó una luminosidad especial fue en las letras y el pensamiento. La Guajira produjo escritores, periodistas, poetas e intelectuales que ayudaron a contar la historia del departamento desde sus propias voces.
Allí estuvieron Ketty Cuello de Lizarazo, José Soto Berardinelli, Gliserio Pana Uriana, Mary Daza Orozco, Alfonso Medina Parodi, Amílkar Acosta Medina, Hilario José Ariza, Pepe Palacio Coronado, Benjamín Espeleta Ariza, Osvaldo Robles Cataño, Ángel Acosta Medina, Efraín Medina Pumarejo, Azael de Jesús Ramírez, Orlando Vidal Joiro, Nelson Amaya Arregoces, Antonio J. López, Pablo Fonseca y Yin Daza Noguera, entre otros. Junto a ellos, periodistas como Paulina Robles, Dilia Rosa Gnecco de Daza, Josefa Cristofel, Edgar Ferrucho Padilla, Ítalo Iguarán Pertuz, Germán Rojas Núñez y Enrique Herrera Barros hicieron del periodismo una herramienta fundamental para interpretar y proyectar la realidad guajira.
También las artes plásticas tuvieron una generación brillante, con creadores como Amílkar Ariza Gómez y Jaime “Cochise” Maya Márquez, quienes contribuyeron a demostrar que el talento artístico guajiro podía trascender las fronteras regionales.
Y qué decir de la música vallenata, esa expresión cultural que encontró en los años ochenta uno de sus momentos de mayor esplendor. La Guajira estuvo presente en la expansión nacional e internacional del género con artistas nacidos en esta tierra como Israel Romero Ospino, Poncho y Emiliano Zuleta Díaz, Diomedes Díaz Maestre, Daniel Celedón Orsini, Juancho Rois, Silvio Brito, Beto Zabaleta, Egidio Cuadrado, Pangue Maestre y Jesualdo Bolaño.
Fue también la década de la consagración de grandes compositores como Leandro Díaz, Carlos Huertas, Lenín Bueno Suárez, Hernando Marín, Romualdo Brito, Efrén y Roberto Calderón Cujia, Deimer Marín, Rosendo Romero Ospino, Julio Oñate Martínez, Marciano Martínez, Poncho Cotes Jr. y Hernán Urbina Joiro. Una constelación de músicos y compositores que convirtió a La Guajira en una de las grandes canteras del folclor colombiano.
Y como si la década hubiera querido colocar una corona sobre aquella cosecha de talentos, La Guajira tuvo dos representantes que alcanzaron la corona nacional de la belleza: María Mónica Urbina Pugliese y María Teresa Egurrola Hinojosa. Dos nombres que llevaron el orgullo guajiro a los escenarios nacionales.
Pero quizás uno de los capítulos más extraordinarios de aquellos años fue el surgimiento y consolidación del profesional guajiro en las grandes instituciones del país. La década demostró que el talento nacido en esta tierra podía llegar a las más altas responsabilidades de Colombia.
La Guajira tuvo entonces dos magistrados en la Corte Suprema de Justicia: Rafael Baquero Herrera y Ramón Zúñiga Valverde. Tuvo a Nelson Amaya Arregoces como gerente general de Infopal; a Enrique Daniel Rincones como ministro de Comunicaciones; a Jorge Juan Bendeck Olivella en la presidencia de Ecopetrol, dentro del proyecto Guainía; a Amílkar Acosta Medina en la presidencia de Colgas; y a profesionales como Iván Daza Almendrales, Nelson Amaya Correa y José Armenta Ríos ocupando importantes responsabilidades en Carbocol.
En Intercor también se destacaron profesionales guajiros como Santiago Álvarez, Nelson Ávila Romero, Nolberto Daza Cuello y Luis Felipe Ovalle Isaza, mientras Lorenzo Solano Peláez llegó a la presidencia de la Universidad Libre de Colombia.
Al mirar hoy aquella década con la perspectiva que solamente permite el paso del tiempo, uno descubre que los ochenta fueron mucho más que una sucesión de nombres, empresas, artistas, políticos y profesionales. Fueron una actitud colectiva frente al futuro. Existía la convicción de que La Guajira podía crecer si sus mejores talentos se unían alrededor de objetivos comunes.
Fue una generación que entendió que hacer patria chica no significaba encerrarse en ella, sino llevar su nombre con dignidad por todos los escenarios de Colombia. Una generación que salió de Villanueva, San Juan del Cesar, Fonseca, Barrancas, Maicao, Uribia, Manaure, Riohacha y de cada rincón de la Península para demostrar que el talento guajiro no conocía fronteras.
Por eso, cuando evocamos los años ochenta, no debemos hacerlo solamente con nostalgia. Debemos hacerlo también con gratitud y con una pregunta inevitable: ¿qué ocurrió con aquel espíritu colectivo que hizo posible semejante cosecha?
La respuesta quizá esté en recuperar lo esencial de aquella época: la capacidad de unirnos alrededor del interés general, de escuchar a la academia, de respetar la cultura, de promover el emprendimiento, de estimular a nuestros profesionales y, sobre todo, de entender que el liderazgo solamente adquiere verdadero sentido cuando está al servicio de la gente.
Los ochenta fueron la época dorada de La Guajira porque en ellos brilló una generación que creyó en su tierra. No fue una casualidad. Fue el resultado de hombres y mujeres que soñaron, trabajaron, debatieron, emprendieron y dejaron huellas.
Hoy, cuando La Guajira busca nuevamente un lugar de liderazgo en Colombia, mirar hacia aquella década no debe significar vivir del pasado. Debe significar aprender de él.
Porque los pueblos que olvidan las generaciones que los hicieron grandes corren el riesgo de perder también el rumbo de las generaciones que están llamadas a hacerlos todavía mejores.
Los ochenta fueron, en definitiva, una primavera guajira. Una primavera de liderazgo, cultura, empresa, política, música, letras y profesionalismo. Y aunque el tiempo haya pasado, sus frutos permanecen como testimonio de que cuando La Guajira se une alrededor de sus mejores propósitos, puede convertir sus sueños en historia.
Hernán Baquero Bracho

