LOS VARIOS CARIBES QUE SOMOS

Bienvenida la nueva política del señor presidente electo don Abelardo De La Espriella que busca darle realce a nuestro litoral Caribe y a todas las regiones que somos Colombia.

El cambio se siente en todas partes y en todos los ámbitos, aun cuando algunos muy sabaneros todavía se resisten a entender el mensaje que hay detrás de tal actitud presidencial. “El presidente electo aún no se traslada a Bogotá”, decía el director de un importante noticiero radial, convencido de que el primer paso, en contra de lo anunciado por ADLE, era cumplir la tradición de llegar al centro político y administrativo y ubicar su pre-operación en uno de los despachos normalmente reservados para esas tareas. 

Los tiquetes aéreos desde la capital hasta Barranquilla han subido de precio y las tarifas hoteleras ídem, apenas recuperándose del desastre heredado del gobierno Petro. Los restaurantes se llenan, los acentos que se escuchan cambian. Los visitantes también han cambiado. A quienes acostumbraban venir a La Arenosa por razones empresariales, se le han sumado hoy los que acuden a merodear al poder presidencial, los que buscan hablarle al oído al mandatario o a su círculo de poder, igual de caribe. Lagartos, los llaman en el altiplano. Para ellos, van algunos consejos, una especie de Manual del Nuevo Lagarto Sabanero, parafraseando al difunto Plinio A. Mendoza.

Los nuevos visitantes deben saber que el sombrero vueltiao no forma parte del atuendo diario en las ciudades del Caribe. Se usa para el campo y las parrandas, que no son tan frecuentes como se imaginan, pues el diario producir implica otro tipo de atuendo.

Solíamos decir que los militares a su retiro cambiaban el uniforme por el Everfit.  A los nuevos visitantes les toca ahora cambiar el paño por el lino y el algodón. No vengan a sudar en vano. De otro lado, las guayaberas son algo ceremonial, para bautizos y alguna que otra invitación protocolaria. Pero no nos vestimos de guayabera todos los días. En el caso de las medias, hay unas que se llaman invisibles, pues cubren la parte del pie que va dentro del zapato. No se trata de no usar medias, pues eso genera toda una incomodidad y una sudorosa y apestosa condición que no se quita ni luego de cinco semanas de haber regresado al frío.

Los mochos no son los que han perdido una extremidad.  Antiguamente llamados bermudas, cortados encima de la rodilla, se usan para ir a la playa o para los fines de semana, no para los días laborales, salvo que seas un pensionado como yo, dedicado a recorrer librerías y atardeceres. Ni Carlos Vives los usa de lunes a viernes. Recuerda, no viniste de vacaciones, sólo de lagartaciones. Igual sucede con las camisas de flores, que rechinan cuando las vistes en cualquier reunión de negocios.

Dejando atrás lo trivial, quiero decirles que hay que tomarse en serio al Caribe. La jovialidad no es sinónimo de irresponsabilidad. La productividad es equiparable a la de cualquier otra región colombiana. La capacidad de asimilar los cambios en los entornos comerciales se ve reflejada tanto en los emprendimientos históricos, i.e. las cervecerías, como en los actuales, como es el caso de los productores de vidrios para exportación.

Debe repetirse que los capitales y empresarios innovadores, por obvias razones de sistemas de transporte hace 100 años, entraron por Cartagena, Barranquilla y Santa Marta. Abiertos a las migraciones, ya bien adobadas con los locales que encontraron, hemos tenido varias oleadas de ellas. La sirio-libanesa, que nos ha hecho construir a Lorica Saudita, como la llamó el inmortal Sánchez Juliao, y que se regó por todo el caribe. La judía, con Ernesto Cortissoz, quien fundó SCADTA, la aerolínea colombiana luego transformada en AVIANCA. Las de los alemanes, holandeses e italianos, que llegaron para quedarse en Riohacha y los demás puertos caribeños, con exitoso intercambio comercial con sus países de origen. En fin, somos varios caribes en uno solo, con ligeros cambios en el acento, con algunos trazos que para los foráneos son imperceptibles, pero para nosotros forman parte de las necesarias diferencias y de nuestras disparidades. La sólida identidad tiene ramificaciones que implican un tratamiento gubernamental diferente.

Distingo ahora las de mi península, La Guajira. Productora de energía fósil, con gas y carbón de muy convenientes e históricos impactos en la economía nacional, le hemos dado por un tubo gas a Colombia desde los setentas, en proporciones gigantescas para el equilibrio del consumo de electricidad. Las exportaciones de carbón le dieron al país un inmenso respiro en divisas y despertaron el interés de otros empresarios para producirlo de minas en otros departamentos. Contamos con el interés de grandes conglomerados para la generación de energía eólica, ya que el viento revolotea todo el año en nuestro territorio desértico wayúu. Se atrasaron estos buenos vientos por obra y desgracia del gobierno saliente, ya que Gustavo Petro, dueño de una filosofía equivocada al respecto, no fue capaz de lograr una coordinación eficaz entre comunidades, gobierno y empresas productoras. Con este recuento, son claras las perspectivas de que los nuevos yacimientos de gas costa afuera sean comerciales, que el carbón continúe brindando seguridad a las matrices energéticas mientras se logra la tan ansiada transición, y se espera que el nuevo gobierno facilite la reactivación de los proyectos eólicos. Esto confirma que la principal vocación de La Guajira es energética

Por supuesto, no debamos dejar de mirar la productividad agropecuaria que puede crecer para convertirse en otro factor de desarrollo, con mayor efecto en el empleo. A la buena exportación que se hace de palma y banano, existe la inminente posibilidad de un desarrollo de cultivos para destinos internacionales, fruto del aprovechamiento de una represa represada. Cientos de millones de litros de agua se acumulan sin destino útil, por la desidia de varios gobiernos nacionales. Le llegó el turno a un guajiro, don Indalecio Dangond, nuevo ministro de Agricultura, para cumplir con la puesta en marcha de esta aspiración del centro de La Guajira.

El turismo es ahora una realidad vibrante. Caminar el departamento, con tan variadas ofertas, desde la selvática costanera de las vertientes de la Sierra Nevada de Santa Marta hasta la aventura de vivir el desierto en su enigmático desafío, atraen la atención y la visita de propios y extraños, con mucho aún por hacer desde el punto de vista de organización y ampliación de capacidades hoteleras y de servicios públicos.

La Colombia regional, la de los mares gráciles y las montañas primaverales, la de los bosques misteriosos y las selvas amenazadas, tiene su momento, para que su estirpe no sufra otros cien años de soledad.

 

Nelson Rodolfo Amaya

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *